«John Wayne es víctima de una relectura del cine a la luz de las ideas actuales»

Una exposición dedicada al célebre actor ha cerrado sus puertas tras unas declaraciones juzgadas homófobas y que él hizo en una entrevista que se remonta a 1971. John Wayne ha sido reducido a una caricatura de él mismo y se ha ocultado su increíble carrera, se lamenta el cineasta François Margolin.

En pocos días John Wayne se ha convertido en un paria. El aeropuerto de los barrios residenciales al sur de Los Angeles, el de Santa Ana, ha sido rebautizado por los Demócratas electos del condado de Orange, mientras que las asociaciones de estudiantes de la Universidad de California Sur (USC), conocida por su departamento de cine en el que estudiaron Georges Lucas o Judd Apatow, obligan a cerrar una exposición dedicada a la estrella indiscutible del wéstern.

¿Cómo hemos llegado a esto? Con la publicación de una entrevista que la estrella concedió en 1971 a Playboy, en la que el célebre actor hacia declaraciones con connotaciones más bien racistas y homófobas.

No es en absoluto mi intención defender este tipo de ideas: John Wayne hizo, sobre todo al final de su carrera, una serie de declaraciones poco agradables apoyando, por ejemplo, de manera incondicional la intervención estadounidense en Vietnam, o defendiendo la utilización de armas de fuego. John Wayne era un ferviente defensor del Partido Republicano -tendencia ala derecha del mismo-, anticomunista convencido y poco interesado en la ideología hippie de la época, pues prefería la tradición viril -que hoy se calificaría de «machista»-, de la que él era el símbolo.

Ello nunca fue óbice para que en el mundo de Hollywood, desde siempre favorable a las ideas liberales -hoy diríamos «de izquierdas» o «progresistas»-, John Wayne fuera una de las personalidades más respetadas, a pesar de sus posiciones. Como también lo era John Ford, con el que rodó no menos de catorce películas, al que tampoco se podía considerar de «izquierdas».

Lo irónico es que John Wayne ha encarnado a menudo héroes bruscos, ariscos, firmemente individualistas, que detestan al prójimo, a menudo alcohólicos, a veces racistas y que, bajo la presión de los acontecimientos -y seducidos por las mujeres también-, descubren que la realidad del mundo es muy distinta a la que ellos imaginan, que los Confederados (los sudistas) pueden ser peores que los Unionistas (los nordistas) y que los indios tienen derecho a vivir en paz y no sólo a ser masacrados y expulsados de sus tierras. Son personajes que revelan progresivamente su buen corazón, confirmando que sólo los imbéciles no cambian nunca de opinión.

Es lo que le sucede al personaje de su papel más famoso, el de un soldado maduro en la celebérrima (y genial) Centauros del desierto, de John Ford, o en las tres obras maestras de Howard Hawks, Río Bravo, Río Lobo y El Dorado, en las que un shérif, sudista o misántropo, se sacrifica por los demás, abandonando sus ideas para volver a sus principios. Que son los principios de Estados Unidos pero, sobre todo, los principios de vida y de moral que él considera superiores a todo el resto.

Es el colmo que hoy se reduzca a John Wayne a la caricatura de sí mismo, reduciendo al mismo tiempo su inmensa carrera en el cine a una simple entrevista, concedida al final de su vida, y que nadie sabe en qué condiciones fue acordada. Su hijo explica que la concedió en un «acceso de cólera».

Pero en este tiempo en el que nos ha tocado vivir, en el que los historiadores son, con demasiada frecuencia, sustituidos por los fiscales, en el que las acusaciones se basan en «se dice que» y en el que se condena sin pruebas incluso antes de que se lleve a cabo un juicio, John Wayne se ha convertido en la nueva víctima de la «corrección política» que impera en las universidades estadounidenses y en los círculos militantes de los Demócratas, infiltrados actualmente por los «racialistas» y demás «esencialistas», algo que denunció con virulencia Philip Roth hace quince años en su magnífica novela, La mancha humana.

