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LA GACETA ENTREVISTA AL PERIODISTA PERUANO

Aldo Mariátegui, en su nuevo libro sobre la infiltración de la KGB en Iberoamérica: «Allende estuvo más cerca de ser agente soviético que simple aliado»

El periodista Aldo Mariátegui. LA GACETA.

Durante décadas, la Guerra Fría en Iberoamérica ha sido contada como un duelo ideológico simplificado: revoluciones románticas, dictaduras reaccionarias y una región periférica arrastrada por fuerzas externas. El Archivo Mitrokhin obliga a desmontar esa narrativa. Los documentos sustraídos por el exarchivista de la KGB Vasili Mitrokhin y validados por los servicios de inteligencia británicos revelan una historia más incómoda: la de una penetración sistemática, pragmática y muchas veces exitosa de la inteligencia soviética en el corazón político, militar y periodístico de varios países iberoamericanos.

En su nuevo libro, KGB y Velasco: La alianza URSS–Perú 1968–1975. Cómo el espionaje ruso infiltró toda América Latina (Penguin Random House, 2024) Aldo Mariátegui reconstruye ese mapa oculto de contactos, agentes y colaboraciones. Desde la relación casi orgánica entre la KGB y el régimen de Juan Velasco Alvarado en el Perú, hasta los vínculos directos con Salvador Allende en Chile o los intentos de infiltración profunda en Brasil, el Archivo Mitrokhin muestra que Moscú no buscaba exportar revoluciones a cualquier precio, sino gobiernos útiles, antiamericanos y manejables.

Hoy en día, ¿qué grado de veracidad puede atribuírsele al Archivo Mitrokhin como fuente periodística? ¿Por qué es tan importante?

Es absolutamente veraz. El Archivo Mitrokhin fue validado por el MI6, el servicio de inteligencia británico, y por Whitehall, es decir, por el aparato estatal británico en su conjunto. Hubo una contracampaña rusa que intentó sembrar dudas, alegando que se trataba de una invención, pero eso no prosperó: está plenamente probado que Vasili Mitrokhin trabajó para la KGB y que sustrajo los archivos. No hay ninguna duda razonable sobre su autenticidad. Y su importancia radica en que permite ver cómo operaba realmente la inteligencia soviética fuera de Europa, sin los mitos ni las simplificaciones ideológicas con las que se suele narrar la Guerra Fría.

El Archivo muestra que Iberoamérica fue un teatro estratégico de primer orden para la KGB. ¿Qué lógica general siguió Moscú para operar en la región?

La lógica era muy clara: sin embajada, no había KGB. La embajada soviética era siempre la base operativa. Dentro de ella funcionaba la rezidentura, el departamento político desde el cual se manejaba la red de agentes. Además, existía otro grupo, los llamados ilegales, que no tenían cobertura diplomática y operaban al margen de la embajada. Donde no había embajada, no había KGB. Un caso muy llamativo es Paraguay: es prácticamente el único país de la región donde no se registra actividad de la KGB en los archivos. Simplemente no estaba en el radar.

En su investigación aparecen periodistas, diplomáticos, militares y cuadros políticos. ¿Qué tipo de perfiles buscaba el KGB y cómo definía a un “contacto valioso”?

El KGB distinguía entre agentes y contactos confidenciales. El agente era alguien que trabajaba a tiempo completo, cobraba, estaba en nómina y operaba bajo alias. El contacto confidencial, en cambio, no era un simple “chismoso de embajada”, como a veces se cree. Era alguien que se reunía periódicamente, proporcionaba información relevante y solía compartir una convicción marxista o, al menos, un fuerte antiamericanismo. No cobraba, aunque podía recibir regalos o favores. Ese contacto era valioso porque abría puertas, facilitaba lecturas políticas y permitía acceder a círculos de poder sin necesidad de una relación formal de espionaje.

En el caso de Chile, el Archivo revela vínculos directos con Salvador Allende y con el general Carlos Prats. ¿Qué nivel de cercanía existió realmente?

