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La lección de Colón

EDITORIAL
Quien dijo que una imagen vale más que mil palabras, no añadió que una foto con tres palabras es mejor (Foto: Alejandro Martínez Vélez / Europa Press)

A vista de pájaro, que es como dan los telediarios las imágenes, no se puede observar el sufrimiento y el entusiasmo de las más, muchas más de cien mil personas, que en la Plaza de Colón y sus aledaños se vieron obligadas —maldita la gracia que le hace a nadie estar de pie sobre el asfalto junto a unas fuentes apagadas bajo un calor casi sevillano— a exigir a un presidente del Gobierno que cumpla su promesa de guardar y hacer guardar la Constitución con lealtad al Rey. De momento, cero de tres.

Sánchez ni guarda la Constitución, ni mucho menos la hace guardar y todo con una desesperante deslealtad a la Corona, que es deslealtad con la Historia de España y con la democracia de los muertos también conocida como el sufragio universal de los siglos… Pero es verdad que Sánchez prometió por su ‘conciencia y honor’. Quizá eso lo explique todo, porque para indultar a los golpistas catalanes en contra del tribunal que sentenció a unos sediciosos malversadores en un juicio con todas las garantías y alguna más, en contra de la Fiscalía que los acusó, en contra de la mayoría del pueblo español y en contra del sentido común que obliga a no perdonar a quien no pide perdón, hace falta tener amordazada la conciencia y haber perdido el honor. Que siga siendo el presidente de un Gobierno que gestionó la pandemia con desprecio de la vida de los españoles, confirma que la conciencia, si alguna vez la tuvo, está neutralizada. El honor lo perdió —si no antes, él sabrá— el mismo día en el que en la sede de la soberanía nacional buscó los primeros votos de Bildu, los herederos (y deudos) de la ETA.

Lo más de cien mil arrojaos —por cierto, en una cifra inferior a la de los muertos españoles por el virus artificial que China esparció por el mundo— representantes de la mayoría de los españoles y de pie en la solana manchega aguantando los pesares de una mala organización, rompieron a ovacionar los discursos de dos personas de izquierda, sin matices, como el escritor Andrés Trapiello y Rosa Díez, la líder que fue, que pudo llegar a ser y que ahora tiene un puesto preferente a la hora de representar en España la idea feliz de que hay por ahí una izquierda decente.

Esa es la lección que nos deja Colón. Contra el separatismo y la traición, no hay etiquetas de izquierdas o derechas. Sólo decencia y buena gente a la que la felonía de un presidente obliga salir a la calle a manifestarse bajo un sol abrasador. Que malditas las ganas.

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