«Dejo el New York Times. Mis compañeros me acosan porque no estoy alineada»

La carta de dimisión de Bari Weiss, contratada hace tres años por el periódico precisamente por sus ideas “centristas”. Un testimonio perfecto, desde dentro, del sectarismo creciente de la prensa progresista.

En los últimos días hemos escrito en varias ocasiones sobre el clima sectario que reina en las redacciones de determinados periódicos estadounidenses considerados “progresistas” (también ha escrito sobre ello el Wall Street Journal), sobre todo a partir de la deriva intolerante que han tomado las protestas contra el racismo y en favor de la justicia racial, al grito de “Black Lives Matter“.

Ya hablamos de los clamorosos casos de James Bennet y Stan Wischnowski en este artículo: al primero le obligaron a dimitir como responsable de la sección de opinión del New York Times por haber permitido publicar un comentario del senador republicano Tom Cotton, a favor de la utilización del ejército para calmar las revueltas violentas que han estallado tras el asesinato del afroamericano George Floyd a manos de un policía blanco; al segundo le instaron a dejar su puesto como jefe de redacción en el Philadelphia Inquirer por haber escrito en un título que no sólo las vidas de los negros cuentan, que «también los edificios importan» (Buildings Matter, Too).

Parece que también hay novedades sobre la colaboración entre Andrew Sullivan y el New York Magazine. Como escribe The Week, el apreciado comentarista, conservador pero no trumpista, homosexual pero polémico hacia la ideología arcoíris dominante y alérgico a la corrección política en general, «ha dado a entender que se va por divergencias ideológicas». Entre estas divergencias, ¿se incluye la prohibición de escribir acerca de las manifestaciones de Black Lives Matter? Pronto lo sabremos. En Twitter, el propio Sullivan ha anunciado que lo explicará en su «última columna».

Mientras tanto, dirijamos nuestra mirada al New York Times. El lunes pasado dimitió del periódico más famoso del mundo Bari Weiss, periodista y comentarista de ideas “centristas”, contratada hace tres años por el periódico de referencia de los Demócratas estadounidenses precisamente para “ampliar el punto de vista” tras la victoria de Donald Trump. Victoria que el New York Times no había previsto en absoluto, precisamente a causa de la separación de su redacción de la realidad del país. Publicamos a continuación la traducción de la carta de dimisión que Weiss ha escrito al editor Arthur Gregg Sulzberger, un testimonio perfecto, “desde dentro”, del sectarismo mencionado antes.

***

Estimado A.G.:

Con tristeza le escribo para informarle que presento mi dimisión al New York Times.

Hace tres años entré en este periódico con gratitud y optimismo. Me contrataron a fin de dar voz a personas que, en caso contrario, no habrían aparecido en sus páginas: autores noveles, centristas, conservadores y otros que, instintivamente, nunca habrían considerado al Times como su casa. La razón de este intento estaba clara: la incapacidad del periódico de prever el resultado de las elecciones de 2016, lo que implicaba que este no conseguía comprender al país del que hablaba. [El director ejecutivo] Dean Baquet y otros lo han admitido en varias ocasiones. La prioridad para la sección de opinión era resolver esta grave laguna.

Me sentí honrada de formar parte de este intento, guiado por James Bennet. Me siento orgullosa de mi trabajo como autora y redactora. Entre las personalidades que he contribuido a que salieran en las páginas de su periódico están el disidente venezolano Wuilly Arteaga, la campeona de ajedrez iraní Dorsa Derakhshani y el cristiano pro-democracia de Hong Kong Derek Lam. Y más: Ayaan Hirsi Ali, Masih Alinejad, Zaina Arafat, Elna Baker, Rachael Denhollander, Matti Friedman, Nick Gillespie, Heather Heying, Randall Kennedy, Julius Krein, Monica Lewinsky, Glenn Loury, Jesse Singal, Ali Soufan, Chloe Valdary, Thomas Chatterton Williams, Wesley Yang y muchos otros.

