«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Periodista y guionista. Fue presidente del Club de los Viernes, es colaborador en distintos medios de TV y radio y ha publicado artículos en Vozpópuli, La Nueva España y El Semanal Digital, entre otros.

No se avienen a razones

16 de agosto de 2026

«Todo hombre es tonto al menos cinco minutos al día. La sabiduría consiste en no rebasar el límite», asegura el refranero. Ocurre que, en ocasiones, nos pasamos de esa medida de tiempo, y se corre el riesgo de quedarse del otro lado para siempre, sin que exista ya un remedio. Hay que administrar la estupidez en pequeñas dosis para que no se vuelva crónica, como por desgracia les pasa a los fans de Marvel o a los votantes de Podemos.

Escribe el periodista y crítico de cine asturiano Tino Pertierra en la red social llamada ahora X (y siempre Twitter): «Nadie va a convencerme de que el boxeo es un deporte, que Torrente es buen cine y que los toros son un arte. Así que nunca discuto sobre ello».

Una publicación implacablemente lógica en sus argumentos irracionales. La borró después, tal vez consciente del bochorno propio que provoca vergüenza ajena, pero las redes no olvidan.

Como crítico de cine y escritor de relatos cortos en columnas, Pertierra es una de las plumas más certeras, sensibles y ecuánimes que he leído en un sector bastante limitado, y una persona con la que aprendí mucho, hace ya casi 20 años, haciendo prácticas en el periódico líder del Principado, La Nueva España. Con lo difícil que es escribir bien de cine, sin caer ni en el academicismo ni en la pedantería. Pero toda esa inteligencia entra en estado semicomatoso cuando aparecen en juego los prejuicios y la política.

Hay temas con los que no se aviene a razones. No discute, dice. Entra en modo negación. Las compuertas del raciocinio no dejan pasar más neuronas fritas. El escritor se niega a bajar al barro con los demás, seres cavernícolas y plebe abyecta capaz de entender el boxeo o los toros. Incluso de disfrutar con ambas cosas. Él está por encima de esa barbarie de golpes y sangre. De sudor y acero. Pan, circo y hematomas para chusma bajuna.

Además de publicaciones sobre cine, en su perfil de la red social llama, o retuitea contenido donde se llama, gentuza a Milei, sicario de la pocilga mediática al corresponsal de ABC en Washington, David Alandete; gentuza fascista a Santiago Abascal (ya saben ustedes que, para estos, todo es fascismo) y «cloaquera y franquista» a Ana Rosa Quintana. También comparte publicaciones de Echenique. De Echenique. Hay pocas cosas más lamentables para un escritor que la pérdida absoluta del sentido del ridículo. Parece aquello de una bipolaridad enfermiza, pero el integrismo político vuelve necios incoherentes a las personas más supuestamente sensatas y equilibradas.

Aunque no discuta sobre ello, se podría poner sobre la mesa que el noble arte pugilístico sólo tiene sus cerriles detractores entre los que desprecian lo que ignoran, como es el caso. Mucho se ha escrito sobre un deporte bueno, sacrificado y hermoso que implica, como otros deportes de contacto y las artes marciales, un grado de disciplina, respeto, autocontrol. Tiene mala prensa y buenos valores.

Sólo recibe el desdén de quienes su máximo esfuerzo ha sido tratar de adelgazar lo suficiente para no ahogarse al subir el primer tramo de escaleras, y la vagancia y la haraganería suelen imponerse en su vida, contrapunto al rigor de quien se vacía en los entrenamientos y en las dietas para ser mejor cada día, ser mejor en algo que muchos no van a valorar, porque lo van a rechazar con esa inquina con la que sólo rechazan los neófitos. Su contumacia hace que en un combate de boxeo o de full contact sólo vean la violencia atávica de dos personas pegándose, desconociendo todo lo demás, que es mucho.

La misma simpleza argumental de quien asevera que el fútbol son once tíos en calzoncillos corriendo detrás de una pelota. Comentarios de raquíticos, de personajes primarios, necios incapaces de ver más allá de sus sesgos preconcebidos. No saben nada de la técnica, del estudio del rival y de las carencias propias y ajenas, de la fraternidad que surge entre peleadores o entre compañeros de gimnasio. Para ellos, todo es violencia, por lo que es lo mismo un combate profesional que en un bar partirle a alguien una silla en la espalda.

Además, existen modalidades sin contacto que ya se están implementando para llegar a un público más amplio, donde priman el sudar y lo aeróbico. Te pone a tono mentalmente y ayuda a definir el cuerpo y mejorar de forma notable todo el sistema cardiovascular, la coordinación, los reflejos y la fuerza funcional. El boxeo no sólo es un deporte, Tino, es que es el deporte más completo.

Grandes del cine se han ocupado del boxeo para narrar sus historias, por todo lo que tiene de épica, de derrota y de redención. Así Scorsese rodó una de sus más impresionantes obras maestras (Toro Salvaje), John Huston un hermoso canto a los derrotados (Fat City) y Clint Eastwood usó el boxeo para hablar de la forma más conmovedora posible del amor, de la vida y de la muerte (Million Dollar Baby) porque, finalmente, de eso se trata. Y tantas grandes películas como Campeón, con un icónico John Voight, Marcado por el odio, Paul Newman explorando y explotando El Método, Cinderella Man, con unos soberbios Russell Crowe y Paul Giamatti, o The Boxer, Irlanda, IRA y Daniel Day-Lewis.

