«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Santanderino de 1965. De labores jurídicas y empresariales, a darle a la pluma. De ella han salido, de momento, diez libros de historia, política y lingüística y cerca de un millar de artículos. Columnista semanal en Libertad Digital durante once años, ahora disparo desde La Gaceta. Más y mejor en jesuslainz.es

Verde omeya

18 de mayo de 2026

Hace ya tres lustros compartí tertulia televisiva en Sevilla con un representante del Partido Andalucista que sostenía que Andalucía es una nación por su acento, su gastronomía, su folclore y, sobre todo, por haber sido independiente de Castilla durante la Edad Media, lo que se refleja, según resumió, en el color «verde omeya» de la bandera autonómica. El buen hombre se llamaba Pedro y advirtió que tenía que salir disparado tras el programa pues su cofradía partía hacia el Rocío aquella misma tarde.

Intenté explicarle la insostenibilidad de sus argumentos lingüísticos, históricos y folclóricos, que en cualquier país europeo menos aldeano que España provocarían risas. Comenzando por el acento como factor nacionalizador, le recordé que eso fragmentaría Andalucía en varias naciones, tantas como sus muy variados acentos. Entre ceceos, seseos, aspiraciones, pérdidas consonánticas y otras modalidades, no hay unanimidad al respecto, si bien merece la pena destacar que la Universidad de Granada, que ha llevado a cabo el estudio más concienzudo sobre la cuestión, apunta a quinientos acentos distintos. Quinientas naciones, pues, y sólo entre Despeñaperros y el Estrecho. Bastantes más del doble de las que están sentadas en la ONU. En Francia sucede lo mismo, así como en Alemania e Italia. Por no hablar de los innumerables acentos de los anglohablantes, tan distintos entre sí que al malogrado Robin Williams le sirvió para señalar que para entender a los escoceses necesitaba subtítulos.

Por lo que se refiere a la gastronomía andaluza, confieso no conocerla a fondo, lamentablemente, pero estoy seguro de que su variedad da para legitimar un buen puñado de naciones, bastantes menos, en cualquier caso, que las que legitiman las empanadas, las fabadas, los cocidos, las calderetas, las pochas, las alubias, los judiones, las habas, los garbanzos, los potajes, las purrusaldas, las paellas, las escalibadas y los sorropotunes que hacen de España una nación inexistente.

En cuanto al folclore, entre muñeiras, montañesas, zorzicos, jotas, sardanas, seguidillas, fandangos, folías y parrandas, la nación española se nos demuestra, confesémoslo, inexplicable.

Y, efectivamente, Andalucía fue independiente de Castilla durante la Edad Media, del mismo modo, por cierto, que Castilla lo fue del califato de Córdoba, y León de Aragón, y Aragón de Navarra, y Austrasia de Neustria, y Bretaña de Francia, y Baviera de Sajonia, y Wurtemberg de Prusia, y Piamonte de Nápoles, y Venecia de Génova, y Wessex de Northumbia, y Mercia de East Anglia y cientos de reinos europeos más que deberían ser reconocidos como naciones según el criterio del entusiasta andalucista.

Como todo fue en vano por la impermeabilidad de sus meninges, le señalé que se llamaba Pedro en vez de Mohamed, que hablaba la lengua de Cervantes en vez del árabe, que disfrutaba de eso que se llama civilización occidental en vez de la islámica, que iba a salir en peregrinación al Rocío en vez de a La Meca y que esa misma noche, mientras cruzaba Doñana en carreta, se iba a atiborrar de jamón y vino porque unos bárbaros cristianos norteños se empeñaron en rechazar el progreso y la tolerancia que les había regalado Tarik gracias al plebiscito de Guadalete.

Como el tiempo no pasa en balde, la disolución nacional provocada por el Estado autonómico y la paulatina inundación de afroasiáticos ha logrado que ya podamos estar multiculturalmente orgullosos de que en Andalucía haya surgido un Partido Andalusí, presente en las elecciones de momento sólo por la provincia de Cádiz.

Uno de sus fundadores es Alejandro Delmás Infante, nieto de Blas Infante, tan apreciado por Moreno Bonilla e inspirador del ideario del nuevo partido. Encabezado por Dris Mohamed Amar, delegado de la Federación Española de Entidades Religiosas Islámicas en Algeciras, incluye propuestas como la incorporación a Andalucía de Ceuta y Melilla para recuperar la soberanía de la nación andalusí a ambos lados del Estrecho; la cooficialidad de la lengua árabe como parte del proyecto, de más hondo calado, de recuperación del legado cultural de Al-Ándalus; la sustitución de referencias históricas castellanas por otras de la época islámica, empezando por el derribo de la estatua del Cid para erigir una de Al-Mutámid, último rey de la taifa sevillana; y dar la nacionalidad española a los descendientes de los moriscos expulsados por Felipe III.

Al margen del resultado que puedan obtener en las elecciones andaluzas del 17 de mayo, de lo que podemos estar seguros es de que el futuro les pertenece. Es una simple cuestión de inmigración, natalidad y tiempo. El sueño de Blas Infante de que «los trescientos millones de hombres de Afro-Asia, que sueñan por nuestra cultura, intervendrían para destruir de una vez la influencia del norte» está cada día más cerca. El verde omeya avanza. ¡Alá es grande!

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