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13 de agosto de 2022

Las tibias semillas del odio

El escritor Salman Rushdie (Nick Cunard / Zuma Press / Contactophoto)

A Hadi Matar, el cobarde veinteañero musulmán que ayer, cerca de Nueva York, apuñalo hasta el borde de la muerte al escritor Salman Rushdie (Bombay, India, 1947) todavía le faltaba una década para nacer cuando el régimen criminal iraní ordenó en 1989 el asesinato por blasfemo del autor de ‘Los versos satánicos’.

La vida de Matar no ha pasado en un chamizo de adobe en Kandahar, ni junto a una madrassa de Islamabad, sino en California y en Nueva Jersey, a un millón de años luz mentales de Irán. Matar no ha conocido más que la libertad, la paz y la seguridad que proporciona un régimen democrático occidental y, sin embargo, él decidió ayer tratar de asesinar a un anciano escritor refugiado en los Estados Unidos porque, mucho antes de que él naciera, un grupo de líderes fanáticos islamistas medievales iraníes a los que él admira publicó una orden —que desde ese día no ha sido retirada—, en la que ofrecía una recompensa millonaria por la muerte de Rushdie.

Sin duda, Hadi Matar se ha convertido hoy en el ejemplo perfecto del fruto que puede dar una semilla del odio islamista enterrada en la tierra durante décadas, esperando apenas una señal para brotar.

Hoy es un día para reflexionar sobre el júbilo que el intento de asesinato de Rushdie ha provocado en una gran parte del mundo musulmán. Decenas de millones de personas que no han leído «Los versos satánicos» ni comprenden la necesidad vital de la libertad de pensamiento, elogian hoy a Hadi Matar por el cobarde apuñalamiento de un anciano escritor.

Por encima de cualquier otra consideración, debemos darnos cuenta de que las semillas islamistas del odio plantadas en Occidente ya han conseguido quebrar la libertad de expresión con sangre. No lo duden. Jamás ningún periódico occidental volverá a publicar una caricatura del profeta Mahoma, ni habrá satírico alguno que critique a esa religión deslavazada. Ni, por supuesto, habrá sello editorial, y aun nos atrevemos a decir que tampoco habrá escritor, que ponga en un papel todo lo que piensa sobre el islam. Estas mismas líneas que leen ahora son una prueba de contención para quien las escribe tras los elogios que los medios de la revolución iraní le dedican a un cobarde fanático. 

Mañana, por desgracia, apenas una o dos naciones en el mundo condenarán al régimen iraní, que se ha servido de un musulmán nacido libre y fanatizado para sus fines criminales. Mañana, por desgracia, demasiadas personas en Occidente mirarán al tendido, silbarán una tonada queda y se irán marchando de soslayo cuando se hable de Rushdie. Algunos lo harán por cobardía, otros, por interés. Pero los peores serán los que cargarán la responsabilidad en Salman Rushdie por haber escrito lo que no debió escribir. Esos, los tibios, los pusilánimes, los flojos, son igual de peligrosos, o más, para el futuro de Occidente que las semillas del odio islamista plantadas hace ya tiempo y a las que sirven de abono.

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