Sin embargo, la lección que debía seguir a esa elección, a saber: la importancia de comprender a los demás estadounidenses, la necesidad de resistir al tribalismo y la centralidad que tiene que tener el libre intercambio de ideas para una sociedad democrática, no se ha aprendido. Más bien al contrario, en la prensa, pero tal vez de manera más especial en este periódico, ha emergido un nuevo pensamiento dominante: la idea de que la verdad no es un proceso de descubrimiento colectivo, sino más bien una ortodoxia que unos pocos iluminados conocen y de la que tienen que informar al resto.

Aunque no aparece en el colofón del New York Times, Twitter se ha convertido, en última instancia, en el verdadero director del periódico dado que la ética y la costumbre de esta plataforma han pasado a ser los del periódico, que se ha ido transformando, cada vez más, en una especie de espacio performativo. Las historias se seleccionan y se relatan para satisfacer a las plateas más restringidas, en lugar de permitir que el público, curioso, lea cosas sobre el mundo para después sacar sus conclusiones. Siempre me han enseñado que los periodistas tienen la tarea de redactar el primer borrador de la historia. Ahora la historía es algo efímero que se modela según las necesidades de un relato predeterminado.

Por mis incursiones en las “ideas equivocadas” [Wrongthink] me he convertido en el objeto de acoso de una parte de mis compañeros, que no comparten mis ideas. Me han llamado nazi y racista. He aprendido a sacudirme de encima sus comentarios cuando «escribía otro artículo sobre los judíos». Varios de mis compañeros son perseguidos por otros compañeros porque son demasiado amables conmigo. Mi trabajo y mi papel son claramente minimizados en los canales Slack de la sociedad donde intervienen con regularidad los redactores. Aquí, algunos compañeros insisten en que debo ser extirpada de este empresa para que esta pueda ser realmente “inclusiva”; otros añaden un hacha emoji junto a mi nombre en sus post. Y hay otros empleados del New York Times que me insultan públicamente en Twitter tachándome de mentirosa y obtusa, seguros de que no sufrirán ninguna represalia por este acoso a mi persona. Nunca las sufren.

Existen palabras concretas para designar todo esto: discriminación ilegal, ambiente de trabajo hostil, dimisión constructiva. No soy una experta legal, pero sé que son cosas equivocadas.

No comprendo por qué usted ha permitido que estas actitudes entren en su empresa y estén a la vista, tanto del personal del periódico, como del público. Y no consigo conciliar el hecho de que usted y otras personas relevantes del New York Times no hayan hecho nada en mérito mientras, en privado, me elogiaban por mi valor. Ser de centro y presentarse como tal en un periódico estadounidense no debería ser algo heroico.

Una parte de mí espera poder decir que la mía ha sido una experiencia aislada. Pero la verdad es que la curiosidad intelectual -por no hablar del asumir riesgos- es, actualmente, algo mal visto en el New York Times. ¿Por qué publicar cosas que desafíen a nuestros lectores o escribir cosas audaces sabiendo que, desde el principio, serán sometidas a un procedimiento de purificación para convertirlas en kosher ideológicamente, cuando podemos garantizarnos la seguridad laboral (y los clics) al publicar el enésimo editorial sobre el peligro que representa Donald Trump para el país y el mundo? La autocensura se ha convertido en la norma.

En el New York Times se aplican las reglas residuales de manera sumamente selectiva. Si la ideología de una persona está alineada con la nueva ortodoxia, esa persona y su trabajo no sufrirán modificaciones. El resto vivirá en el terror que causa la cúpula del trueno digital. Se tolera el odio online siempre que esté dirigido a los objetivos justos.

Comentarios que hace dos años habrían sido publicados, ahora ponen en serio peligro  a su redactor o autor. Incluso pueden causar su despido. Si un redactor o autor considera que un artículo puede desencadenar reacciones negativas dentro del periódico o en las redes sociales, no lo propone.

Y si es lo suficientemente fuerte como para proponerlo, rápidamente le dirigen a un terreno más seguro. Y si de vez en cuando consigue que se publique un artículo que no promociona explícitamente campañas progresistas, esto sucede sólo después de que cada frase haya sido debidamente retocada, negociada y puntualizada.

