La irresponsabilidad del Partido Demócrata

EDITORIAL

Estados Unidos es una nación grande y compleja que sobrevive a sus tensiones gracias a un portentoso equilibrio de poderes y contrapesos como no se conoce en el resto del mundo. Dentro de este equilibrio, y además de la libertad de voto de sus representantes que sólo deben lealtad a sus electores, uno de sus valores esenciales es la alternancia recurrente en la presidencia de la nación de los dos grandes partidos históricos: el Demócrata y el Republicano.

La mera idea de que alguno de estos dos partidos fuera destruido debería conseguir que sus líderes, si los hubiera, e incluso los líderes del otro partido, contuvieran la respiración y se retiraran a deliberar con sosiego sobre el futuro de la democracia en Estados Unidos.

Esa mera idea de la posibilidad de destrucción de un partido, en este caso del Partido Republicano, ya está aquí. Un informe del periódico The Washington Examiner alerta al GOP (como se le conoce al partido del elefante) de una verdad incómoda: más de un 80 por ciento de los votantes republicanos se mantiene leal a Donald Trump y la inmensa mayoría de esos leales castigará a los congresistas y senadores republicanos que apoyen un descabellado proceso político de destitución (impeachment) del presidente.

Ante la ausencia de liderazgo en el GOP, la irresponsabilidad del Partido Demócrata en este asunto es palmaria. La unidad de los estadounidenses, desgarrada por las políticas identitarias que han agitado líderes como la vicepresidente in pectore Kamala Harris como un arma electoral, es un bien esencial que debe ser cuidado con especial mimo. Después de crear y remover el fantasma del racismo con desvergüenza y catastróficos efectos no sólo presentes, sino futuros, el Partido Demócrata no debería buscar con ahínco y cierta e inútil sensación de venganza personal —como es el caso de la octogenaria presidente del Congreso, Nancy Pelosi—, la destrucción moral de esa inmensa mayoría de votantes republicanos que no asaltó, ni jamás lo hubiera hecho, el Capitolio.

Bastante tiene esa masa con la desagradable e intima convicción de que algo huele a podrido en la elección del 3 de noviembre y bastante tiene con sacudirse la estupefacción de haberse convertido en indefensos ciudadanos de segunda en el mundo digital como para que, desde la institución más poderosa del mundo, la presidencia (aunque sea electa) de los Estados Unidos, se les califique como «terroristas domésticos».

Joe Biden está mal aconsejado, lo que es un pésimo principio para una presidencia, y demostrará la debilidad que le pronosticábamos si continúa alentando y/o permitiendo que la izquierda —cada vez más izquierda— demócrata juegue con la unidad de los estadounidenses. Ejemplos de ese desastre izquierdista los conocen bien en España.

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