Pasaporte covid o libertad

EDITORIAL
Manifestacion en San Sebastián para rechazar el requisito del certificado de vacunación en el País Vasco (Unanue / Europa Press)

En La Gaceta de la Iberosfera siempre hemos respetado la libertad de todas las personas adultas a la hora de prestarse de manera voluntaria a la inoculación con un medicamento experimental de emergencia que bajo el nombre de vacuna —aunque en puridad ninguno de estos medicamentos lo es— la ciencia ha creado con el fin benéfico de aminorar los efectos más graves de la enfermedad por infección de coronavirus.

Entendimos que había informacion suficiente para comprender hasta dónde alcanzan estas vacunas y empatizamos tanto con los que se han vacunado de manera voluntaria como con los que han mostrado su rechazo a ser inoculados por el temor a sus efectos todavía no comprobados a medio y largo plazo. Por eso mismo, por nuestra defensa cerrada de la elección informada —sea la que sea— de todas las personas adultas, hemos alertado de la deriva totalitaria de ciertos políticos que pretenden obligar a los no vacunados a ser inoculados. La ética médica es tajante en este punto. No se puede obligar a nadie, no ya a someterse a un tratamiento (salvo que sea incapaz de conocer las consecuencias de su decisión, y siempre con la intervención de la autoridad judicial), sino a recibir un medicamento experimental aprobado por la vía de urgencia.

Lo que también entendimos desde el primer día, porque así los advirtieron los propios laboratorios y ciertos destacados expertos mundiales, es que estos medicamentos basados en en moléculas de ARN-m no evitan la infección ni el contagio. Por eso, nuestra sorpresa fue mayúscula cuando las autoridades políticas nacionales y la mayoría de las regionales, con el presidente del Gobierno español, el supuesto doctor en Economía Pedro Sánchez a la cabeza, llamaron una y otra vez «inmunizados» a los que habían recibido la pauta completa de las vacunas.

Esa mentira de que estas vacunas inmunizan fue extendida no sólo por las autoridades, sino por los medios de comunicación de masas que, sin rubor alguno, faltaron a su compromiso ético con la búsqueda de la verdad. El fin, aquella pretendida inmunidad de rebaño que hoy sabemos que no es tal, jamás puede justificar los medios. Ni a los medios.

A pesar de todo lo anterior, las autoridades crearon un pasaporte covid para los que hubieran recibido la pauta completa de vacunación. Ese certificado concede ciertas ventajas dependiendo de la voluntad de determinadas administraciones y de los tribunales de Justicia. Además de que proporcionan una falsa sensación de inmunidad a los vacunados. Si, como sabemos, esas vacunas no previenen la infección ni el contagio, ese pasaporte sólo es una forma de presión dirigida a los que han rechazado la vacunación por el motivo —legitimo— que fuera, además de una intromisión —ilegítima— en la privacidad de las personas, incluidas las vacunadas.

Ahora, el mundo se enfrenta a una nueva variante del virus que China, desde un laboratorio que lo mejor que se puede decir de él es que incumplió todos los principios deontológicos de la experimentacion médica, ha exportado al mundo sin sanción alguna. La variante Ómicron, por lo que conocemos, es mucho más contagiosa como se ve en el incremento de la morbilidad, pero con efectos menos perversos y que, en la mayoría de los casos, cursa la enfermedad como una gripe moderada. Es más que probable que la realidad de que haya menos ingresos de pacientes covid en las unidades de cuidados intensivos y que haya una menor mortalidad, sea gracias a que la vacunación aminora aún más los efectos de la variante Ómicron (por no decir Xi). Pero ni aún así, ni aunque se demuestre con datos concretos y completos que la vacunación es la clave en esta sexta ola, se puede conminar a los no vacunados a renunciar a sus legítimos recelos. Y mucho menos con un bombardeo masivo de medias verdades y muchas mentiras.

La prueba del nueve de que estamos gobernados por malabaristas de la mentira —y ningún experto— es la decisión de las autoridades de autorizar a aquellos vacunados que hayan estado en contacto estrecho con un infectado a hacer una vida neonormal, «extremando las precauciones». Es absurdo desde el momento en el que sabemos que la vacuna, por muy beneficiosa que sea, no previene la infección ni el contagio. Es inaceptable que los que extendieron la idea de que la vacuna inmunizaba, pidan ahora extremar las precauciones. Es lamentable que la incidencia sea el vector de miedo de una sociedad en crisis y no la presión hospitalaria.

La primera precaución debería haber sido informar con la verdad. Y la verdad, y no los pasaportes covid que no previenen la infección, es lo que nos hará libres. Responsablemente libres.

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