No a las restricciones políticas

EDITORIAL

Por lo que parece, y los datos así lo confirman, la mutación Ómicron del virus que China regaló al mundo es mucho menos peligrosa para la vida de las personas sanas, en su mayoría vacunadas, y sin comorbilidades. Lo mismo que ocurría con la gripe de otos años más felices. Como atestigua la práctica totalidad del personal sanitario sin intereses con farmacéuticas que se enfrenta a la enfermedad a diario, en estos momentos la variante Ómicron cursa en la práctica totalidad de los que desarrollan la enfermedad como una gripe corriente, incluso suave. Así lo ha entendido Italia, el país que recibió el primer choque de la covid-19, y así lo entienden otros países como Israel que son celosos hasta el extremo con la salud de sus nacionales y que incluso se plantea los beneficios de un contagio general con la variante Ómicron.

Si el Gobierno tuviera a bien hacer otra encuesta entre la población, notaría que, sin duda, son mayoría los que ante las buenas perspectivas para la salud, pero también ante la crisis acumulada, la indolencia de nuestras autoridades a la hora de rebajar la carga de las facturas mensuales y el desbocamiento del IPC como no se ha visto en los últimos 30 años, se muestran partidarios de que las distintas administraciones autonómicas y nacionales nos dejen recuperar cuanto antes la normalidad sin restricciones absurdas que le ponen horarios a un virus debilitado.

Porque son absurdas, ad nauseam, las normas impuestas en algunas Comunidades Autónomas ante la falta de mando del Gobierno de la nación que cogobierna con votaciones políticas a mano alzada.

Es desagradable, en especial, la jugarreta del lehendakari Íñigo Urkullu de ordenar el cierre de la vapuleada hostelería vasca apenas unas horas antes de la Nochevieja. Y es desagradable no sólo por el daño que le vuelve a ocasionar a los hosteleros y, no nos olvidemos, a todos sus proveedores, además de a la salud mental de tantos españoles privados de ocio nocturno, sino en especial por ordenar el cierre a última hora para tratar de esquivar la acción de la Justicia, la misma que ha ido desmontando todas y cada una de sus anteriores decisiones sobre la covid basadas en criterios políticos, jamás sanitarios.

España se ha convertido en un gigantesco experimento asimétrico de control social que por desgracia jamás perjudica a nuestra clase gobernante y que sólo empobrece el bolsillo de los sufridos gobernados. Los españoles, los de todas las regiones de la nación, debemos ser más exigentes en la defensa de nuestros derechos y libertades y recordar a los políticos que ellos también tienen deberes. Los dos principales: reforzar los servicios de atención primaria que pagamos con el dinero de nuestros impuestos y, la más importante, no molestar. Y si se molesta, que sea con causa. Y que la causa esté respaldada por informes serios de organizaciones apartidistas. Todo lo demás no es razonable y peligroso de cara al futuro.

A cambio de que ellos no molesten, los españoles seguiremos siendo una nación de sufridos contribuyentes que en su inmensa mayoría ha asumido la pandemia con responsabilidad. Nosotros hemos cumplido nuestra parte. Ahora deben ser ellos los que cumplan la suya y es la de aplicarse restricciones a su deriva totalitaria.

Y ya, sin más, todos los que hacemos La Gaceta de la Iberosfera deseamos a nuestros lectores que tengan un feliz año. Aunque como dice el maestro Rafael Bardají, las perspectivas para 2022, sin elecciones generales previstas y con este Gobierno, sólo nos hacen desear que este año pase lo más rápido posible y que el daño, que lo habrá, sea pequeño.

Deseos de cosas imposibles, lo sabemos. Pero soñar no lleva IVA. Todavía.

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