
Este viernes 11 de septiembre de 2026 se cumplen 25 años de los atentados yihadistas contra las Torres Gemelas del World Trade Center, en Nueva York, y contra el edificio principal del Pentágono, en Washington, que costaron la vida a 2.977 personas y causó decenas de miles de heridos. Los atentados abrieron una inmensa herida en Estados Unidos que, desde ese día, vieron hasta qué punto el terrorismo de signo islamista supone un reto para Occidente; en realidad, un reto al que todavía estamos muy lejos de poder encarar con garantías.
En cierto modo, se trata de una tragedia que cambió el mundo moderno para siempre; tanto en su dimensión geopolítica (alterando en una medida considerable el tablero de las relaciones internacionales), como en lo tocante a, por ejemplo, las medidas de seguridad para millones de viajeros de avión del planeta con cambios sustanciales en la política de vuelo de las compañías aéreas.
Eran las 8:46 horas de la mañana cuando el vuelo 11 de American Airlines impactó contra la Torre Norte del World Trade Center, en Nueva York. El mundo entero contuvo la respiración ante un espectáculo tan terrible como fascinante en lo visual; nuestros ojos jamás habían visto nada parecido en el mundo desarrollado. De hecho, muchos de los primeros testimonios de testigos confirmaban esa sensación de «irrealidad»; era una pesadilla, pero lamentablemente real.
A las 9:03 h., sin apenas tiempo de recuperar el resuello, un segundo avión impactó contra la Torre Sur del mismo complejo. Las Torres Gemelas, donde trabajaban hasta 50.000 personas a diario, se derrumbaron menos de 90 minutos después.
A las 9:37 h., un tercer avión se estrelló contra la fachada oeste del Pentágono, en Washington, y a las 10:03 h., un cuarto avión yihadista se estrelló en un campo al sur de Pensilvania. Se cree que el objetivo del cuarto aparato era el Capitolio de los Estados Unidos o la Casa Blanca, pero se cree que fue derribado por pasajeros heroicos que sabían que su Patria estaba siendo atacada.
El triple atentado supuso la mayor pérdida de personal de emergencias en un solo día en la historia estadounidense: 441 bomberos y agentes de seguridad. El número de víctimas mortales superó al de Pearl Harbor en diciembre de 1941. La dimensión de la tragedia era tal que sólo se pudo asumir varias semanas después, cuando todavía el dolor en el alma nacional era enorme.
Las cifras del desastre económico tampoco tienen precedentes: 83.000 millones de dólares de 2001 se calcula que fue el coste directo e indirecto de los atentados solamente en la Gran Manzana, según la estimación de la New York City Partnership. Las ayudas federales y las compensaciones ascendieron a 4.810 millones de dólares. La estimación de la Brown University sobre el coste económico de las guerras de Afganistán, Irak, Pakistán, Siria y otros escenarios, todos como consecuencia de los atentados, supera los 8 billones de dólares.
Hay infinidad de libros que analizan las posibles causas y las múltiples consecuencias que tuvieron los atentados terroristas más mortíferos y devastadores que ha sufrido Occidente en su historia: uno de los que tuvo amplio eco en los medios de información fue «Informe de la Comisión del 11-S», sobre los hechos y las responsabilidades institucionales.
«Guerra Santa», de Peter Bergen, resalta el carácter ideológico y totalitario de Al Qaeda, la importancia de Bin Laden como dirigente terrorista y la necesidad de comprender las redes financieras, logísticas y operativas del yihadismo.
«La guerra interminable», de Dexter Filkins, se centra en la experiencia de los soldados estadounidenses en los distintos conflictos del mundo, la violencia y la lógica interna de los insurgentes, las dificultades de combatir en Afganistán e Irak, y la dimensión militar del conflicto.
«El escudo de Aquiles», de Phillip Bobbit, analiza el problema de la soberanía estatal, la transformación de la guerra, la seguridad nacional y la necesidad de adaptar las instituciones a amenazas transnacionales.