Permítanme que aproveche para estas líneas los frenesíes balompédicos que acabamos de padecer sobre todo en los países en los que la multiculturalidad ha alcanzado ese punto de nieve en el que cualquier celebración deportiva sirve como excusa para el vandalismo, ese prólogo a la revolución que a los europeos nos espera a la vuelta de la esquina.
Dejémonos vencer por la nostalgia unos instantes y compartamos recuerdos con quienes, ya talluditos, vivieron aquellos inimaginables tiempos en los que la gente iba a los estadios sin camisetas, bufandas ni banderas a disfrutar tranquilamente del espectáculo e incluso a aplaudir elegantemente las jugadas meritorias del contrincante. Algunas violencias más tarde, a finales de los setenta, las autoridades tomaron la decisión de instalar verjas para poner a jugadores y árbitros al resguardo de las fieras, pero tragedias como la de Heysel en 1985 provocaron su eliminación. Nunca se sabe cómo acertar para apaciguarlas.
Saltemos ahora del césped a las pantallas, porque probablemente algún cinéfilo recuerde la película El sustituto, protagonizada en 1996 por Tom Berenger. Su tema central era la violencia y el crimen en un instituto «multicultural» estadounidense. Suponiendo que la película reflejaba la realidad social de aquellos días, recuerdo que me sorprendió el caos de aquel centro educativo en el que nadie estudiaba, la buena educación no existía, ninguna norma se respetaba y, lo más impactante, al que los estudiantes tenían que acceder a través de controles para evitar la introducción de armas. Una realidad social imposible de imaginar en la España de hace treinta años.
Podemos enorgullecernos de que nuestro país haya alcanzado en poco tiempo los niveles civilizatorios de la democracia ejemplar y primera potencia mundial. Ya tenemos colegios con detectores de metales para evitar que los alumnos entren con armas, con guardias de seguridad y con cámaras de vigilancia en cada rincón. Y a pesar de tantas precauciones, ya gozamos de apuñalamientos entre niños.
La degradación en las calles es todavía mayor, sobre todo por la noche y esparcida por doquier gracias a la pesadilla del botellón. El ruido, los vómitos y la mierda son la nueva norma. Y no se le ocurra llamar a la policía reclamando su derecho al descanso nocturno porque se van a reír de usted.
Al vandalismo nacional hemos añadido el importado gracias a la bendita inmigración, en este caso mayoritariamente americana. Porque junto a personas excelentes, de civismo intachable, también nos han venido unos cuantos millones de semisalvajes que han traído con ellos unas normas, o más bien la ausencia de ellas, que han conseguido imponer en España debido a la dejación de todas las autoridades, nacionales, regionales, municipales, judiciales y policiales. Al fin y al cabo no es más que otra manifestación de la paulatina disolución del Estado de derecho a la que venimos asistiendo desde que el pueblo aprobó muy mayoritariamente una Constitución autodestructiva. Y desde que ha elegido sucesivos gobiernos, de izquierdas y derechas, eficaces demoledores del Estado desde su puente de mando.
En las playas en las que desde siempre se respetó la prohibición de hacer actividades violentas, tirar basuras, llevar aparatos musicales y demás comportamientos que pudieran molestar a los demás –todo ello perfectamente señalizado con textos y dibujos para la comprensión de hasta el más idiota–, se han impuesto las costumbres de quienes no respetan las normas ni conciben el respeto al prójimo. Lo mismo ha ocurrido, por supuesto, en parques, ríos, lagos y bosques, lugares antes paradisiacos hoy convertidos en infernales. Y como con el paso del tiempo la costumbre se hace ley, no se le ocurra a usted quejarse y exigir civismo, porque le puede pasar cualquier cosa.
Y así, entre la acción de los vándalos y la inacción de los encargados de hacer cumplir las normas, España se parece cada día más a cualquier país caribeño.
Por lo visto, hay muchos a los que la perspectiva les agrada.