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EDITORIAL
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19 de diciembre de 2022

Muchachos, ayer nos volvimos a desilusionar

La selección de Argentina, campeona del mundo de fútbol (AFP7 / Europa Press)

No podríamos ser La Gaceta de la Iberosfera si no celebráramos con alegría la gesta de la selección argentina de fútbol en la final del Mundial de la FIFA en Catar. Gesta, sí. No sólo por la lección de empuje, presión y coraje con la que el combinado de Scaloni apabulló a Francia durante la primera parte del choque, sino por la clase magistral de superación de la fatalidad que supuso ver a la albiceleste remontar su estado de ánimo y su visible inferioridad física cuando Francia —ese elogio de la negritud, que diría el académico Luis María Anson— igualó y aun pareció que iba a rematar el encuentro. Al final, una tanda de penaltis, ay, envidiable, dio la tercera estrella a una selección de la tierra de Diego y de Lionel y de los pibes de Malvinas a los que jamás olvidaré, y de alguna manera cerró ese debate pueril sobre quién es el mejor jugador de todos los tiempos, que por supuesto tiene por lengua materna el español, el idioma de la Hispanidad.

Pero, y aquí viene la adversativa que esta vez no anula nada de lo anterior, no podemos sino lamentar la vergüenza, ajena y propia, de haber visto al llamado planeta fútbol abandonar de una manera miserable a uno de los suyos, al futbolista internacional iraní Amir Nasr-Azadani, que será ahorcado hasta morir suspendido de una grúa por haber cometido la traición de apoyar la libertad de las mujeres frente a una (otra) siniestra dictadura islamista. Y será colgado hasta una muerte injusta sin que ayer ni una sola persona en el estadio Lusail hiciera el menor gesto por él, por uno de los suyos, a lo largo de una larguísima retransmisión en vivo seguida por miles de millones de personas en todo el mundo.

No queremos, porque sería injusto, cargar toda la culpa en las selecciones que llegaron a la final. Por desgracia, estamos seguros de que ningún otro equipo que hubiera llegado al partido decisivo (ni siquiera aquella Dinamarca que durante unos instantes llegó a ilusionarnos cuando creímos haber encontrado, a lo Diógenes, una selección honrada), habría hecho algo distinto. Ninguno.

Todo lo que teníamos que escribir, y ha sido mucho, de la corrupción de la FIFA y de las naciones que han permitido que un Mundial de fútbol se celebre en una dictadura islamista, ya lo hemos dejado escrito en La Gaceta. Sólo añadiremos que si desde hace tiempo sabíamos que los supuestos valores del mundo del fútbol eran sólo una táctica para blanquear el inmenso negocio, ayer constatamos que la farsa tiene un aliado poderoso: la cobardía.

Mañana, seguro, cuando en Catar no quede ni un corrupto extranjero, incluido el pesadísimo presidente francés Emmanuel Macron, y todos los gerifaltes de la FIFA hayan regresado a su vergonzoso wokismo, comenzarán los golpes de pecho del mundo del fútbol y de la política por la triste e injusta suerte de Amir Nasr-Azadani. Será tarde. Muchachos, ayer nos volvimos a desilusionar.

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