Los asentamientos de personas sin hogar en parques y zonas verdes se han consolidado como un fenómeno creciente en distintas ciudades españolas. Lo que durante años fue una imagen puntual comienza a normalizarse en espacios públicos de Madrid, Valencia, Ibiza o Bilbao, donde decenas de personas viven en tiendas de campaña o chabolas ante la imposibilidad de acceder a una vivienda.
En la Casa de Campo, el mayor parque urbano de la capital, varios campamentos se reparten por distintas zonas del recinto. Trabajadores del parque aseguran que el número de personas acampadas ha aumentado en los últimos meses. «Hay más que nunca y en más sitios», explican, al tiempo que destacan un cambio significativo: entre los ocupantes ya no sólo hay perfiles marginales, sino también personas que aparentan tener empleo.
Este patrón se repite en otras ciudades. En Valencia, el antiguo cauce del río Turia ha llegado a concentrar decenas de tiendas de campaña en pleno centro urbano. En Ibiza, el desalojo del asentamiento de Sa Joveria evidenció la existencia de trabajadores que, pese a tener ingresos, no podían afrontar el coste del alquiler. En Bilbao y su entorno, distintos asentamientos ilegales se han instalado en montes y zonas periféricas, con presencia destacada de inmigrantes.
El trasfondo es común. El encarecimiento del alquiler, las exigencias de acceso y la escasez de vivienda social expulsan a un número creciente de personas del mercado. A esta situación se suma la inmigración masiva, que incrementa la presión sobre los recursos disponibles y agrava la competencia por el acceso a una vivienda.
El perfil de quienes viven en estos campamentos es cada vez más amplio. Incluye jóvenes, mujeres, personas con problemas de salud o adicciones, pero también trabajadores precarios y familias. En muchos casos, se trata de inmigrantes que no logran estabilizar su situación laboral o administrativa y acaban recurriendo a estos espacios como única alternativa.
Las administraciones reconocen la dificultad para abordar el problema. Los desalojos puntuales no impiden que los asentamientos reaparezcan en otras zonas, mientras los recursos de acogida resultan insuficientes o poco adaptados a las necesidades de los afectados.
El resultado es una imagen que se repite en toda España: parques convertidos en refugios improvisados, con campamentos que crecen de forma sostenida mientras el acceso a la vivienda se deteriora y aumenta la presión social sobre las ciudades.