
La reconstrucción oficial del accidente ferroviario de Adamuz, presentada el miércoles por el Ministerio de Transportes, ha terminado por poner en cuestión la capacidad de reacción del sistema ferroviario español en un momento crítico. La cronología ofrecida por el departamento que dirige el ministro Óscar Puente revela que el gestor de infraestructuras tardó casi seis minutos en detectar que el tren Alvia había descarrilado, un retraso decisivo en un contexto en el que cada segundo podía resultar vital para la supervivencia de los pasajeros.
La comparecencia, planteada por el Gobierno como un ejercicio de transparencia destinado a tranquilizar a los usuarios de la alta velocidad, dejó un panorama muy distinto. Los datos expuestos por el director de Tráfico de ADIF, Ángel García de la Bandera, dibujan una sala de control desorientada, con información fragmentaria y sin una percepción clara de la gravedad real de lo ocurrido durante los primeros minutos posteriores al impacto.
Según esa secuencia temporal, la colisión entre los trenes se produjo entre las 19h43m40s y las 19h43m45s, intervalo en el que se registró una pérdida súbita de tensión eléctrica como consecuencia del doble descarrilamiento. Pese a ello, la anomalía no activó de inmediato las alarmas en Madrid. El propio García de la Bandera reconoció que el primer intento de comunicación con el maquinista del Alvia con destino a Huelva no se produjo hasta las 19h48m39s, cuando el conductor ya había fallecido. Doce segundos después, la sala de control volvió a llamarlo sin obtener respuesta.
No fue hasta las 19h49m33s cuando un técnico logró establecer contacto con el tren, y no con el maquinista, sino con la interventora, a través de un teléfono móvil. En esa conversación, adelantada por El País, la trabajadora alertó de que tenía «sangre en la cabeza», una frase que desencadenó la primera señal de alarma real en el centro de control. Hasta ese momento, en ADIF se manejaba la hipótesis de un simple enganchón con la catenaria, sin asumir que el Alvia había descarrilado ni que se había producido una colisión entre convoyes.
La falta de conciencia sobre la magnitud del siniestro se prolongó durante más de media hora. García de la Bandera explicó que no fue hasta las 20.15 horas cuando el maquinista de otro tren, detenido por la pérdida de tensión y situado por detrás del Iryo, comunicó su intención de bajar a la vía junto a otras dos personas para inspeccionar el trazado por el que había circulado el Alvia. Hasta ese momento, más de 30 minutos después del choque, ADIF no interrumpió la circulación en la línea Madrid-Sevilla ni activó los comités de crisis. Fue entonces, según admitió el responsable de Tráfico, cuando llegaron «las primeras informaciones de que puede haber víctimas».
El balance humano de esa demora resulta devastador. La cifra oficial de fallecidos se sitúa ya en 43 personas, en una de las mayores tragedias ferroviarias de los últimos años. Pese a ello, el ministro de Transportes pidió paciencia y tiempo para esclarecer las causas últimas del accidente. Entre las hipótesis que maneja su departamento figura la posible rotura del carril derecho, lo que habría provocado el descarrilamiento de los últimos vagones del Iryo y la invasión de la vía por la que circulaba el Alvia.
Puente reconoció la existencia de marcas en los bogies de varios trenes, incluidas composiciones que pasaron previamente por ese punto, compatibles con un fallo en la infraestructura. Sin embargo, subrayó que esas marcas aparecen en las ruedas del lado izquierdo y no en las del derecho, un detalle que, a su juicio, obliga a extremar la cautela antes de extraer conclusiones.
Las contradicciones no se limitaron a los aspectos técnicos. El ministro corrigió públicamente al presidente de Renfe, Álvaro Fernández de Heredia, quien había afirmado días antes que entre el descarrilamiento del Iryo y el impacto con el Alvia transcurrieron 20 segundos. Según la versión actualizada de Transportes, el intervalo real fue de apenas nueve segundos, un matiz que añade más incertidumbre a una gestión ya rodeada de dudas.