«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Director de Rius TV en YouTube. Trabajó antes en La Vanguardia y en El Mundo. Director de e-notícies durante 23 años.

Perdón por ser blanco

15 de agosto de 2026

El caso de Jason Arday me lo ha puesto a huevo. El profesor de la Universidad de Cambridge que ha acabado dimitiendo antes de que lo echaran. Como saben, se convirtió en 2023 —con solo 37 años— en el profesor más joven de la hasta ahora prestigiosa universidad.

Al final, se ha demostrado que todo era un bulo, que diría Pedro Sánchez. Pero auténtico. Acusaciones de plagio, falsedades en el currículum y, por qué no decirlo, una carrera académica en la que ayudó el color de piel.

Como Obama. Cuando le dieron el Nobel de la Paz, en octubre de 2009, llevaba menos de nueve meses en el cargo. Había tomado posesión el 20 de enero, como marca la Constitución estadounidense. ¿Por qué se lo dieron? En teoría, «por sus extraordinarios esfuerzos para fortalecer la diplomacia internacional y la cooperación entre los pueblos». En realidad, seamos sinceros, también por su raza: el primer presidente negro de Estados Unidos.

Por mucho menos tendrían que habérselo otorgado a Trump tras haberse reunido con el líder norcoreano Kim Jong-un en junio de 2019 en plena zona desmilitarizada de Corea. Dos países, por cierto, que ni siquiera han firmado un tratado de paz. Es verdad que sirvió de poco: Corea del Norte sigue jugando con misiles balísticos. La simple foto merecía un premio.

Además, sin intermediarios ni otras zarandajas. No como Puigdemont, que exigió a Sánchez un mediador internacional en Suiza y este se lo concedió. Por eso quiero pedirles una cosa: dejen de flagelarse por ser blancos. Occidente es una de cal y otra de arena. Es capaz de lo mejor y de lo peor: de Auschwitz y de Abu Ghraib.

No obstante, es también la zona del planeta —junto con América del Norte— donde se vive mejor: la democracia parlamentaria, la economía de mercado, la separación entre Iglesia y Estado, los derechos humanos.

Por supuesto, ha practicado la esclavitud. Pero esta es más antigua incluso que Grecia o Roma. O basta recordar —por mucho que le pese a la presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum— que Hernán Cortés no habría podido conquistar Tenochtitlan sin la colaboración de tlaxcaltecas y totonacas, que estaban hasta el gorro de los sacrificios humanos de los aztecas.

Todo esto viene a cuento porque, como decía, hay que dejar de pedir perdón por ser blanco. Se ha llegado a unos extremos inverosímiles que faltan a la verdad histórica. Por ejemplo, en cuanto vi en las redes que, en La Odisea, la película de Christopher Nolan, Helena de Troya era negra, se me pasaron las ganas de verla. Dicho, por supuesto, con todo el respeto por todos los actores de color. En parte, mejor. No creo en las adaptaciones cinematográficas de los clásicos literarios.

Por la misma razón, ya no fui a ver en su día Napoleón, la película de Ridley Scott protagonizada por Joaquin Phoenix. De emperador de los romanos a emperador de los franceses. Antes prefiero las biografías del ruso Albert Manfred (1906-1976), el belga André Castelot (1911-2004) o la del australiano Philip Dwyer sobre Santa Elena. Sin olvidar, por supuesto, las obras del británico David Chandler (1934-2004) sobre sus batallitas o sus mariscales. En política, como en la guerra, tener un buen equipo es fundamental.

Hace años, cuando todavía había DVD en el mundo, me compré la serie The Hollow Crown: The Wars of the Roses (2016) durante un viaje a Irlanda. Por aquello del inglés. Una adaptación de la BBC de los dramas Henry VI y Richard III de Shakespeare. Mi sorpresa fue mayúscula cuando vi que la reina de Inglaterra Margarita de Anjou (1430-1482) estaba interpretada por una actriz británica de raza negra, Sophie Okonedo.

Una última anécdota a pesar de que no soy futbolero. Recientemente vi que el Barça había fichado a Adeyemi, un jugador alemán. No quiero parecer Mariano Rajoy, pero la idea que tenía de los germanos —altos y rubitos— no coincide con la imagen física del nuevo jugador del FC Barcelona. Ruego me perdonen.

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