Este diciembre se cumple el centenario del fallecimiento de Antonio Maura y Montaner, figura política trascendental del conservadurismo español y la Restauración borbónica en España. El líder balear se esforzó, junto a Francisco Silvela, por regenerar un régimen amenazado por una revolución social y que necesitaba la eliminación del caciquismo, la limpieza del sufragio, dotar de eficacia al Estado, limpiar las costumbres públicas y educar políticamente al ciudadano.
Para emprender esta «revolución desde arriba», Antonio Maura se valió de su brillante oratoria y profunda sensibilidad y con su política buscó conciliar orden y justicia, es decir, de una justicia social, en coherencia con su catolicismo. Así, Maura catalizó y aplicó lo propuesto en la Rerum Novarum de León XIII, pilar teórico de la Doctrina Social de la Iglesia. Dichas medidas se pueden apreciar, en especial, en las instauradas en su Gobierno largo, que sentaron las bases del Estado social y asistencial en España.
Sobre estas etapas políticas y el semblante de Antonio Maura y Montaner conversamos con Carlos Gregorio Hernández, profesor de Historia Contemporánea de la Universidad CEU San Pablo y director del Instituto de Humanidades Ángel Ayala. El profesor Hernández ha volcado una parte importante de su labor investigadora en la Restauración y en los proyectos católicos y conservadores en dicha etapa. De hecho, ha formado parte de las jornadas «Nación y ciudadanía en Antonio Maura: Ideas y legado político en el centenario de su muerte», organizadas por la Fundación Disenso en el Congreso de los Diputados este lunes y que profundizaron en el semblante del político conservador balear.
Profesor Hernández, Antonio Maura comienza su carrera política en el Partido Liberal, en parte movido por su cuñado Germán Gamazo, y en sus filas llega a ejercer como ministro de Ultramar y a ostentar la cartera de Gracia y Justicia. Sin embargo, la muerte de Cánovas y la incapacidad para afrontar reformas de los liberales causó que tanto Gamazo como él se escindieran de la facción liderada por Sagasta. Integrado en el Partido Conservador bajo el liderazgo de Silvela, comprendió además que los retos eran diferentes a los que se enfrentó el régimen su origen. ¿Podría decirse que Maura fue una de las figuras que rompió, en cierto sentido, con la idea de los consensos y las conciliaciones del «bipartidismo» de la Restauración?
Maura y Gamazo rompieron un poco antes con el Partido Liberal, en 1887. La relación se recompuso para el gobierno de 1892, pero volvieron a dejar el poder en 1894. Tras el asesinato de Cánovas del Castillo, Gamazo sí formó parte del gabinete de Sagasta, pero no Maura. Es entonces cuando fundan El Español. La relación con Silvela es muy antigua. Gamazo trabajó en su bufete y Maura en el de Gamazo. Gamazo y Silvela estuvieron en la Unión Liberal, aunque sus trayectorias posteriores les distanciaron. El liderazgo de Silvela entre los conservadores tras el asesinato de Cánovas no fue evidente. Varios hombres pugnaron por suceder al jefe. Lo sucedido se puede definir como un reagrupamiento. El Partido Liberal Conservador se renombró como Unión Conservadora, que era el nombre de la agrupación de Silvela. Efectivamente, existe una ligazón fuerte entre la línea política de Maura y la de Silvela. En Silvela se anticipan muchas de las ideas que Maura logra hacer proyectos de ley. Los retos de la sociedad española después de 1898 eran otros a los de cuando se fundó la Restauración. Eso lo plantearon muy bien tanto Silvela como Maura. No diría que Maura rompiese con los consensos. La alternancia Cánovas-Sagasta, Sagasta-Cánovas fue el marco que quiso sostener Maura con sus reformas. Pero fue su contraparte liberal la que alteró la colaboración. Cuando los conservadores logran una mayoría parlamentaria muy amplia en 1907, el Partido Liberal se sumó a la campaña del «¡Maura, no!» de republicanos y socialistas. En 1909, cuando la Semana Trágica, Maura denunció esto. En enero de 1913, cuando se esperaba la sucesión conservadora tras el asesinato de Canalejas, pero se prolongó el gobierno del conde de Romanones, Maura planteó la idea de que o bien se rompía con esa dinámica o se creaba un nuevo partido conservador, «idóneo» para turnar con estos liberales que le abrían las puertas de las instituciones a los enemigos de la Monarquía. Es a partir de entonces cuando el bipartidismo ya no se sostiene, pues ambas agrupaciones se fracturan. Son los mauristas, más que Antonio Maura, los que rompen con el discurso «idóneo», refuerzan las ideas de su líder y se abren a las dinámicas que están aconteciendo en la Europa de ese tiempo.
Fue Francisco Silvela una de las figuras políticas que impactó de forma notoria en Maura y bajo su gobierno el balear ocupó la cartera de Gobernación. Durante esta etapa Maura impulsó medidas que fueron un anticipo de su política social durante el «Gobierno largo», como la creación del Instituto de Reformas Sociales o la decisión favorecer unas elecciones limpias, como fueron las de abril de 1903. ¿Cuál fue la trascendencia de dichas medidas en aquel momento?
