Se cumplen 22 años de la llegada al poder de Zapatero
Las heridas abiertas del 11-M y el «PSOE state of mind» como principal ideología sistémica
Las heridas abiertas del 11-M y el «PSOE state of mind» como principal ideología sistémica
José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy. Europa Press
Por Rafael Nieto
14 de marzo de 2026

Una docena de explosiones ocurridas desde las 7:37h del 11 de marzo de 2004 cambiaron para siempre la historia de España. Una historia que discurría por los cauces establecidos durante la Transición, dejando en el rincón del olvido todo lo ocurrido antes de la muerte de Franco. Esa mañana, cuando miles de personas tomaban el transporte público para acudir a sus obligaciones diarias, España dio un salto atrás en el tiempo y se introdujo de nuevo en los años más oscuros del frentepopulismo izquierdista y de la persecución descarada a las derechas.

Eran las 7 en punto de la mañana cuando los primeros trenes salieron de Alcalá de Henares con mochilas llenas de explosivos; los autores materiales de los atentados querían causar el mayor número posible de víctimas y se aseguraron de que hubiera una bomba en la mayoría de los vagones: 1, 4, 5 y 6 en el convoy 21431 de la línea C-2; otros cuatro vagones en el convoy 17305; y una bomba más en el convoy 21713, también con salida desde Alcalá de Henares. Apenas 23 minutos separaban el primer convoy del último. Todos con dirección a Madrid-Atocha.

La calle Téllez, en Atocha, el Pozo del Tío Raimundo y Santa Eugenia son los escenarios de las explosiones y de los heridos: el infierno en menos de cinco minutos. Todo es un inmenso caos de fuego y nubes de polvo donde apenas se ven las primeras sirenas de las ambulancias que llegan a las zonas donde se empiezan a amontonar los heridos…, y los cadáveres. Las primeras cifras de víctimas no podían ser realistas porque la magnitud de la tragedia causaba terror sólo de imaginarlas. Nadie se sentía preparado para asumir que nos habían golpeado con una crueldad nunca antes vista.

Al anochecer de ese terrible 11 de marzo de 2004, la cifra oficial de fallecidos ya era de 192 (una persona más perdería la vida semanas después), mientras que el número de heridos superaba los 2.000. Se trataba del atentado terrorista más grave de la historia de Europa en ese momento, pero España tenía una cita electoral apenas 48 horas más tarde, y casi no había tiempo para hacerse preguntas que en ese momento nadie era capaz de responder.

El Gobierno de Aznar se apresuró a afirmar que detrás de la masacre estaba ETA. Los medios que apoyaban al PSOE lograron establecer el criterio de que la autoría etarra favorecía el interés electoral de los populares, mientras que la autoría extranjera (islamista) podría provocar un vuelco en las urnas a favor de Zapatero (que, apenas unos días antes, muy pocos esperaban).

El día después de la gran infamia

El día después de la tragedia, con las portadas más aterradoras de la historia de la prensa española, se sucedieron las manifestaciones por las plazas y calles de los pueblos y ciudades, en un grito unánime de silencio. El pueblo español, tantas veces víctima de invasiones y batallas, clamaba respeto al dolor colectivo, en lugar de venganza. Silencio por un dolor compartido que nadie sabía decir quién o quiénes habían provocado.

Tampoco se contó nunca a los españoles por qué hubo tanta prisa a la hora de retirar los restos de los trenes y de los explosivos en «la zona cero» de los atentados. Según distintas fuentes, entre el 11 y el 12 de marzo de 2005 se procedió a la retirada de restos y limpieza de los focos de explosión; entre el 14 y el 15 comenzaron los trabajos de desguace en algunos vagones. En los días siguientes, los trenes dañados se desmantelaron definitivamente en instalaciones de Renfe.

El juicio de los autores materiales se celebró entre el 15 de febrero y el 2 de julio de 2007 en un pabellón especial habilitado en la Casa de Campo bajo la presidencia del polémico Gómez Bermúdez. Las cifras dan idea de su magnitud: 29 acusados en el banquillo, más de 300 testigos, cerca de 100 peritos, y miles de documentos en el sumario.

Las mayores condenas recayeron sobre Jamal Zougam, acusado de colocar las bombas en los trenes; Otman El Gnaoui, implicado en la preparación de los atentados; y José Emilio Suárez Trashorras, exminero acusado de facilitar los explosivos. Algunos de los supuestos autores materiales no pudieron ser juzgados porque murieron en la explosión del piso de Leganés, el 3 de abril de 2004, cuando la policía intentaba detenerlos.

