La Administración Trump ya planea iniciar una ofensiva mucho más agresiva contra las redes de narcotráfico vinculadas a Venezuela, y dentro de las alternativas que se discuten en Washington figura incluso la posibilidad de golpear directamente objetivos dentro del país iberoamericano, una estrategia que tendría como efecto colateral debilitar la posición de Nicolás Maduro.
Fuentes cercanas al Ejecutivo estadounidense han señalado que la operación del pasado martes —cuando un supuesto navío dedicado al contrabando de drogas fue destruido tras zarpar de costas venezolanas— fue una muestra anticipada de lo que podría convertirse en una campaña de mayor envergadura. En círculos del gobierno se interpreta este ataque como un aviso y una escalada respecto a anteriores movimientos, dado que la Casa Blanca considera a varios cárteles de la región como agrupaciones terroristas.
El propio secretario de Estado, Marco Rubio, fue consultado esta semana sobre si no se descartaban acciones contra blancos específicos en territorio venezolano, y su respuesta dejó abierta la puerta: «Esta es una operación antidrogas. Vamos a perseguir a los cárteles estén donde estén». El miércoles añadió que el hundimiento del barco narcotraficante se produjo «por orden directa del presidente» y advirtió que episodios semejantes «volverán a ocurrir, quizá incluso ya estén sucediendo».
El despliegue militar en la zona no deja lugar a dudas sobre la seriedad de los preparativos. En aguas del Caribe se encuentran buques armados con misiles Tomahawk, un submarino de ataque, aeronaves de vigilancia y más de 4.000 efectivos estadounidenses, entre marineros e infantes de marina. A ello se suman diez cazas F-35 enviados a Puerto Rico, donde unidades anfibias han ensayado maniobras de desembarco. Según funcionarios de la Casa Blanca, este dispositivo pretende servir tanto como advertencia a Caracas como respaldo a las operaciones antinarcóticos.
La administración de Trump ha vinculado de manera explícita a Maduro con estas redes ilícitas, presentándolo como «narcoterrorista» con conexiones a cárteles ya sancionados por Estados Unidos. Washington incluso duplicó recientemente la recompensa por su captura, fijándola en 50 millones de dólares.
El propio presidente, aunque evitó hablar sobre un cambio de régimen, sí deslizó críticas a las últimas elecciones venezolanas, calificándolas de «muy extrañas» y plagadas de acusaciones de fraude. Una fuente con conocimiento de las deliberaciones internas sostuvo que el mensaje hacia Caracas es claro: «Lo ideal sería que Maduro se marche por sí mismo. La cuestión es si prefiere un camino sencillo o uno doloroso».
En los últimos meses, Trump ya había otorgado al ejército autorización para realizar operaciones letales contra los cárteles considerados terroristas, tratándolos no como delincuentes comunes, sino como enemigos combatientes. Bajo ese marco legal se inscriben las actuales acciones.
Aun así, distintas voces en Washington reconocen que la estrategia oficial busca deliberadamente mantener la ambigüedad. No hay pruebas de que Trump haya tomado una decisión definitiva respecto a un ataque directo contra el régimen, aunque dos altos cargos admitieron que el presidente ha instruido a sus asesores de defensa a actuar sin demora «si surge la ocasión de eliminar terroristas».
En definitiva, lo que comenzó como un hundimiento aislado podría transformarse en un pulso militar de mayores dimensiones, con el objetivo de asfixiar las fuentes de ingresos ilegales de figuras cercanas al chavismo y, en última instancia, provocar un debilitamiento interno que acelere la salida de Maduro del poder.