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Todos deberíamos ser Polonia

EDITORIAL
Mateusz Morawiecki, primer ministro de Polonia, comparece ante la Eurocámara (Fred Marvaux/Parlamento Europeo)

Ante los ataques desaforados del Partido Popular Europeo y el Partido de los Socialistas Europeos a la soberanía polaca, no tenemos más remedio que recordar a los europarlamentarios de los dos grupos dominantes que su condición de políticos no les exime (bien al contrario) de conocer el concepto de nación.

Por decirlo de una manera que hasta un joven bachiller podría reconocer: la nación es una comunidad ética, una extensión en el tiempo de la patria que procede de la unión de usos, costumbres y tradiciones. En su construcción no ha participado voluntad política alguna, bien al contrario, muchas de ellas han pervivido en oposición a las voluntades políticas tanto interiores como exteriores. Es en el fenómeno de reconocimiento paulatino de la identidad de un pueblo en donde se sitúa el nacimiento de una patria que deviene en nación. A partir de ahí, sólo cabe defender esa identidad natural arraigada en la tierra que sirve de cementerio a los antepasados.

Lo que pide esta Europa del PPE y del PSE, esa Europa que no hemos votado, es la destrucción de la identidad de las naciones para someter a sus ciudadanos a un proceso de sumisión acelerado a una maquinaria burocrática. No entramos a juzgar si esa intención es buena o pésima, lo que se juzga aquí es el derecho a la legítima defensa de la nación polaca frente a la imposición bruselense.

La nacionalidad es lo más serio que tiene una persona, cualquier persona, y los Estados y sus poderes, sobre todo el Judicial por su condición de freno de las veleidades políticas, están obligados a defender la identidad nacional frente a cualquier enemigo interior o exterior. El supranacionalismo de Bruselas es la mejor definición de enemigo exterior de esa comunidad ética e histórica que es Polonia, y no sólo Polonia, sino todas las demás naciones que no están dispuestas a subsumirse en esa sopa globalista, woke y multicultural que hoy es la Europa del Partido Popular y del Partido Socialista, tan, pero tan alejada de la Europa de las naciones con la que soñaron Schuman y Adenauer.

Polonia, como ha defendido su primer ministro, Mateusz Morawiecki, tiene razones sobradas para defender su soberanía nacional y la primacía de su derecho nacional sobre el derecho comunitario en todo lo que no haya cedido por voluntad propia a la construcción de la Unión Europea. No es tan difícil de entender. Sobre todo cuando alcanzamos a entrever que nos va la identidad nacional en ello, que es lo único a lo que puede aferrarse una persona cuando todo va mal tirando a peor. Como ahora.

En este sentido, todos deberíamos ser Polonia.

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