«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
El país africano es incapaz de contener o repatriar inmigrantes ilegales

Informes de la Guardia Civil alertan de que Mauritania acumula 360.000 inmigrantes ilegales que amenazan con llegar a Canarias en 2026

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, junto al presidente de la República Islámica de Mauritania, Mohamed Cheikh El Ghazouani. Europa Press

El Gobierno de Pedro Sánchez saca pecho de un descenso del 58% en las entradas ilegales a Canarias este año, comparado con el récord absoluto de 2024. Sin embargo, basta un vistazo al histórico para entender que no hay motivo de celebración. El volumen actual multiplica por diez las cifras de 2019 y supera en más de un 1.000% las de 2018. Lejos de ser una mejora estructural, asistimos al regreso a una presión migratoria que ya resultaba insostenible antes del estallido de 2023-2024. La calma es sólo aparente, y los informes de la Guardia Civil coinciden en una misma advertencia: 2026 puede convertirse en el próximo año negro para las islas.

El detonante está en el Sahel, donde el grifo migratorio se abre de nuevo. En Malí, el JNIM —la rama local de Al-Qaeda— ha pasado de la amenaza a la acción directa. Desde septiembre bloquea los convoyes de combustible que llegan por Senegal y Costa de Marfil, dejando Bamako sin gasolina y sin capacidad de movimiento. Francia, que aún mantiene su embajada, ha ordenado a sus nacionales abandonar el país por vía aérea.

La junta militar, instalada tras los golpes de 2020 y 2021, pierde terreno ante las incursiones constantes y las extorsiones. A esto se suman las inundaciones de junio, que han desplazado a 149.000 inmigrantes más hacia países limítrofes, según un informe reciente de Cruz Roja. El caos no expulsa sólo a quienes huyen: forja perfiles endurecidos, expuestos al yihadismo y al efecto llamada.

Estos flujos de inmigración cruzan la frontera y siguen acumulándose en Mauritania. En la región de Hodh El Chargui ya hay 360.000 inmigrantes, de los que sólo la mitad figura en registros oficiales. El Gobierno mauritano ha logrado repatriar al 10% de los llegados en el último año. El resto no se marcha: se queda, se organiza y fija la vista en el Atlántico.

Allí, en Nouadhibou, las mafias han encontrado su nuevo centro de operaciones. Las redadas senegalesas han cerrado la puerta sur, pero la presión se desplaza 600 kilómetros al norte. Canarias, que ya absorbe el 46% de la inmigración ilegal marítima que llega a España —según datos de ACNUR—, no está preparada para lo que viene. El Hierro sigue funcionando como muelle de emergencia, los centros de menores están al límite y la delincuencia asociada a la inmigración ilegal no para de manifestarse. Los canarios consideran que la situación insostenible. Un solo fin de semana de mar en calma puede multiplicar por tres las llegadas diarias.

Mauritania es incapaz de contener o repatriar, y se convertirá en el embalse que reviente. Cuando eso ocurra, las islas pueden recibir oleadas con perfiles forjados en el caos yihadista y atraídos por el «efecto llamada».

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