«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Nació en Madrid en 1975. Es Doctor en Periodismo por la Universidad San Pablo CEU. Ha dedicado casi toda su vida profesional a la radio. Ha publicado los libros "España no se vota" y "Defender la Verdad", "Sin miedo a nada ni a nadie" y "Autopsia al periodismo".

La educación y los niños

16 de agosto de 2026

A veces las redes sociales son un estercolero de egos atribulados y de mentes irrecuperables. Otras, en cambio, abren debates sobre temas eternos dándoles una «vuelta de tuerca» y poniéndonos ante las dudas que siempre generan las nuevas realidades. Esto último es lo que ha pasado estos días atrás a partir de un artículo de Ana Iris Simón publicado en El País bajo el título «Adults only«. La columna partía de una posición que, más allá de lo que cada uno opine, me parece respetable: el rechazo que siente hacia los hoteles que prohíben la entrada a menos de edad. Uno puede abrir, faltaría más, el negocio que quiera, y los demás pueden pensar que ese negocio es lamentable. Nada que añadir sobre este particular.

Pero, como decía, el artículo fue derivando poco a poco en una discusión entre quienes creemos que los niños deben tener límites muy claros a partir de una educación correcta que deben transmitir sobre todo los padres, y aquellos otros que parecen proponer una especie de «crianza salvaje» en la que todo está permitido para los más pequeños porque «tienen derecho a ello», «todos hemos sido niños», «los errores les harán crecer» y otros pseudo-argumentos parecidos. Una barra libre de falsos derechos con cero obligaciones, y naturalmente nada de castigos ni reproches, que eso les puede traumatizar de por vida. Y que se hagan socialistas de mayores, o una desgracia similar.

Todos hemos sufrido alguna vez a esos niños que te hacen empatizar durante un rato con el rey Herodes. Pequeños diablos que gritan, insultan, dan patadas, corretean a tu alrededor, y todo ello en menos de medio segundo. Uno diría que es el mismo Belcebú el que ha entrado en esos cuerpecillos para poder martirizar mejor, no a sus padres (que sería lo más justo), sino casi siempre a otros adultos que pasaban por ahí sin imaginar la que se les venía encima. Seguro que han padecido ustedes alguna vez a esos niños que se ponen los domingos al fondo de las iglesias durante las misas para hacer allí los sacrificios humanos que se les antojan, entre chillidos del averno. Suerte que tenemos cerca el agua bendita para exorcizarnos, si fuera el caso.

Lo terrible de esas criaturas desviadas del bien no son ellas, que al fin y al cabo todavía no han adquirido la suficiente madurez, sino sus padres, que por lo general superan ampliamente en desvergüenza y en desahogo a sus retoños. Verdaderos capullos y auténticas pedorras (permítanme que me exceda un poco hoy en la adjetivación) que mientras las alimañas salvajes de sus críos montan el espectáculo, miran tranquilamente su teléfono, completan el sudoku de turno, o aún peor, ríen de buena gana las ocurrencias de los chiquillos. «¡Ahh, jaja, fíjate qué balonazo ha dado Andresito a esa señora de 90 años!, ¿no es encantador?» Y no crean que exagero, que he visto escenas parecidas a ésta varias veces en los últimos años.

Educar a los hijos es una tarea ardua que tenemos los padres, y que es imprescindible y fundamental, aunque de fácil no tenga nada. Es una de esas estrecheces de la vida que es necesario acometer ya que, de no hacerlo, uno puede estar seguro de que lo terminará pagando cuando ya a los hijos (o nietos, o sobrinos) no se les pueda ni levantar la voz. Los límites son para los niños tan importantes como la comida o la ducha diarias. Son su seguridad y la nuestra, la garantía de que serán, andando el tiempo, personas de bien y no verdaderos delincuentes. Aprender a respetar a los demás, saber que los derechos no son infinitos, conocer las reglas básicas de la cortesía y la amabilidad, saber estar en cualquier situación que se presente en la vida…, son los mejores regalos que podemos hacer a los niños, muchísimo mejores que cualquier cacharro electrónico de esos donde se dejan las pestañas a diario.

Es verdad, volviendo al artículo de Iris Simón, que se da hoy también el error contrario, que consiste en cerrar las puertas a los niños como si fueran un estorbo del que hay que alejarse. Esas parejas que no tienen hijos, porque es muy caro mantenerlos, pero tienen en cambio diecisiete perros, que probablemente se alimenten gratis. Pero ni lo uno ni lo otro, ni la aversión a los niños ni su crianza enloquecida, son posturas razonables. Hay que amar a los niños dándoles las herramientas para que sean personas buenas, capaces de dar lo mejor del ser humano: la caridad, el esfuerzo personal, la defensa de la familia o el cariño a los amigos. No hacerlo, les envilece a ellos y nos hace a nosotros cómplices de sus futuras tropelías. Ojalá se den cuenta quienes han decidido dimitir de sus obligaciones más importantes.

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