La experiencia de Maura bajo el gobierno de Francisco Silvela (1899-1900), y en particular su paso por la cartera de Gobernación, tuvo una importancia decisiva porque le permitió ensayar algunas de las líneas maestras de su futuro programa regeneracionista. Ese gobierno fue el primero en contar con un ministro de Educación y no de Instrucción Pública o Fomento.
En primer lugar, la creación del Instituto de Reformas Sociales en 1903, que fue el germen del posterior aparato estatal de regulación laboral y de protección social, fue un paso pionero en la incorporación del Estado a la gestión de la llamada «cuestión social». En la Europa de fin de siglo, marcada por el ascenso del movimiento obrero, por los primeros ensayos de legislación protectora y por la doctrina social de León XIII, España seguía atendiendo a toda esta cuestión desde los parámetros del liberalismo del XIX. El Instituto no tenía todavía capacidad ejecutiva amplia, pero su mera existencia representaba un reconocimiento explícito de que el conflicto laboral debía abordarse y que el Estado podía ser un mediador adecuado. Maura puso al frente de ese Instituto al republicano Gumersindo de Azcárate, su antiguo profesor en la Universidad Central.
En segundo término, el intento de garantizar unas elecciones limpias, como las de abril de 1903, tuvo una relevancia simbólica mayor de lo que suele destacarse. Ganaron los conservadores, pero los republicanos obtuvieron su mejor resultado histórico desde el comienzo de la Restauración en las grandes ciudades. Si bien es cierto que el caciquismo y la manipulación electoral no desaparecieron, aquellas elecciones demostraron que era posible debilitar los mecanismos tradicionales del encasillado (que el gobierno colocase un candidato en distritos periféricos y lograse su elección) y permitir una competencia más auténtica. La trascendencia de este gesto radica menos en sus resultados inmediatos que en la voluntad política que expresaba: era un desafío directo a la lógica del turno pacífico.
Ambas iniciativas —social y electoral— compartían un propósito común: modernizar el régimen y reforzar su legitimidad avanzando en su democratización. Era una forma de hacer posible la regeneración dentro del sistema, sin necesidad de rupturas revolucionarias.
Otro de los aspectos más disruptivos de Antonio Maura frente a sus predecesores fue su confianza en el pueblo como sujeto cívico capaz de asumir responsabilidades, si la política les facilitaba las herramientas para ser educados en libertad. ¿Es este un primer ejemplo de una ruptura desde arriba con las élites políticas para acercarse a todos los españoles?
La apelación de Maura al «pueblo» como sujeto cívico responsable constituye, sin duda, uno de los elementos más distintivos de su programa político y marca una diferencia clara respecto al conservadurismo canovista y al liberalismo sagastino.
Maura defendía que la regeneración del sistema solo sería viable si se incorporaba a los españoles a la vida pública. Por eso apeló a la masa neutra, que sus seguidores interpretaron unos años después a las clases medias. Apostó también por la democracia municipal. Para llegar a esa movilización imitaron las formas de acción política de las fuerzas contrarias al sistema: hicieron mítines al aire libre y no en círculos, hicieron campañas de propaganda por España, crearon periódicos de masas, acudieron a los barrios más pobres en busca del voto y crearon centros instructivos en ellos. También generaron todo un repertorio de marketing político alrededor de Maura y sus principales ideas. Crearon semanarios que denominaron Ciudadanía y Vida Ciudadana. En todo este repertorio había un deseo expreso de disputar la hegemonía política a las fuerzas contrarias a la monarquía alfonsina.
Las élites de la Restauración estaban habituadas a ver al cuerpo electoral como un elemento pasivo, manipulable y dependiente del caciquismo. Maura y los mauristas fueron un punto de inflexión en las formas de hacer política de las derechas. Recogían algo del carlismo, algo del catolicismo y su movilización a comienzos del siglo XX, y también algo del republicanismo y del socialismo.
Maura incidió en que la decadencia española no era sólo económica o política, sino moral y abogaba por devolver al ciudadano el respeto por la ley y la confianza en la justicia. Por lo tanto, acabar con el caciquismo y la corrupción electoral era uno de sus objetivos. ¿Cuál fue la acogida de las reformas que propuso en ese momento, ya en su primera etapa como presidente en 1903?
La primera etapa de Antonio Maura como presidente del Consejo de Ministros, entre diciembre de 1903 y diciembre de 1904, fue muy breve. Generó una acogida compleja y ambivalente, que reflejó las tensiones internas del sistema de la Restauración. Su propuesta de regeneración moral, centrada en restaurar el respeto a la ley, fortalecer la justicia y combatir el caciquismo y la corrupción electoral, despertó en un primer momento una considerable expectación en la opinión pública urbana, especialmente entre quienes, después del Desastre del 98, reclamaban una renovación profunda de las prácticas políticas. Maura aparecía como un dirigente capaz de dar al régimen un nuevo impulso, dotándolo de autoridad y principios, y su retórica de ciudadanía responsable conectaba con esa sensibilidad regeneracionista tan presente en el debate intelectual de la época.