No es un deporte porque es algo más. La mística y el lirismo de combates legendarios, aquellas rivalidades históricas como las que mantuvo Alí con los pesos pesados de su época o la Pacquiao-Márquez. El pugilismo también es el fino estilista, casi ilógico en sus movimientos sobre el ring, que era el artista ucraniano Vasyl Lomachenko.

De tauromaquia entiendo menos que de boxeo, ya que no he ido en mi vida a una corrida de toros, puesto que no me gustan. Pero sé que ha sido ensalzada o admirada por celebridades como Ernest Hemingway (Fiesta sigue siendo una novela de vibrante actualidad, pese al siglo transcurrido desde su publicación), Picasso (indispensable pintor que como persona era una mierda), Federico García Lorca o Goya, nuestro pintor de negruras. Sin la cultura taurina no se entiende España. Algo así afirmó Ortega y Gasset. A lo mejor es eso, que no entienden España.

No hace falta ser un abonado de Las Ventas o La Maestranza para conocer el fenómeno social que supone Morante de la Puebla y las devociones que despierta; o admirar el duelo en el ruedo entre hombre y bestia, que se retrotrae al mito del minotauro. Y la tensión de vivir en el lindero de la muerte.

Detesto la cínica superioridad moral de quien es contrario a los toros por oposición a la crueldad animal y saca la espada para defender a una banda de facinerosos delincuentes que tienen como socios a los de otra banda, la que llevaba en listas electorales a los asesinos de mujeres y niños.

Pertierra no va a discutir, no va a argumentar porque es más una cuestión de cerrazón mental que de capacidad para alcanzar consensos con quien piensa distinto.

Hay un sector, llamémosle intelectual, que opera sin disimulo como una ramificación, dentro de la Cultura, de la organización criminal PSOE. De ese régimen inepto y corrupto.

Personas a las que les supones un bagaje, una experiencia y un oficio en el periodismo y en la vida, que justifican, tergiversan, ocultan o callan ante el sanchismo y sus actividades depredatorias. No les importa vivir bajo las voluntades de una banda cleptócrata, siempre y cuando todos tengan claro que la alternativa, la actual oposición, que ellos engloban de manera infantil en el término fascismo, es peor.

Lo mismo ocurre en Asturias con Miguel Barrero, escritor y director de la gijonesa Semana Negra, feria dedicada a la literatura Noir. El menda hace indisimulado activismo político. Recuerdo con una sonrisa socarrona una columna que escribió Barrero, que el pájaro la tituló precisamente Fascismo, y era por la época donde se tramitaba la prohibición de fumar en los locales cerrados, bares y restaurantes, principalmente. Mussolini también estaba en contra del cigarro después de las comidas, presumo.

Con los literatos progres españoles ocurre lo que afirmaba Borges de los peronistas: «No son ni buenos, ni malos; son incorregibles».

La izquierda española ejerce sobre estos miembros del mundo de la Cultura una hipnótica fascinación. Es una maldición moral. Y una gangrena de los medios de comunicación que deberían controlar al poder y no tapar sus miserias. En RTVE, algo ya muy evidente, está la mayor concentración de golfos por metro cuadrado que ha conocido el país. Pero es en provincias donde también se aglutinan no pocos juntaletras, correveidiles, palanganeros y propagandistas que, solapados tras lo cultural, lustran las botas de los cargos gubernamentales de turno. En la Asturias socialista, verbigracia, abundan agentes como Pertierra que, mientras hacen sus labores externas en el periodismo cultural, suelen impulsar tácitamente a socialistas asturianos de la talla de Adrián Barbón, Adriana Lastra y otros mercachifles locales de los que andan en una obscena busca y captura de un cargo, un sueldo en la Administración. Mientras sean de la izquierda y extrema izquierda está bien, da igual que se trate de cualquier imbécil incompetente en estado químicamente puro, que no le van a buscar las vueltas. Ni una sola crítica, ni un solo tuit.

Es una necrosis ética por la que tantos malogran su reputación. Creen que porque se dediquen a ferias literarias o a reseñar escritores o a hacer críticas de cine, no vamos a saber lo que en realidad son, cuando tengo, para identificar a un agente de la PSOE, más olfato que un perro perdiguero.

Es triste verles con esas maneras, como si fueran un Patxi López cualquiera, que portaba los ataúdes de sus compañeros y con esas mismas manos ahora masturba políticamente a los asesinos y sus herederos. La Cultura en el tardosanchismo no debería hundirse con la banda agonizante y acorralada por la Justicia, pero siguen cacareando fascismos, insultando y bunkerizados. O perdidos ante el cambio social que se avecina, como los vestigios de un ejército derrotado que vagara tras la capitulación.

Y así es como sucede. Así es como bajas del pedestal a tus antiguos referentes. Respetas a alguien hasta que te das cuenta que es un operador más del partido político más corrupto de nuestra historia. Que, además y aunque menos grave, se niega a hablar de boxeo o de toros porque eso sí que no. Ahí pone el límite. Por algo en una ocasión me dijo Fernando Savater que los intelectuales españoles eran, sin duda, de lo más tonto del país.

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