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Para qué sirve Casado

EDITORIAL
El presidente del PP, Pablo Casado. Europa Press

Cuando Santiago Abascal desembarcó en Ceuta el pasado mes de mayo para ponerse al frente de la defensa de la españolidad de la ciudad autónoma, de la integridad territorial de España, de la defensa de las fronteras y de la seguridad de los ceutíes ante la invasión de inmigrantes ilegales ordenada por Marruecos, la Asamblea de Ceuta tendría que haber recompensado al líder de VOX con el título de hijo adoptivo de la ciudad. Y lo tendría que haber hecho con los votos del PP, el partido más votado en las elecciones autonómicas de 2018 y con los de VOX, la fuerza más votada año y medio después, en las elecciones generales.

Bien al contrario, ese mismo día, el Partido Popular, en unión de los partidos de la izquierda y los islamistas promarroquíes, firmó una carta de una hostilidad inconcebible en contra de la presencia de Santiago Abascal, a la que siguió una violencia verbal —que siempre es el primer paso— en contra de los representantes de VOX en Ceuta sólo comparable a la que se permite cualquier político provinciano separatista o socialcomunista. Desde entonces, hemos asistido a escenas vergonzosas y caciquiles del presidente popular de Ceuta, Juan Jesús Vivas, desnortado, faltón y nervioso contra VOX, que ha culminado en el aval por parte del PP de la declaración de Abascal como persona non grata.

Como diría un mexicano, esa declaración le hace a Abascal lo que el viento a Juárez. Es decir: nada. Abascal y VOX conocen el extraordinario afecto de la inmensa mayoría de los ceutíes por cualquiera que defienda la irrenunciable españolidad de la ciudad y el derecho de nuestros compatriotas a la seguridad de sus familias y comercios frente al drama de decenas de miles de personas que son usadas por Marruecos como factor añadido de inestabilidad aprovechando la grave crisis —sanitaria, económica, reputacional e institucional— que sufre España.

Por supuesto, en los partidos siempre puede haber una oveja negra e histérica —quien dice una, dice una veintena— que, como el presidente Vivas, sienta un miedo invencible ante una inminente pérdida de la poltrona al ver cómo de ser la fuerza más votada sin interrupción en Ceuta desde 2003 (llegó a tener 19 de 25 diputados), se convierte en la tercera fuerza y cayendo mientras VOX se aúpa a la primera posición. Pero a las ovejas, por más negras y nerviosas que estén, se las debe reconducir y guiar con firmeza con la fuerza de las convicciones y del sentido del Estado. Es decir, con la fuerza de la autoridad que debería tener el presidente del Partido Popular, Pablo Casado.

Debería tener, decimos. Pero no tiene. Es una evidencia. Cualquier presidente de un partido nacional con sentido común habría descolgado el teléfono y habría ordenado a Juan Jesús Vivas que evitara la ofensa a Santiago Abascal. Si Casado lo hizo y Vivas no obedeció, el liderazgo de Casado en el PP no sirve de nada. Si no realizó esa llamada, el liderazgo de Casado en el centro a la derecha no sirve de nada.

Podrá pensar Pablo Casado que en su estrategia mendicante de ir recogiendo los votos que cada día arroja el PSOE, como en su día hiciera el arriolismo del ex presidente Rajoy de infausto recuerdo, es un estrategia correcta. Podrá pensar que su táctica zarzalejiana de declarar persona non grata a Abascal desde la tribuna del Congreso en la moción de censura a Sánchez fue lo adecuado. Podrá pensar que renovará el colchón de La Moncloa porque tiene asegurado el voto cautivo de un VOX que sólo piensa en España como ha demostrado con una generosidad encomiable allá donde se le ha necesitado —e incluso donde no— como en Andalucía. Podrá pensar que ampliar la base ideológica del PP de cara a su congreso de octubre desatándose del todo como un partido homologable a la socialdemocracia es lo que esperan los españoles. Podrá pensar, en fin, que VOX tiene el mismo destino que Ciudadanos. Y se equivocará en todo. Y cuando constate sus equivocaciones, Casado le echará la culpa a que no han sabido comunicar bien sus ideas. Ya nos conocemos la cantinela.

La prueba de que se equivoca en todo está en las encuestas que no encarga Génova, e incluso en las que encarga, que demuestran que el PP ya no tiene el voto cautivo de una parte importantísima y transversal de los españoles. La prueba es Cataluña, donde la defensa sin melindres de España, el español, el imperio de la Ley y la Constitución, ha colocado a VOX como primer partido nacional. La prueba es Ayuso, que no ha necesitado ensanchar sus principios hacia la izquierda para entender que sólo gracias a la colaboración leal con VOX se puede hacer frente a la hegemonía mediática, cultural y política de la izquierda rampante.

Y la prueba, al fin, es la confirmación de que VOX ha roto sus relaciones con el Partido Popular hasta que no rectifique el error, inmenso error, de permitir que el acongojado presidente de Ceuta avale que la izquierda promarroquí se dé el gusto de ofender a Santiago Abascal, líder del partido más votado en Ceuta, nombrándole persona non grata en su tierra. Sí. En su tierra. Porque esa es la diferencia esencial entre VOX y cualquier otro partido como el PP que haya permitido las baronías autonómicas. Abascal y los suyos consideran que cada pedazo de España, desde Madrid a Los Corrales de Buelna, desde Ripoll a Hierro, desde Orense, sin la u, a Ceuta, es de todos los españoles. Y a los españoles que lo son, y con orgullo de bien nacido, jamás se les puede declarar persona non grata por muy nervioso que esté un barón ceutí o por muy irrelevante que sea su presidente. O por una combinación, como es el caso, de ambas circunstancias.

Hasta aquí podíamos llegar. Casado debe rectificar por el bien de España. No es difícil. Sólo hace falta demostrar sentido común, amor a España y liderazgo nacional. Las tres. No basta con una. Si es demasiado pedir, debe apartarse y dejar que otra, sí, otra, lo haga por él.

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