El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, honrará la gesta histórica española frente a la leyenda negra y los indigenistas instalando una estatua de Cristóbal Colón en los jardines de la Casa Blanca, una iniciativa con la que pretende reforzar su discurso político y recuperar la figura del navegante dentro del debate cultural estadounidense.
La escultura que planea reconstruir la Administración republicana es la misma que fue derribada en Baltimore durante las protestas de 2020 tras la muerte de George Floyd. Aquella ola de manifestaciones convirtió varias estatuas del explorador en objetivo de activistas que consideraban a Colón símbolo de opresión histórica. Sin embargo, miembros de la comunidad italoamericana conservaron los restos de la obra, que ahora servirán de base para el nuevo proyecto impulsado desde Washington.
Según fuentes citadas por medios estadounidenses, la decisión forma parte de una estrategia política más amplia con la que Trump busca atraer el apoyo de nuevo electorado, apelando a la defensa del legado cultural vinculado al descubridor. Portavoces de la Casa Blanca han subrayado que el presidente considera a Colón una figura histórica clave y que su memoria debe reivindicarse públicamente.
El plan también se enmarca en la batalla simbólica que enfrenta a republicanos y demócratas sobre el papel del navegante en la historia de Estados Unidos. Mientras sectores progresistas han criticado su figura por las consecuencias del «proceso colonial», Trump ha reforzado un discurso contrario, defendiendo su relevancia histórica y cuestionando lo que denomina intentos de borrar su legado.
Dentro de esa línea política, el mandatario decidió recuperar en solitario el Columbus Day como festividad nacional, eliminando la conmemoración paralela del Día de los Pueblos Indígenas que se había instaurado durante la presidencia de Joe Biden. El propio Trump aseguró entonces que la memoria de Colón y de las comunidades que lo celebran había sido injustamente atacada.
La reconstrucción de la estatua volverá a situar el debate sobre la memoria histórica en el centro de la política estadounidense, donde monumentos y símbolos se han convertido en un terreno de confrontación ideológica entre distintas visiones del pasado.