Desde que Universal Pictures anunció, el 23 de diciembre de 2024, que Christopher Nolan preparaba una adaptación de la Odisea, se daba por hecho que el espíritu homérico iba a ser traicionado. Era inevitable. Nolan no es Homero, ni su mundo, visto desde las colinas californianas, es el del poeta. La única duda era hasta dónde llegaría la profanación. Así, los que estamos más o menos familiarizados con el texto acudimos al cine como el cura de Cinema Paradiso, con la campanilla, dispuestos a denunciar omisiones, añadidos y demás licencias. Fuimos a decepcionarnos y cumplimos con nuestro deber.
Ahora bien, si yo fuera Nolan y leyera estas críticas ―un saludo, Christopher―, no me las tomaría muy a pecho. A partir de los clásicos se puede y se debe construir: es su fecundidad, su capacidad para dar forma sugerente y memorable a la condición humana, lo que acredita su condición de clásicos. Como de los patriarcas, de ellos desciende una prole numerosísima en la que, como pasa en todas las familias, habrá un poco de todo. Pero descender de un clásico no implica clonarlo; de otro modo, estaríamos haciendo la de Pierre Menard con el Quijote. Siempre habrá algo distinto, aunque no necesariamente mejor. Apartarse de un antecedente casi perfecto entraña sus peligros, pero no siempre resulta desafortunado. En el caso de Frankenstein, por ejemplo, más feliz parece la versión de James Whale, aunque idiotice al monstruo, que la pretendidamente fiel de Kenneth Branagh, de una verbosidad insoportable.
La capacidad inspiradora de los clásicos, por otra parte, no se agota en sus adaptaciones directas. La Odisea está detrás de O Brother, Where Art Thou?, película de los hermanos Coen. Estos reconocieron no haber leído el poema antes de escribir el guion, lo que prueba que la historia de Ulises flota en el aire que respiramos, que todos los occidentales somos, cuando menos, lectores pasivos de Homero. En Una odisea, de Daniel Mendelsohn, un padre y un hijo llegan a reconocerse después de toda una vida mientras tratan de comprender las andanzas del rey de Ítaca. He aquí otra virtud de los clásicos: cuando crees estar interpretándolos, son ellos los que te interpretan a ti.
Vivimos, por otro lado, en una época bastante preocupada por los clásicos, ya sea para reivindicarlos y fomentar su lectura en las aulas, ya sea para deconstruirlos y dejar a la vista las vergüenzas de su cosmovisión. Y aunque ambos movimientos parecen antagónicos, responden a un mismo clima crepuscular: mientras uno procura apuntalar la tradición que amenaza ruina, el otro busca acelerar su derrumbamiento. Unos y otros coinciden, al menos, en la sospecha de que los clásicos están dejando de pertenecernos.
La posmodernidad, de la que no escapan ni siquiera sus detractores, se reconoce en la proliferación de versiones, secuelas, precuelas, homenajes, parodias y reescrituras. Tenemos una conciencia casi cínica de estar llegando tarde a todo, de ahí que destaquemos en los géneros parasitarios y que los actos de creación se confundan con los de la crítica. En estos ejercicios hay inteligencia, erudición y, con frecuencia, verdadero talento. Pero también cierto desengaño de la imaginación, cierta pérdida de aliento, como si ya no fuera posible crear un mundo sin instalarse antes en las ruinas de otro, como si fuéramos incapaces de crear una obra que nuestros descendientes también quisieran traicionar.