Lo que durante décadas fue un pequeño enclave rural de la sierra norte de Madrid se ha convertido hoy en un reflejo silencioso de los profundos cambios demográficos que atraviesa España. Robregordo, con apenas 91 empadronados, cuenta ya con cerca de un 28% de población extranjera procedente de hasta nueve nacionalidades distintas, según informa Cadena Ser.
Situado a más de 1.200 metros de altitud, en las inmediaciones de Somosierra, este municipio de apenas 18 kilómetros cuadrados ha pasado de ser un ejemplo de despoblación a un laboratorio de transformación social. Marruecos, República Dominicana, Ucrania, Bulgaria, Rumanía o Senegal son algunos de los países de origen de los nuevos vecinos que han ido asentándose en el pueblo.
El dato no es menor: casi uno de cada tres habitantes no es español. Una proporción que, aunque pueda parecer anecdótica en grandes ciudades, adquiere una dimensión completamente distinta en localidades de tamaño tan reducido.
A ello se suma un fenómeno paralelo: la llegada de familias desde otras regiones de España y el incremento del número de menores, que ha pasado de apenas dos niños a doce en los últimos años. La imagen idílica de una plaza llena de vida es, sin embargo, el reverso de un proceso más profundo: la sustitución progresiva de la población tradicional.
La alcaldesa, de origen colombiano, es también un símbolo de este cambio. Lleva más de dos décadas en España y ha impulsado activamente la participación de la población inmigrante en la vida local. Un modelo que algunos presentan como integración, pero que otros interpretan como una transformación acelerada de la identidad de los pueblos.
En Robregordo apenas hay actividad económica: un bar y dos explotaciones ganaderas sostienen el escaso empleo local. La mayoría de los residentes trabaja fuera, mientras el pueblo mantiene su apariencia de calma, interrumpida sólo por la estacionalidad —en verano puede superar los 250 habitantes— y por una realidad demográfica en plena mutación.
Lo que ocurre en este pequeño municipio madrileño no es una excepción, sino un síntoma de una tendencia más amplia: la España vaciada que se repuebla, pero ya no con los suyos. Un fenómeno que plantea preguntas de fondo sobre el futuro de la identidad, la cohesión social y el modelo de país que se está configurando en silencio, también lejos de las grandes ciudades.