
En Montefrío (Granada) se respira una atmósfera de máxima tensión e incertidumbre tras el brutal ataque con hacha del pasado lunes que ha hecho estallar el hartazgo acumulado de sus vecinos por una oleada de inseguridad que se viene prolongando desde hace meses sin que las autoridades tomen medidas efectivas.
El suceso ocurrió alrededor de las 11:00 horas en plena calle Fuente y Prado, en el centro del municipio de la comarca de Loja. Un inmigrante ilegal marroquí de 45 años que trabajaba como temporero en el campo y llevaba solo unos meses en la localidad sin estar empadronado atacó de forma indiscriminada con un hacha a tres vecinos; un hombre de 69 años que intentó defenderse con su bastón, una mujer de 78 años y otra de 52 años, a la que amputó un dedo de un hachazo.
Las dos mujeres resultaron heridas graves y fueron trasladadas de urgencia al Hospital Virgen de las Nieves de Granada. El agresor huyó del lugar, rompió el hacha contra un vehículo, se escondió entre olivos y fue detenido por la Guardia Civil poco después. Según fuentes policiales, declaró que actuó tras «sentir la llamada» y que «todos los cristianos deben estar muertos».
El hombre agredido ha recibido ya el alta hospitalaria, pero las dos mujeres permanecen ingresadas en el Hospital Virgen de las Nieves, una de ellas con pronóstico muy grave y se teme por su vida. Por su parte, fuentes del Servicio de Información de la Guardia Civil han asegurado a LA GACETA que el ataque perpetrado se investiga el caso como posible acto de motivación yihadista, analizándose en estos momentos la huella digital y los dispositivos del detenido.
Durante la visita a la localidad se percibe un ambiente cargado de miedo, indignación y división. Decenas de vecinos se concentraron espontáneamente frente al Ayuntamiento bajo el lema «No es racismo, queremos justicia». Los testimonios recogidos reflejan una realidad cotidiana marcada por robos, acoso y provocaciones que, afirman, las autoridades conocen pero no resuelven. «Llevábamos ya un mes que eran robos todas las noches. Si no entraban en casa, rompían coches o robaban gasoil a los tractores. Quitaban herramientas, móviles. Se dedicaron en Semana Santa a robar móviles en la procesión. Y todo esto las autoridades lo saben. Pero no hacen nada», denuncia un vecino con rotundidad.
Los habitantes insisten en que no se trata de racismo, sino de falta de civismo y de control sobre la inmigración ilegal. «Aquí no somos racistas. Y hago un llamamiento a toda la gente que esté sufriendo esto en toda Andalucía, en toda España, que haga lo mismo que nosotros. Porque aquí no somos racistas. Es alzar la voz contra la delincuencia y contra los acosadores. Es así de sencillo, no hay más que hablar», afirma uno de los vecinos de la localidad. Relatan persecuciones a niñas, acoso en parques y plazas, consumo de alcohol y drogas en plena vía pública y en cajeros, y casos concretos de agresiones. Una vecina cuenta cómo un marroquí forzó a su hermana a darle un beso mientras trabajaba en la limpieza de la feria, la persiguió en patinete y le rompió el teléfono al negarse ella. «Mi hermana se fue al cuartel, lo denunció. Y a los tres días estaba el marroquí dando vueltas por aquí con el patinete. Y ahí se ha quedado», lamenta.
Muchos describen el cambio radical que ha sufrido el pueblo. «Antes era un pueblo más tranquilo. Un pueblo que se podía vivir en paz. Podía salir a la plaza. Ahora de noche no puede salir a la plaza. Porque está toda la plaza llena de ellos», explica una residente. Otra confiesa con temor: «Yo no soy racista. Pero lo que quiero es estar segura. Es mi mismo pueblo. Me vine aquí con 12 años. Ahora voy con miedo por la calle. Voy mirando siempre para atrás. Porque no me fío».
Los vecinos critican duramente la inacción municipal y policial: cámaras de vigilancia que no funcionan, patrullas inexistentes y una alcaldesa a la que acusan de priorizar la «bienvenida» sin poner límites. «Aquí el problema es la gente que viene sin control. La gente que entra y sale sin control. Y gente sin papeles y sin trabajo. Que okupan casas y que duermen en la calle y se dedican a robar«, sentencia otro habitante. Exigen más presencia de la Guardia Civil, control real de las entradas y salidas y que se escuche su voz antes de que ocurra “una masacre”.
La Guardia Civil ha reforzado su dispositivo en Montefrío con unidades como USECIC, Unidad Aérea, drones y el GRS para garantizar la seguridad. Sin embargo, durante la visita a la localidad el sentimiento predominante es de abandono y hartazgo. El pueblo, dividido entre el miedo a represalias y la necesidad de alzar la voz, ya no es sólo noticia por el ataque con hacha; se ha convertido en el símbolo de un malestar que se extiende por muchos municipios rurales de Andalucía y España ante la inmigración masiva y descontrolada y la falta de respuesta institucional.