Veintidós años después, en la madrileña Puerta del Sol, delante de una placa que rememora aquellos días, el portavoz nacional de VOX, José Antonio Fúster, apuntaba en esa dirección: “Si saliéramos a las calles de Madrid y preguntáramos quiénes fueron los autores intelectuales de aquel atentado, no lo sabemos. Sabemos quiénes fueron los autores materiales y lo que sabemos es que, bueno, el yihadismo también vive entre nosotros”.

«No lo sabemos». La frase nos remite a otros episodios oscuros y sin respuesta de nuestra historia: el asesinato de Prim, el incendio del hotel Corona de Zaragoza, o el golpe de Estado del 23-F, entre otros. Otra vez, los españoles nos quedamos a oscuras sobre un episodio crucial, fundamental, sin el cual apenas es posible entender lo que ha ocurrido políticamente en las últimas dos décadas: el nacimiento y auge de Podemos, el nexo del PSOE actual con el Frente Popular de la II República, o cómo se ha configurado el panorama de los medios de comunicación tradicionales.

De la autoría de ETA a la hipótesis islamista

El ministro de Interior en el momento de producirse los atentados, el popular Ángel Acebes, afirmó que la primera línea de investigación de la Policía era la de la autoría de ETA. Y se apoyaba en varios argumentos que, en esas primeras horas, parecían convincentes.

La banda terrorista llevaba más de 30 años realizando atentados con bombas, y había atacado estaciones, trenes y transporte público en el pasado. Para Acebes, era indudable que los etarras buscaban producir una gran tragedia terrorista en España, y parecía claro que la intención de ETA era condicionar o influir en el resultado de las elecciones que se iban a celebrar el 14 de marzo de 2004.

Sin embargo, esta hipótesis parecía perder fuerza (al menos, para la mayoría de la opinión pública) a medida que aparecían indicios de la autoría islamista: una furgoneta con detonadores y una cinta con versos del Corán en Alcalá de Henares (lugar del que salieron los trenes con explosivos), la existencia de un tipo de explosivo distinto del que era habitual en los atentados de ETA, y varias reivindicaciones islamistas posteriores al 11M.

Al día siguiente de los atentados, todas las portadas de periódicos reflejaron el estupor, la indignación y la rabia contenida; pero no sólo eso. Casi todos, incluido El País, hablaban de la autoría etarra de la masacre.

En el informativo de la mañana que presentaba Iñaki Gabilondo, la emisora de radio de PRISA daba la “noticia” de que “las fuentes consultadas por la SER confirman que una persona llevaba 3 capas de ropa interior y estaba muy afeitado, una práctica muy habitual entre los comandos suicidas islámicos antes de inmolarse. Las mismas fuentes aseguran que en una de las furgonetas localizada en Alcalá se encontraron restos de una sustancia explosiva que no es dinamita titadine habitualmente utilizada por ETA”. Naturalmente, esta falsedad nunca se llegó a confirmar. Pero ya daba igual: el objetivo estaba conseguido.

La opinión pública, la mayoría de los medios de izquierdas y los prescriptores de opinión más influyentes apuntaban ya claramente a la autoría islamista que habría buscado con esta masacre terrorista una venganza por la “participación” de España en la guerra de Irak.

Y es que, tras la célebre cumbre de las Azores (con las famosas fotos de Bush, Blair y Aznar), celebrada el 16 de marzo de 2003, España se comprometió a desplegar 1.300 militares, integrados en la Brigada Plus Ultra, en las localidades de Diwaniya y Nijaf. Además, el Gobierno de Aznar permitió a Estados Unidos el uso de las bases de Rota y Morón para escalas de aviones militares estadounidenses, así como el transporte de tropas y material hacia Oriente Medio.

La primera decisión importante adoptada por el Gobierno socialista de Zapatero nada más llegar a La Moncloa fue el anuncio de la retirada de las tropas españolas de Irak, que se produjo entre abril y mayo de ese mismo año.

Más de dos décadas de silencios y de renuncias

Como lamentaba Fúster, los españoles no conocemos a los autores intelectuales de la mayor masacre terrorista de España. Y no es porque no se hayan publicado libros que dan una información muy valiosa al respecto: “La cuarta trama”, de José María de Pablo, aporta claves de gran interés sobre las múltiples irregularidades de todo el proceso de custodia policial de las pruebas del atentado. “Los enigmas del 11-M” y “Las mentiras del 11-M”, ambos de Luis del Pino, plantean preguntas e hipótesis muy reveladoras sobre el tema. También es obra de referencia el libro de Fernando Reinares titulado “El 11-M: la investigación”.

