Un trabajo que nadie debería envidiar…

EDITORIAL
Su Majestad el Rey Felipe VI durante su tradicional mensaje de Navidad

…es el de escribir el mensaje de Navidad del Rey de España. Salvo acontecimientos extraordinarios que precisen que el jefe del Estado dé un puñetazo en la mesa —apenas dos veces en los últimos 45 años—, las funciones de las monarquías modernas están limitadas a mantener un discreta y equilibrada economía de palabras que, además, deben ser escogidas con un cuidado extraordinario.

La Corona de España es una pesada carga. La persona que la porta, además de sentir el peso de la Historia, tiene limitada su libertad de expresión no por ley alguna, sino sobre todo por instinto de supervivencia de la institución. El Rey, como ha podido comprobar Don Juan Carlos, es el único español que no puede equivocarse ni le son aceptadas las disculpas, ni siquiera aunque haya servido a España con extraordinario acierto en el pasado.  O quizá por eso.

Muchos son los enemigos naturales de la Monarquía española. Separatistas, nacionalistas, republicanos ateneístas, comunistas y ese tipo de fauna totalitaria, la mayoría con menos lecturas que Mowgli, se unen a aquellos desmemoriados de buena voluntad que no parecen darse cuenta de que el modelo republicano carecería de la legitimidad histórica necesaria para mantener unida una nación tan compleja como España en la que hasta un majadero puede llegar a ser presidente del Gobierno y el dinero de nuestros impuestos se usa para pagar a traidores.

Todos esos enemigos del Reino esperan cada Navidad el mensaje navideño de Su Majestad el Rey frotando sus peludas patitas, esperando el error que no acaba de llegar y que ojalá jamás llegue. Este año, tampoco ha llegado.

El mensaje del Rey de este año hay que leerlo con atención. Buscando los matices de cada párrafo y sobrevolando por encima de los aburridos lugares comunes a los que se ve obligado, podemos encontrar algunas piedras preciosas, la mayoría, diamantes en bruto.

El primero es que el Rey ha detectado que la sociedad española vacunada y aun así pandémica y en crisis, se ha quedado paralizada. Es un diagnostico correcto. Y por eso nos pide que reaccionemos. Y no hay verbo más hermoso que reaccionar. Si esperamos a que los problemas se resuelvan por sí solos, otros de fuera vendrán que pensarán por nosotros. Tal como está el mundo y quién está en el mundo, mejor no.

El segundo gran hallazgo de Felipe VI es la real advertencia dirigida a todas las instituciones del Estado. El Rey les exige que respeten y cumplan las leyes y sean ejemplo de integridad pública y moral. Había quien diga que empezando por la Monarquía. Indudable. Pero, por lo que parece, al final es a la Monarquía a la única a la que se le piden cuentas en España. En una relación no exhaustiva de instituciones que ni respetan ni cumplen las leyes a diario (y no una vez en 45 años), podríamos citar al Consejo de Ministros del Reino de España y a instituciones estatutarias delegadas como el Gobierno de la Generalitat de Cataluña que no sufren castigo alguno por su falta de integridad pública. No digamos ya su integridad moral desde el momento en el que el Gobierno catalán alienta el acoso a un menor que reclama su derecho a estudiar en español y el Gobierno de la Nación consiente ese acoso por intereses políticos bastardos.

El resto del mensaje es el que debe ser. Es cierto que Su Majestad y sus ayudantes abusan de los adverbios acabamos en -mente (ese horror redaccional que provoca narcolepsia), pero no hay nada en todo el texto que nos deba asustar, ni siquiera sus apelaciones al consenso. Que los consensos en España hayan servido las más de las veces para ir hacia atrás no significa que no debamos trabajar para ponernos de acuerdo y acabar con tanta tontería. Ojalá la mayoría de los españoles estuviera en ese consenso.

Que, además de todo lo anterior, el discurso navideño del Rey haya sido inclusivo, sostenible y aburrido, tampoco es como para rasgarse las vestiduras. Llevábamos cuatro años muy, muy, buenos. Lo mejor de todo es que la Navidad que viene será muy fácil mejorarlo. Y decimos «muy fácil» sin perder de vista lo que escribimos, y escrito queda, al comienzo de este editorial: si hay un trabajo que nadie debería envidiar es el de escribir el mensaje de Navidad del Rey de España.

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