«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Marruecos ya es el principal proveedor extracomunitario de frutas y hortalizas de España

El lado oscuro de la PAC: más de 350 empresas españolas se han trasladado a Marruecos por la burocracia y las exigencias verdes de la Bruselas

Agricultor español. Redes sociales

Las políticas agrarias procedentes de Bruselas han convertido la competitividad del campo español en un lujo cada vez más difícil de sostener. Mientras las explotaciones europeas asumen más trámites, más requisitos ambientales y más costes de producción, una parte creciente del tejido empresarial ha buscado al otro lado del Estrecho lo que la Unión Europea les pone cada vez más cuesta arriba: producir con reglas más laxas y márgenes más amplios.

El Ministerio de Economía cifra en más de 350 las empresas españolas instaladas de forma permanente en Marruecos. No todas son agrícolas ni todas han cerrado sus puertas en España, pero el dato confirma una tendencia que el ICEX ya documentó en 2024, cuando identificó centenares de compañías del sector primario con producción, filiales o participaciones en el país vecino. El movimiento no es anecdótico: forma parte de una deslocalización silenciosa que el campo español lleva años denunciando.

La Política Agraria Común 2023-2027 y el Pacto Verde europeo han endurecido las condiciones de quien cultiva dentro de la UE. Menos materias activas autorizadas, más exigencias de sostenibilidad, más carga burocrática y unos costes laborales que no admiten comparación con los de Marruecos. Organizaciones agrarias recuerdan que una jornada en el campo español puede acercarse a los 90 euros, frente a alrededor de 8 en el país alauí. A eso se suma que las producciones marroquíes no están sujetas al mismo corsé fitosanitario ni ambiental que Bruselas impone a Almería, Huelva, Murcia o Valencia.

El resultado es una competencia asimétrica. El Acuerdo de Asociación UE-Marruecos liberalizó buena parte del comercio agrícola y ha convertido al reino vecino en el principal proveedor extracomunitario de frutas y hortalizas de España. En el primer semestre de 2026, las importaciones hortofrutícolas marroquíes rozaron los 950 millones de euros. El tomate es el símbolo más visible: España ha perdido peso como primer proveedor comunitario, mientras las entradas desde Marruecos no dejan de crecer. Los frutos rojos, el pimiento o la judía verde siguen la misma senda.

Grandes nombres del agroalimentario español operan desde hace años en Marruecos. Ebro Foods consolidó allí su negocio arrocero; otras firmas del sector de frutos secos, conservas y horticultura han abierto filiales, tomado participaciones o desplazado campañas de producción a zonas como el Gharb, el Souss o el entorno de Agadir. El modelo es recurrente: se produce donde sale más barato, se empaqueta o se comercializa con marca europea y se vende en el mismo mercado que asfixia al agricultor que se ha quedado a este lado de la frontera.

Bruselas defiende que la PAC y el Pacto Verde protegen el medio ambiente y la seguridad alimentaria. En el campo la lectura es otra: las normas se aplican con rigor a quien produce en Europa y con indulgencia a quien exporta hacia Europa. Las llamadas cláusulas espejo —exigir a las importaciones las mismas condiciones que a la producción comunitaria— siguen siendo, para las organizaciones agrarias, una promesa incumplida.

La paradoja es geopolítica tanto como económica. España es el primer socio comercial de Marruecos, con un intercambio bilateral cercano a los 23.000 millones de euros. Hay más de 350 empresas instaladas, cientos de filiales y una inversión acumulada que supera los 2.500 millones. Esa red de intereses explica por qué cada crisis diplomática —la última, ligada a la presión migratoria en Ceuta— choca con una realidad incómoda: una parte del tejido productivo español ya está anclado al sur.

El Tribunal de Justicia de la UE complicó aún más el tablero al anular en 2024 los acuerdos agrícolas y pesqueros por incluir el Sáhara Occidental sin el consentimiento del pueblo saharaui. Desde entonces se han improvisado nuevos encajes y memorandos. El comercio, sin embargo, no se ha detenido. Tampoco las quejas de quienes cultivan en suelo europeo con las reglas de Bruselas y compiten con quienes no las tienen.

El lado oscuro de la PAC no es solo un eslogan de tractorada. Es el retrato de un sistema que exige al productor español lo que no exige con el mismo rigor a su competidor más cercano. Mientras esa asimetría se mantenga, Marruecos seguirá siendo, para cientos de empresas, no un mercado más, sino una vía de escape.

+ en
Fondo newsletter