Sin embargo, ni el PP ni el PSOE, los dos partidos que han gobernado en España a nivel nacional, no han mostrado el menor interés por dar a conocer a los españoles toda la verdad sobre una de sus páginas más terribles. Solamente el partido que preside Santiago Abascal ha querido mantener la exigencia pública de información y transparencia para que los españoles no cierren en falso otro capítulo más de su historia. De hecho, el propio Abascal expresó en su cuenta de X, el 11 de marzo de 2025, el siguiente mensaje: «21 años después aún queremos saber toda la verdad», en idéntica línea con lo expresado este año por su portavoz nacional en Sol.

La portavoz parlamentaria, Pepa Millán, ha reclamado «dignidad y memoria para las víctimas del terrorismo» y ha recordado que el Congreso aprobó, a petición de VOX, la desclasificación de los papeles del atentado del 11-M: «22 años después esos delitos están prescritos y la principal prueba, como fueron los vagones, fueron absolutamente destruidos», ha dicho.

Pero, ¿a quién beneficia políticamente que no se conozca toda la verdad? Ésta es la pregunta que se hacen hoy muchos españoles, más de dos décadas después de los atentados, y cuando el asunto ha quedado prácticamente olvidado en el día a día, salvo todos los 11 de marzo de cada año, cuando lo recordamos con un nudo en la garganta.

Volviendo a las palabras de Fúster para responder, probablemente beneficie a los mismos a los que beneficia la entrada de decenas o cientos de yihadistas a nuestro país. De hecho, sólo fuimos conscientes de ese peligro real el 17 de agosto de 2017, cuando una furgoneta atropelló a decenas de personas en las Ramblas de Barcelona, mientras que de madrugada se producía otro ataque en Cambrils. El resultado fueron 16 muertos y más de 130 heridos. El Estado Islámico se apresuró a reivindicar los atentados.

El PSOE de ZP, o el fin de la Transición

La victoria electoral socialista que siguió a los atentados del 11-M supuso el final de unas décadas de cierta estabilidad política; a partir de Zapatero, los grandes acuerdos políticos dejan paso a la crispación y las obsesiones ideológicas. Se cierra de facto la Transición y se mira de reojo a la II República como aspiración de futuro…, o de presente. Se sientan las bases de lo que años después cristalizará en el 15-M y el nacimiento de Podemos.

Las dos legislaturas de Zapatero sirvieron para aquilatar el PSOE state of mind como principal ideología sistémica, alimentada por unos medios de comunicación cada vez más engordados con dinero público. No había vuelta atrás a la recuperación del franquismo como elemento de confrontación nacional, y al uso de la memoria como ariete del republicanismo socialista: los años de armonía con la monarquía borbónica (escenificada por la excelente relación de Juan Carlos I con Felipe González) habían llegado a su fin.

El inane mandato de Rajoy, en dos legislaturas no terminadas (al ser interrumpida la segunda por la moción de censura de Sánchez), solamente ayudó a consolidar el radicalismo de Zapatero, renunciando a revertir los disparates ideológicos que acabaron convertidos en leyes y un Partido Popular que ha acabado siendo la muleta del PSOE en un bipartidismo que ya hoy casi nadie discute.

Los atentados también producen una sensación colectiva de vulnerabilidad en la misma línea de lo ocurrido en Estados Unidos tras el 11 de septiembre de 2001. La constatación de que nos pueden hacer mucho daño, y de que es casi imposible poderlo evitar al cien por cien. En los siguientes meses y años, otros países europeos experimentarán lo mismo: el Viejo Continente está en el punto de mira de un enemigo exterior que no sabemos cómo combatir. La figura del «lobo solitario» se convierte en un objetivo difuso, invisible, pero a la vez letal.

Todo lo que después ha ocurrido en España remite a ese primer momento de insoportable confusión y caos; es la estela de aquellos días dramáticos que no hemos terminado de superar, como no se superan los duelos imposibles. Sin la verdad completa, sin conocer dónde se planificó aquella masacre y quiénes dieron las órdenes concretas para atacar, es casi imposible cerrar aquella herida que sigue abierta en una parte sustancial de la sociedad española.

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