
Hace justo un año que una riada arrasó el Levante español y se cobró la vida de 237 personas. Este miércoles, el Gobierno celebra en el Museo de las Ciencias Príncipe Felipe de Valencia un homenaje de Estado a las víctimas, un acto que debía servir para honrar su memoria… pero que llega marcado por el férreo control de Moncloa. Según fuentes del operativo, el equipo de Pedro Sánchez ha diseñado un dispositivo de seguridad tan restrictivo que impide incluso el contacto directo de los Reyes con los familiares de los fallecidos.
Fuentes gubernamentales confirman que el presidente del Gobierno ha ordenado que el acto transcurra sin saludos personales ni momentos espontáneos, detalla La Razón. El motivo, según la versión oficial, es “garantizar la seguridad” y evitar incidentes. Pero la decisión ha sido interpretada dentro y fuera de la Casa Real como un intento de boicotear la cercanía habitual de los Reyes con los afectados. No será posible ese gesto humano que, en circunstancias normales, marca la diferencia entre un protocolo vacío y un homenaje sincero.
La medida refleja la obsesión de Sánchez por blindarse. Desde el estallido de indignación en Paiporta, hace un año, cuando los Reyes y el presidente acudieron a consolar a los damnificados y una turba cargó contra ellos entre gritos y barro, el líder socialista no ha vuelto a exponerse sin un dispositivo de seguridad extremo. Aquella escena marcó un antes y un después: mientras los Reyes y el presidente valenciano, Carlos Mazón, aguantaron el golpe, Sánchez fue evacuado por su equipo ante los insultos de los vecinos.
Hoy, Moncloa quiere evitar a toda costa que algo parecido se repita. Los asistentes al acto —apenas 800, de los que solo el 70% son familiares— han pasado por un estricto filtro previo. Se ha impedido la asistencia de alcaldes y familias “incómodas”, y el recorrido interno del Museo está diseñado para que las autoridades y los ciudadanos no coincidan. Incluso las tribunas estarán separadas.
Una fuente del operativo admite que el objetivo es “que los revoltosos no estén cerca, no hablen y, si es posible, no vayan”. La premisa es clara: control total, emoción mínima. Lo que debería ser un homenaje nacional se ha transformado en un evento de protocolo, sin espacio para la espontaneidad ni para la empatía.
El dispositivo de seguridad —coordinado por la Policía Nacional bajo órdenes de Interior— ha provocado tensiones entre Moncloa y la Casa Real. En Zarzuela aseguran que “la decisión sobre los saludos no ha sido suya” y que “los Reyes siempre buscan el contacto con las víctimas en este tipo de actos”. Sin embargo, esta vez, el guion lo marca la Presidencia del Gobierno.
Fuentes de la organización reconocen que “el tamiz ha sido fino”: ni cámaras fuera de control, ni prensa cerca de las víctimas, ni posibilidad de improvisar. “Nos han pedido el máximo respeto y un acto lo menos político posible”, justifican desde el Ejecutivo. Pero el resultado es otro: un homenaje encorsetado, sin alma, que parece hecho más para proteger la imagen del presidente que para reconfortar a quienes lo perdieron todo.
El acto estará presidido por los Reyes y contará con la presencia de Sánchez, los presidentes del Congreso y del Senado, los titulares del Tribunal Supremo y del Constitucional, ministros, líderes autonómicos y representantes de los municipios afectados. Se espera una breve intervención del Rey, pero sin contacto personal con los familiares salvo petición expresa de éstos.