Violencia y responsabilidad

EDITORIAL

Dejando de lado promesas incumplidas de guardar y hacer guardar la Constitución (quizá porque se realizaron por su inapreciable conciencia y su irrastreable honor), las constantes agresiones a la democracia española de Pablo Iglesias Turrión, vicepresidente segundo del Gobierno y decimoprimera autoridad del Estado (en orden protocolario), sirven de coartada a la acción delictiva de los terroristas callejeros que hoy, gracias a su auctoritas, campan en las calles de Cataluña (y ayer, Madrid) y se sienten legitimados para emplear la violencia contra el Estado fascista que dice Iglesias y cantan raperos sin mérito artístico alguno.

La violencia en las calles de Cataluña tiene muchos responsables por acción u omisión. Sería demasiado largo y tedioso escribir una relación de todos los que desde su puesto de responsabilidad han tutelado el terrorismo callejero que hoy traslada Cataluña a escenarios trágicos de hace más de un siglo en un claro ejemplo de involución inaceptable. Pero la responsabilidad de Pablo Iglesias es mucho mayor que la de rufianes, torras y raperos revolucionarios con sobrepeso.

De alguna manera, el vicepresidente segundo del Gobierno tiene razón y España no disfruta de normalidad democrática. Pero no porque haya delincuentes que acaben en la cárcel después de recibir un juicio con todas las garantías y alguna más, sino porque el presidente del Gobierno mantiene en el seno del Gobierno a un dinamitero de la convivencia, de la paz social y del orden público sin los que jamás puede haber libertad, justicia, igualdad y pluralismo político. Es decir: democracia.

Todo lo anterior es coherente con el pensamiento comunista para quien la violencia es un recurso revolucionario necesario para que el pueblo acabe aceptando perder su libertad a cambio de cierta, aunque falsa, sensación de seguridad. Pero que Pablo Iglesias sea consecuente con la ideología criminal y antidemocrática que da sentido a su vida política no debe ser recompensado, sino denunciado ante los tribunales y apartado del Gobierno.

Mucho pedir, lo sabemos, para el doctor (?) Sánchez. Pero había que intentarlo. Escrito queda.

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