Mucho mayor del que suele admitirse. Allende estuvo más cerca de ser un agente que un simple contacto confidencial. Recibió dinero, dádivas, y su familia recibió tratamientos médicos. La relación con la KGB fue muy estrecha, casi carnal, mucho más de lo que incluso yo imaginaba antes de investigar el tema. En el caso de Prats, también hubo pagos y coordinación. No tanto por un beneficio personal, sino para operaciones políticas y de desestabilización, incluso con conexiones en Argentina. Prats estaba mucho más cerca de los soviéticos de lo que generalmente se reconoce. Llama la atención que en Chile el impacto del Archivo Mitrokhin haya sido relativamente bajo, cuando el capítulo chileno es uno de los más sustanciosos en nombres y detalles. La figura de Allende queda claramente dañada por esta documentación.

Brasil aparece con episodios llamativos, como el caso del diplomático José Sette, alias IZOT, que llegó a ser juez en La Haya. ¿Qué importancia tuvo para Moscú?

Brasil era un objetivo clave, pero también muy difícil. La dictadura brasileña fue eficiente y dura. La KGB tuvo éxitos técnicos —como la operación Klein, que permitió interceptar cables del Estado brasileño—, pero fracasó en la penetración política profunda. El caso de José Sette es emblemático. Fue alcalde de Brasilia, jefe de gabinete de Kubitschek, editor del Jornal do Brasil y luego juez en La Haya. Para Moscú era un contacto extraordinario. Sin embargo, cuando llegó a la Corte, cortó relaciones y empezó incluso a pasar información errónea. Los soviéticos se quejan en los archivos de haber sido, en cierto modo, utilizados.

En el caso peruano, ¿qué convierte al régimen de Velasco en uno de los ejemplos más claros de penetración del KGB en la región?

Perú fue, sin exagerar, el mayor éxito de la KGB en Iberoamérica, fuera de Cuba. El régimen de Velasco (1968-1975) fue un caso muy particular: un militar de izquierda, algo raro en la región, con un proyecto profundamente antiamericano. Prácticamente, se hipotecó el servicio de inteligencia peruano a la KGB. Se compartía información, se coordinaban operaciones e incluso se habla de acciones conjuntas contra Chile. Altos mandos, como el general Gallegos Venero, fueron recibidos por Yuri Andropov. Hubo periodistas, diplomáticos y militares involucrados. Los soviéticos estaban encantados: Perú era un gobierno de izquierdas que no les costaba dinero, no era un satélite como Cuba y no generaba una ruptura total con Estados Unidos. Era el modelo ideal.

¿En qué se diferenciaba el velasquismo del modelo cubano o del chavista?

Velasco era, en el fondo, un Chávez sin dinero. Compartía la orientación ideológica, pero no el carisma ni los recursos. No era comunista en sentido estricto, ni buscaba convertir al Perú en un satélite soviético. A diferencia de Cuba, no suponía una carga económica para Moscú. Y a diferencia del chavismo, carecía de un líder carismático capaz de sostener un movimiento político duradero. Por eso su proyecto terminó colapsando sin dejar una herencia sólida.

¿Qué distingue el vínculo entre el KGB y el aparato de inteligencia peruano de otros casos de la región?

La entrega. En Chile, por ejemplo, el servicio de inteligencia estaba controlado por un Ejército más bien de derechas. En Perú fue una cama extendida. Los soviéticos tuvieron acceso privilegiado, influencia directa y cooperación sistemática. No hubo otro caso comparable.

Mirando el conjunto de países analizados, ¿qué lecciones deja este mapa de infiltración para entender la Guerra Fría en Hispanoamérica?

Que la Guerra Fría en la región fue mucho más pragmática y menos ideológica de lo que se suele contar. Moscú no buscaba replicar Cubas por todas partes. Buscaba gobiernos útiles, antiamericanos, manejables y baratos. Perú fue el gran éxito. Paraguay, el gran vacío. Bolivia estuvo cerca de convertirse en un régimen abiertamente comunista con Torres, pero el golpe de Banzer lo abortó. Chile fue un caso ambiguo. Brasil, un objetivo frustrado. El Archivo Mitrokhin nos obliga a abandonar el relato romántico y a mirar la Guerra Fría como lo que fue: una disputa fría, cínica y estratégica por poder real, también en Hispanoamérica.

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