Mientras en el pasado nombres como Pilar —y su versión compuesta, María Pilar— eran casi un emblema nacional, hoy apenas figuran en las listas de recién nacidas. Durante buena parte del siglo XX, especialmente entre los años 30 y 70, este nombre dominó los registros civiles. En los años sesenta, por ejemplo, más de 72.000 niñas fueron inscritas como María Pilar, y tres décadas antes casi 30.000 recibieron simplemente el nombre de Pilar. Sin embargo, esa fuerza que parecía inagotable comenzó a debilitarse a partir de los años setenta, iniciando una caída sostenida que no se ha revertido.
Los datos actuales del Instituto Nacional de Estadística reflejan con claridad ese cambio generacional: en España hay 126.444 mujeres llamadas Pilar, con una edad media cercana a los 66 años. Es decir, se trata de un nombre que pertenece sobre todo a mujeres mayores, con escasa presencia en las nuevas generaciones. En los listados de nombres más frecuentes entre las niñas actuales predominan otros estilos —Sofía, Valeria, Martina o Julia— que reflejan un tiempo distinto, más internacional y menos ligado a la tradición religiosa.
En Aragón, sin embargo, el nombre mantiene una carga emocional y simbólica que trasciende su decadencia estadística. Durante décadas, Pilar fue un signo de identidad regional, vinculado a la devoción por la Virgen del Pilar y reforzado durante el franquismo, cuando el catolicismo impulsó los nombres de raíz religiosa. En aquella época, más de 35 de cada mil niñas recibían el nombre de Pilar o María Pilar, convirtiéndolo en una de las denominaciones más populares del país.
La transformación cultural de las últimas décadas alteró ese panorama. La llegada de la televisión, la música extranjera, la apertura social y, más tarde, internet, introdujeron nuevas referencias que modificaron por completo la forma de elegir nombre. El valor simbólico o litúrgico perdió peso frente al sonido, la moda y la influencia global. Hoy, la lista de nombres más «jóvenes» —según su edad media— ilustra ese fenómeno: aparecen nombres como Aurah, Vaiana, Halley, Cataleya o Khloe en niñas, y Liam Mateo, Darell o Keylor en niños. Son nombres inspirados en la cultura pop, el cine, las redes o los deportistas de fama internacional.
Aun así, el nombre Pilar no desaparecerá del todo. Mantiene un enorme valor sentimental y sigue apareciendo en segundas posiciones o en homenajes familiares, sobre todo a abuelas y bisabuelas. No obstante, su «relevo natural» parece comprometido. La pérdida de práctica religiosa entre los jóvenes y el auge del bautismo civil están erosionando la transmisión cultural que sostuvo su popularidad. Sin un renacimiento similar al que experimentaron nombres como Carmen o Lucía, Pilar corre el riesgo de quedar relegado al recuerdo, más presente en los álbumes familiares que en las futuras partidas de nacimiento.
Como curiosidad estadística, el INE registra además 95 hombres llamados Pilar, con una edad media de 67,5 años. Se trata de un vestigio de antiguas tradiciones o promesas religiosas, una costumbre marginal que, como el propio nombre, parece haber llegado al final de su ciclo histórico.