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Se han posicionado en contra

El sabotaje de CCOO y UGT a las manifestaciones de los agricultores

Protestas de agricultores en las A-42. Europa Press

El pasado martes, decenas de miles de agricultores se lanzaron a las carreteras españolas para denunciar la situación que atraviesa el campo, colapsaron las principales autovías del país y anunciaron que la revuelta se prolongaría durante el tiempo que fuera necesario y hasta que todas sus demandas fueran escuchadas.

Ante la magnitud del desafío planteado por los agricultores españoles, han sido muchos los políticos, periodistas y opinadores que salieron en tromba a valorar lo sucedido para posicionarse, con mayor o menor firmeza, del lado de los manifestantes. Sin embargo, también se dieron importantes excepciones que no tardaron en llamar la atención. De hecho, buena parte de la intelligentsia progresista se afanó en cuestionar la legitimidad de las protestas buscando todo tipo de excusas para no apoyar a los agricultores.

Unai Sordo, secretario general de CCOO, por su parte, se ha posicionado en contra de las manifestaciones agrarias, aseverando que quienes se estaban movilizando no eran trabajadores, sino empresarios del campo. No contento con ello, el líder sindical también hablaría de movilizaciones muy minoritarias que sólo respondían a intereses empresariales al tiempo que vertería importantes críticas contra quienes defendían la producción nacional frente a las importaciones de terceros países.

Sus palabras no tardaron en llegar a todos los rincones de España y pronto generaron un profundo sentimiento de indignación entre unas masas agrarias desamparadas por las asociaciones que durante años canalizaron las demandas del campesinado español y que el pasado martes también denunciaron las acciones espontáneas de los agricultores al tiempo que anunciaron su intención de negociar con el gobierno de espaldas a la voluntad expresada por el rural.

En apenas unas horas, los agricultores españoles tomaron conciencia de que sus aliados tradicionales les habían traicionado. En su particular batalla, tampoco tienen de su lado a las organizaciones agrarias subvencionadas por el Gobierno. Además, no contaban con el apoyo de los máximos exponentes de la izquierda política y mediática que antaño se erigía en abanderada de toda causa popular. Tampoco tenían la aprobación de los sindicatos de clase que, tras reivindicar durante decenios que la tierra habría de ser para quien la trabajase, atacan ahora con vehemencia a los pequeños propietarios agrícolas.

La autonomía de la que han hecho gala los manifestantes hasta ahora habrá de ser preservada durante los próximos días. Posteriormente, es posible que los agricultores se vean obligados a dotarse de una vanguardia autónoma capaz de liderar el movimiento y sentarse a negociar con el Gobierno y los máximos representantes de las instituciones europeas. Sin embargo, también es posible que, dada la naturaleza anárquica y espontánea del movimiento agrario español, haya de ser un partido ya constituido el que canalice sus demandas y defienda sus intereses una vez que las protestas se diluyan.

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