
El discurso sobre el Estado de la Unión pronunciado por Donald Trump —casi dos horas, el más largo en décadas— no fue tanto una radiografía del panorama norteamericano como una instantánea de la enorme brecha entre el Partido Demócrata y la Administración o, para ser más exactos, del Partido Demócrata y la propia nación.
El bochornoso desprecio mostrado por los congresistas demócratas hacia la madre de Iryna Zarutska, la refugiada ucraniana brutalmente asesinada en el metro de Charlotte, al quedarse sentados en sus escaños, demuestra que el partido se ha radicalizado hasta la deshumanización.
Y fue Trump quien lo hizo visible, deliberadamente, en un ejercicio de política visual. Entre cifras sobre crecimiento, seguridad y reducción de cruces fronterizos, como ya se ha informado en estas páginas, el presidente lanzó una invitación directa: ponerse en pie quienes creyeran que la primera obligación del Estado es proteger a sus ciudadanos. Los republicanos lo hicieron. Una parte sustancial de los demócratas permaneció sentada.
La incapacidad de los demócratas para deslindar el más elemental respeto humano por el dolor de la ideología no es un caso aislado. Durante el propio discurso se produjeron interrupciones y protestas desde la bancada demócrata, algo cada vez menos excepcional en sesiones que tradicionalmente eran rituales institucionales más que combates abiertos. La respuesta oficial posterior tampoco rebajó el tono: dirigentes demócratas acusaron al presidente de manipular el miedo y simplificar deliberadamente el debate migratorio.
En paralelo, el partido se ha visto envuelto en otras controversias que evidencian su huida hacia ninguna parte y su separación cada vez mayor con el votante americano. En Virginia, la aprobación de un nuevo mapa electoral que podría alterar varios escaños federales ha sido interpretada por los republicanos como una maniobra de ventaja partidista. En el Congreso, denuncias públicas sobre la supuesta desaparición de documentos vinculados al caso Epstein han elevado aún más el nivel de desconfianza institucional, contribuyendo a un clima de tensión propio de un país al borde de la guerra civil.
En la memoria reciente está también, y muy significativamente, la suicida escalada de confrontación entre autoridades locales demócratas y agentes federales del ICE en Minnesota. La operación federal Metro Surge, desplegada para reforzar la aplicación de las leyes de inmigración en el área de Minneapolis-St. Paul, desembocó en un ciclo de violencia, protestas masivas y repudio político. Los líderes demócratas de Minnesota, incluido el gobernador Tim Walz y el alcalde de Minneapolis Jacob Frey, bramaron abiertamente contra la actuación del ICE y respondieron la acción cuasiterrorista de los activistas radicales, hasta el punto de que el Departamento de Justicia ha anunciado investigaciones contra ellos por supuesta obstrucción de las labores federales.
Las encuestas recientes sitúan inmigración y seguridad entre las principales preocupaciones del electorado, especialmente en estados competitivos. El equipo de Trump ha decidido convertir esa prioridad en eje narrativo permanente. El «momento de pie o sentado» fue una escena diseñada para forzar una definición pública.
Quedarse sentado era coherente con una parte del discurso progresista, que entre los criminales y sus víctimas lleva décadas poniéndose de parte de los primeros. Y la imagen no va a borrarse fácilmente de la retina de los votantes.