
El tiroteo perpetrado el 27 de agosto por una atacante transgénero en la iglesia católica de la Anunciación de Minneapolis, que dejó dos niños muertos y 17 heridos, ha abierto un nuevo frente en la guerra cultural estadounidense.
El FBI lo investiga como terrorismo y crimen de odio contra católicos, pero en el movimiento Make America Great Again (MAGA) se impuso otra lectura: la masacre confirma la aparición de una nueva categoría de violencia, bautizada como «transterrorismo«.
El término se expandió rápidamente en redes conservadoras. El estratega digital Alex Bruesewitz escribió: «Otro demente trans terrorista». El analista Benny Johnson denunció que «el movimiento trans está radicalizando a enfermos mentales en terroristas que asesinan niños». Y el líder de Turning Point USA, Charlie Kirk, exigió saber si la atacante estaba bajo tratamientos hormonales o psiquiátricos.
Otros, como el comentarista Graham Allen, fueron más allá: «Esto no es sólo enfermedad mental, es posesión demoníaca». Para todos ellos, el caso de Minneapolis marca un antes y un después en el debate: la ideología trans radicalizada ya no es sólo un fenómeno político y cultural, sino una amenaza terrorista.
Los mensajes dejados por la atacante en sus armas y en un video publicado en YouTube refuerzan esta lectura: «Matar a Donald Trump», «Israel debe caer», «6 millones no fueron suficientes». Un cóctel de antisemitismo, anticristianismo y odio político que, para el campo conservador, encarna el rostro más extremo del progresismo identitario.
Mientras los demócratas insisten en culpar a las armas, el caso ha reforzado la agenda cultural de Trump, que en su primer discurso como presidente prometió que Estados Unidos reconocería sólo dos sexos: hombre y mujer.
Para el movimiento MAGA, lo ocurrido en Minneapolis confirma lo que venían advirtiendo: el wokeismo trans no sólo erosiona las bases culturales de Occidente, sino que está engendrando una nueva amenaza terrorista: el transterrorismo.