Dentro del Partido Conservador siguió la disputa por el liderazgo. Raimundo Fernández Villaverde y Eduardo Dato seguían ahí, como mostraron muchas viñetas. Hay discusión de ideas como mostraron los debates parlamentarios y ciertas intervenciones, como las de Joaquín Sánchez de Toca, que reivindicó menos intervención.
Los liberales, que también asistieron a la desaparición de Sagasta, vivieron una crisis parecida a la conservadora y reaccionaron a las propuestas de Maura avanzando en un nuevo programa, que tuvo como punto fuerte el anticlericalismo.
Los republicanos apreciaron su denuncia del fraude electoral y celebraron la relativa limpieza de las elecciones de abril de 1903, pero consideraban que el regeneracionismo maurista seguía estando subordinado a la lógica conservadora y no representaba un verdadero cambio.
Sin embargo, el periodo más recordado de Antonio Maura y de su «revolución desde arriba» fue el llamado Gobierno largo (1907-1909). Ahí fue donde aplicó las medidas que buscaban la limpieza electoral, combatir la usura, la justicia social de los trabajadores y la protección de la industria española. ¿Es este el primer intento serio de dotar a España de un Estado que asistiera a las clases trabajadoras?
El Gobierno largo de Antonio Maura permite muchas lecturas. Es un punto decisivo en la historia de España. La ruptura social y política que marcó la historia posterior, tiene uno de sus puntos álgidos en la Semana Trágica.
Fue el momento más ambicioso del regeneracionismo conservador y el periodo en el que su «revolución desde arriba» adquirió una dimensión más coherente. En esos dos años Maura articuló un conjunto de reformas —limpieza electoral, legislación protectora del trabajo, combate contra la usura, ley antiterrorista, medidas de fomento industrial y una política administrativa más racionalizada— que pretendían fortalecer la autoridad del Estado y reconstruir la confianza de los ciudadanos en las instituciones. Desde esta perspectiva, puede considerarse que su programa fue uno de los primeros intentos sistemáticos de dotar a España de un Estado que asumiera responsabilidades en la protección de las clases trabajadoras, aunque debe matizarse su alcance real y sus límites.
Antes de Maura existieron algunas iniciativas como la Ley Benot de 1873 o la tímida legislación sobre trabajo infantil a finales del XIX. La novedad de Maura reside precisamente en que por primera vez un gobierno de la Restauración concibió la «cuestión social» como un problema central que requería una acción estatal continua, técnica y orientada a la conciliación entre capital y trabajo, que no se limitase al asistencialismo. De ese momento data toda una línea de acción, como fue la municipalización de servicios, que a mi juicio desemboca en la aplicación de esa misma lógica a las políticas del Estado en la década de los veinte.
Cien años después de su muerte y valorando que Maura no pretendía subvertir el orden de la Restauración, sino reformarlo para salvarlo, ¿qué podemos aprender de su figura y obra? ¿Qué legado nos ha un dejado un Antonio Maura, que supo atraer a los jóvenes y a toda una generación que tomó sus ideas y su nombre en el maurismo?
Maura fue un referente del conservadurismo de comienzos del siglo XX. Considero que sigue siendo una personalidad de la que podemos aprender, tanto de sus discursos como de sus tomas de posición en la vida pública. Como dijo «Azorín», se tomó en serio la política y la dignificó. Manuel Fraga, que trató de aprehender muchas cosas de los conservadores que le antecedieron, escribió que «Si hay una figura digna en la política española contemporánea es sin duda la de don Antonio Maura». Pienso que la coherencia resulta atractiva tanto para los jóvenes de ayer como para los de hoy. Su silencio de 1909 a 1913 fue más elocuente que muchos discursos parlamentarios. Su retirada de la vida pública el 1 de enero de 1913 revolvió el Partido Conservador. La vuelta a Madrid la tarde que el Rey confía el poder a Eduardo Dato, también. La capacidad para liderar gobiernos donde participaron todas las fuerzas políticas no la tuvo ningún otro político español de su tiempo. Esto no lo entendieron todos los mauristas y están en la raíz de la división de ese grupo. Creo que esa valentía es otro rasgo que inevitablemente lleva a remover conciencias y a atraer a los demás. Su crítica al golpe de Estado de 1923 fue una postura políticamente minoritaria. Muchos de sus seguidores sí que colaboraron con Primo de Rivera, pero él no, porque era un régimen antiparlamentario. La juventud conservadora, que se identificó con él, fue la escuela en la que se formaron los futuros líderes de todas las corrientes de las derechas. Ahí están José Calvo Sotelo, Antonio Goicoechea, Ángel Ossorio y Gallardo, el conde de Vallellano, Gabriel y Miguel Maura y otros. Cabría decir que tuvieron vida propia y que Don Antonio les permitió una gran libertad, como demuestran sus trayectorias. Ese es otro valor importante. El maurismo casi no ejerció el poder, pero preparó el futuro. Todos ellos, pasados los años, apreciaron aquel tiempo el liderazgo de Antonio Maura.