Sigo de un tiempo a esta parte a una persona homosexual que habla en redes de su orientación y, como católica que es, de la relación, papel y enseñanzas de la Iglesia respecto al tema concreto de su sexualidad.
Empecé a seguirla con genuino interés, pensando que, desde la humildad, buscaba entender qué ha enseñado la Iglesia a lo largo de dos milenios para compartirlo con sus seguidores y abrir así un diálogo.
Luego descubrí que lejos de ello, era el suyo otro ejercicio más de justificación, como tantas veces nos pasa a todos. Por sabernos incapaces de llegar al ideal —siempre es así sin la ayuda de Dios—, defendemos no solo que no es posible llegar a él sino que no es lo óptimo, de modo que el ideal pasa de ser la meta a convertirse en algo inconveniente. Para justificar nuestra debilidad acabamos rebajando el ideal a la pobreza de nuestras capacidades.
Sucede con todo. Por ejemplo con la austeridad, que tanto estamos llamados a vivir y que, por incapacidad de vivirla plenamente, acabamos rebajándola, convirtiendo el ideal en algo a lo que no debemos aspirar para justificar así nuestras limitaciones. La convertimos en algo exagerado, innecesario, fruto de haber entendido mal el Evangelio. O por ejemplo con el tema de la limosna, adaptando lo que es justicia y lo que es caridad a nuestra conveniencia, olvidando que caridad es dar de lo que necesitamos y justicia, de lo que nos sobra.
Y sucede también con la sexualidad. Por incapacidad de vivir como la Iglesia y el mismo Señor nos piden, acabamos convirtiendo lo que debería ser el fin de toda persona en una especie de represión que tiene que ser superada con los nuevos tiempos y la Iglesia, escuchándolos, debe corregir sus posturas.
Utilizando, si es necesario, y por supuesto sacadas de contexto, las citas de Cristo que sean precisas.
Y así, la justificación acaba adquiriendo posturas tan rocambolescas y que desdibujan tanto el Magisterio, el Evangelio y la Tradición que uno, legítimamente, se pregunta hasta qué punto es compatible pretender seguir dentro de la Iglesia defendiendo ideas tan contrarias a las que esta enseña.
La Iglesia no es una asamblea de vecinos que por consenso decide si pinta la escalera o arregla la fachada. Por tanto pensar que el camino debe ser ejercer presión para que haya consenso con el fin de que dé por bueno algo que a mí me interesa pero toda la vida se ha pensado, estudiado y enseñado como malo, resulta un tanto pretencioso y desconectado de la realidad.
Por supuesto hay cosas que cambian y otras que, aunque no lo hacen, podrían cambiar, pero hay otras muchas que, aunque la Iglesia quisiera, no cambiarán jamás. Porque la Iglesia tiene el depósito de la fe, no la potestad de cambiar la fe a gusto del consumidor.
Y en estas, el otro día entrevistaron a la persona de la que hablaba al principio. De la que no quiero dar más señas, no sólo para no contribuir a la confusión, sino para evitar señalar a nadie. Y en esa entrevista, el entrevistador, muy de la cuerda de la persona entrevistada y por tanto poco sospechoso de querer ponerla en un brete, le dijo algo así como: con lo que me estás contando veo que tu visión de la vida en general y de la sexualidad en particular encaja mucho más con alguna denominación protestante, ¿no te has planteado incorporarte a alguna de estas denominaciones? —Como si de un supermercado de religiones a la carta se tratara y lo mismo diera un kétchup Heinz que uno Hacendado, pues al final lo que importa es el gusto del usuario—.
Y la respuesta fue que sí, que muchas veces se lo había planteado, pero que finalmente —no me quedaron muy claras las razones— había decidido con su pareja seguir en la Iglesia.
Y esa misma pregunta me hago yo muchas veces. Si tanto les cuesta aceptar humildemente las enseñanzas de la Iglesia, si tantas ganas tienen de cambiar las cosas —la mayoría imposibles—, si tanto se esfuerzan en justificar lo injustificable, si en el fondo creen, como el entrevistador, que la religión es una suerte de programa a la carta que tiene que amoldarse a lo que yo considero oportuno, ¿por qué no se arriman al calor de aquellas sectas que sí defienden todo eso?
Si al final tanto da Heinz como Hacendado, ¿por qué ese interés en pedir a una de las dos que modifique la composición de sus ingredientes?
Y aquí me vienen varias ideas. Quizá en el fondo de su corazón sepan que hay una que es la original, la verdadera, y la otra una copia barata que ni sacia, ni salva, ni tiene sentido, —sin querer por ello desmerecer al gigante valenciano—. O quizá detrás de todo ello se esconda un pequeño tirano, un consentido que se cree con derecho a decirle a una institución bimilenaria lo que tiene que hacer y decir y encima plegarse a sus deseos.
No seré yo —porque tampoco me corresponde— quien le diga a nadie que está fuera de la Iglesia, —doctores tiene la Iglesia— (valga la redundancia), pero a veces me asalta la misma pregunta que al entrevistador. ¿Por qué tanto empeño en tener una relación con alguien que no te gusta y a quien te gustaría cambiar por completo?