Empezamos muy mal si, efectivamente, nos dedicamos a releer la historia del cine a la luz de las ideas actuales y las tomas de posición de los distintos cineastas y actores. ¿Se tendrá que prohibir a Sergei Eisenstein con la excusa de que justificó la ideología «gran-rusa» (y mortífera) de Stalin? ¿Hay que prohibir a Jean-Luc Godard porque hizo unas declaraciones antisemitas cuando preparaba una exposición en el Centro Georges Pompidou y en varias entrevistas? ¿Hay que sacrificar a Charlie Chaplin, que tuvo que huir de Estados Unidos porque el jefe del FBI de la época, J. Edgar Hoover, le consideraba «peligrosamente progresista y amoral»? ¿Hay que negarse a ver las películas de Pier Paolo Pasolini, expulsado del Partido Comunista italiano porque sentía demasiado interés por los adolescentes? ¿O las de Rainer Werner Fassbinder porque su obra de teatro La basura, la ciudad y la muerte, puesta en imágenes por el cineasta suizo Daniel Schmid y calificada de antisemita, causó que la delegación israelí se fuera del Festival de Cannes? ¿O las de Nikita Mijalkov, el cineasta ruso de Ojos negros, gran amigo de Putin y firme defensor de la invasion de Crimea y la represión en Chechenia? ¿O las de Emir Kusturica, dos veces Palma de Oro en Cannes y defensor de los dirigentes serbios condenados por crímenes de guerra en La Haya? ¿O las de Cecil B. DeMille, el director de Los Diez Mandamientos, cuyas posturas serían hoy en día consideradas de extrema derecha, pero que se pasaba el tiempo transgrediendo las reglas morales del Código Hays, la Biblia de los puritanos? ¿O las de D.W. Griffith, el inventor del travelling, autor de una obra maestra, El nacimiento de una nación, y que era claramente racista, defensor de unos Estados Unidos blancos e incluso del Ku Klux Klan?

La lista es infinita y pocos cineastas interesantes escaparían a esta purga ideológica. Esto sucede cuando se intenta releer la historia a través de las lentes de otra época.

Sin que las situaciones sean exactamente comparables, es lo mismo que sucede cuando los talibanes destruyen con explosivos las estatuas milenarias de los Budas de Bāmiyān, en Afganistán, con el pretexto de que la representación humana, venerada en el pasado pero prohibida por el islam, va contra sus principios. O cuando el estado islámico destruye todo rastro de las civilizaciones anteriores a Mahoma, incluso cuando se trata de las maravillas de Palmira, en Siria.

Borrar todo lo que se considera no conveniente de la Historia, reescribirla, es, por desgracia, un sueño demasiado frecuente. Es lo que sueñan, prácticamente, todos los dictadores. Era el sueño de Hitler cuando destruyó los cuadros de lo que él llamaba «arte degenerado» e instaba a la quema de libros; el de Stalin cuando quiso eliminar a Trotsky de todas las fotos de la Revolución de Octubre en las que aparecía; el de Mao Tse Tung cuando enviaba a los intelectuales y a los artistas al campo (o a los campos de trabajo), donde creía que serían más útiles. Es el sueño constante de todos los que piensan que tienen el poder.

Lo novedoso en el razonamiento que hacen actualmente todos estos «conformistas» de servicio, es que esta voluntad viene de personas que no están en el poder, pero que piensan que tienen más que el resto. Es esto lo que sin duda hace que sean tan peligrosos. Porque, como los verdaderos dictadores, piensan que hacen el Bien, con B mayúscula, y que están prestando un servicio a la humanidad cuando eliminan, por su bien, a todos esos seres abyectos que se expresaron con libertad en el pasado

Y como creen que John Wayne se ha reencarnado hoy en día en su bestia negra, Donald Trump, es una revancha simbólica muy fácil. Desde el principio de su campaña electoral de 2016, Trump dijo claramente que su visión era la de un autor de wésterns o de un cowboy: rodear su territorio con una cerca para que no se escape su ganado e impedir el ataque de los indios. Una visión simplista pero que le hizo ganar las elecciones porque llevaba en ella todos los mitos que fundaron el país.

Al atacar a John Wayne, símbolo de este género hoy en día prácticamente abandonado, están atacando a los Estados Unidos de Trump, con un sentimiento de revancha mal asumido.

Los Estados Unidos de los grandes espacios y los blanquitos. A los que odian.

François Margolin es cineasta, productor y guionista. Ha dirigido la película Salafistas.

 

Publicado por François Margolin en Le Figaro.

Traducido por Verbum Caro

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