Se han necesitado dos días y dos empleos para decir que el comentario de Tom Cotton «no estaba a la altura de nuestros estándares». Se tuvo que añadir una nota de redacción a un artículo de viaje sobre Jaffa poco después de su publicación porque «no ha tocado aspectos importantes de la constitución y la historia de Jaffa». Sin embargo, aún no se ha añadido ninguna nota a la obsequiosa entrevista de Cheryl Strayed a la escritora Alice Walker, una orgullosa antisemita que cree en los iluminados reptilianos.

El periódico de referencia es, cada vez más, referencia sólo para quienes viven en una galaxia lejana, cuyos intereses no pertenecen en absoluto a la vida de la mayoría de las personas. Se trata de una galaxia en la que, por poner algún ejemplo reciente, el programa espacial soviético es elogiado por su «diversidad»; en la que el doxxing de jóvenes adolescentes es condonado en nombre de la justicia; en la que Estados Unidos es considerado como uno de los peores sistemas de casta de la historia de la humanidad junto a la Alemania nazi.

Aún sigo confiando en el hecho de que la mayor parte de las personas que trabajan en el New York Times no tiene estas ideas. Sin embargo, estas personas están intimidadas por quienes sí las tienen. ¿Por qué? Tal vez porque consideren que el fin último sea justo. Tal vez porque creen que estarán protegidos si se limitan a asentir mientras la moneda de nuestro reino -el lenguaje- se devalúa para estar al servicio de una larga lista, siempre en evolución, de causas justas. Tal vez porque en este país hay millones de parados y ellos se sienten afortunados por tener un trabajo en un sector en contracción.

O tal vez sea porque saben que, hoy en día, defender un principio en un periódico no atrae consensos: de hecho, equivale a llevar una diana sobre la espalda. Demasiado listos para publicar en Slack, me escriben en privado hablando del “nuevo maccartismo”, que ha hundido sus raíces en el periódico de referencia.

Todas ellas son malas señales, sobre todo para los jóvenes autores independientes y para los redactores especialmente atentos a lo que deben hacer para avanzar en su carrera. Regla número uno: expresa tus ideas a tu cuenta y riesgo. Regla número dos: no corras el riesgo de redactar un artículo que contradiga el relato dominante. Regla número tres: no creas nunca en un director o editor que te invite a ir contracorriente. Al final, el editor se someterá el deseo de la muchedumbre, despedirán al director o le asignarán otra tarea y a ti te abandonarán.

Para estos jóvenes autores y redactores sólo hay un consuelo. Mientras lugares como el New York Times y otros, antes grandes instituciones periodísticas, traicionan sus estándares y se olvidan de sus principios, los estadounidenses aún tienen sed de noticias correctas, ideas vivas y un debate honesto. Entro en contacto a diario con estas personas. Hace unos años usted dijo que «una prensa independiente no es un ideal liberal, progresista o democrático. Es un ideal estadounidense». Estados Unidos es un gran país que se merece un gran periódico.

Con todo esto no niego en absoluto que algunos de los periodistas de mayor talento del mundo trabajan para su periódico. Lo hacen. Y esto hace que este clima iliberal sea aún más desgarrador. Seguiré siendo una lectora devota de su periódico. Pero ya no puede realizar el trabajo para el que he nacido: el trabajo que Adolph Ochs [proprietario del New York Times de esa época], en la famosa declaración de 1896, describió así: «Hacer que las columnas del New York Times sean un foro que tome en consideración todas las cuestiones que tienen relevancia pública, abriéndolas a una discusión inteligente en la que participen todos los matices de la opinión».

La idea de Ochs es una de las mejores que he leído nunca. Y siempre me ha consolado la certeza de que las ideas mejores prevalecen. Pero las ideas no pueden prevalecer solas, necesitan una voz, necesitan ser escuchadas. Y, sobre todo, necesitan ser apoyadas por personas que deseen vivirlas.

Cordialmente,

Bari

 

Publicado en Tempi.

Traducido por Verbum Caro para La Gaceta.

 

 

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