«Ser es defenderse», RAMIRO DE MAEZTU
4 de enero de 2023

La corrupción ha vuelto a Brasil

El presidente brasileño, Lula da Silva (Jens Büttner / dpa)

De alguna manera, Pedro Sánchez tiene razón cuando justifica la rebaja del delito de malversación al asegurar que la corrupción ya no es un problema. Es evidente que lo que quiere decir el presidente español es que la corrupción ya no es un problema para la izquierda, como lo demuestra el ejemplo perfecto del regreso de un criminal corrupto como Lula da Silva a la Presidencia de Brasil.

En esa gran nación iberoamericana, igual que aquí, hay una masa notable, incluso crítica, de votantes, dispuesta a perdonar cualquier delito a la izquierda —incluso el terrorismo (véase Petro)— como peaje necesario para que el progresismo consiga el objetivo de alcanzar la hegemonía cultural y política, hoy indisociables.

Ante esta situación, la única posición ética que tiene sentido es la de no colaborar, como ha hecho Jair Bolsonaro, con el blanqueo de los crímenes y la corrupciones de la izquierda. Por eso, no hay que dejar de escribir que Lula da Silva es un delincuente convicto. Su vuelta a la presidencia de Brasil abochorna a la democracia liberal, que no ha sabido defenderse. Igual que debería abochornar a esa parte de la izquierda que todavía tiene escrúpulos de conciencia. Una parte, a la vista está por lo que hemos leído y escuchado en los últimos días en los medios del consenso progre, raquítica y residual.

Pero Lula da Silva es más que un corrupto. Durante su primer mandato, se sometió a las órdenes del castrochavismo y creó el Foro de Sao Paulo, uno de los mayores consorcios de dictadores, terroristas, sindicalistas, activistas y políticos socialistas que el mundo ha conocido. No hay exageración alguna en estas palabras. Lula usó el dinero de los brasileños para albergar los trabajos de creación de un nuevo método totalitario de hacer la revolución que superara el fracaso del modelo comunista clásico. Este nuevo sistema, mucho más complejo que el simple dominio de los aparatos represivos de un Estado, necesita el control de los aparatos ideológicos de una nación: medios de comunicación, universidades, sindicatos y hasta la Iglesia, sin olvidarnos de la penetración en la estructura básica de la sociedad: la familia. El uso de recursos públicos para esta ingente labor de ingeniería social gramsciana con el objetivo de conquistar la hegemonía política, también es corrupción y de un nivel mastodóntico. No lo duden.

Además de un sicario del castrochavismo y del nuevo Socialismo del siglo XXI, Lula da Silva también carece de vergüenza alguna. Y este es un rasgo por desgracia ya común entre todos los líderes socialistas de la Iberosfera. Todos ellos, Pedro Sánchez incluido e incluso epítome, actúan con desvergonzada impunidad ante la pasividad subvencionada de la opinión publicada que los cobija y que implementa una ley del embudo anchísima para las mentiras, los asaltos y los delitos de la izquierda y estrechísima para las corrupciones —deleznables, pero minúsculas en comparación— de la derecha.

Brasil ha entrado, con el aplauso emocionado del consenso progre, en una nueva época de oscuridad. Lula da Silva, con el apoyo de esa internacional de la miseria saopaulista, tratará de completar el asalto a las instituciones del Estado y eliminará lo que quede —que es poco, como prueba que se le permitiera presentarse de nuevo— del sistema de contrapesos imprescindible para que haya una auténtica democracia liberal.

Como ha quedado demostrado, la izquierda mundial celebró en la toma de posesión del criminal Lula da Silva que la corrupción, su corrupción, ya no es un problema, sino un medio para lograr sus fines totalitarios. Avisados estamos.

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