BP ha dado un nuevo paso en su retirada del giro verde que impulsó durante los últimos años. La petrolera británica acaba de anunciar una reorganización interna que reduce el peso de su área de cero emisiones y vuelve a colocar el petróleo y el gas en el centro de su negocio. La compañía pasará a operar con dos grandes divisiones, upstream y downstream, en lugar de las tres áreas actuales, entre ellas la dedicada a «gas y energía baja en carbono».
La decisión llega en plena presión de los accionistas por la evolución bursátil de BP frente a sus competidores y pocas semanas después de la salida del presidente Albert Manifold, destituido tras denuncias internas relacionadas con su conducta. Manifold ha negado las acusaciones y las ha calificado de falsas.
La nueva división upstream concentrará las actividades de exploración, desarrollo y producción de petróleo y gas, además de las empresas conjuntas, el gas natural renovable y los negocios de captura y almacenamiento de carbono. Estará dirigida por el vicepresidente ejecutivo Gordon Birrell. La división downstream, con el vicepresidente ejecutivo interino Richard Harding al frente, agrupará refinerías, terminales, oleoductos, movilidad, aviación, biocombustibles, hidrógeno y Castrol.
El cambio deja a las renovables en una posición secundaria. Las operaciones de energía solar y eólica marina, hasta ahora integradas en el área de gas y energía baja en carbono, pasarán a depender de la función tecnológica de BP bajo un modelo de menor intensidad de capital. En la práctica, la compañía reserva el núcleo del negocio para los combustibles fósiles y desplaza las inversiones verdes a un plano menos prioritario.
La consejera delegada Meg O’Neill ha defendido que concentrar BP en dos segmentos «es un paso importante para acelerar la ejecución», reducir la complejidad y reforzar el funcionamiento interno. La reorganización entrará en vigor el 1 de julio de 2026, aunque la nueva estructura de información financiera no se aplicará hasta el ejercicio 2027.
El movimiento confirma el fracaso de la estrategia de reconversión verde que la compañía intentó bajo el anterior consejero delegado Bernard Looney. BP trató de presentarse como una gran energética de transición, pero la presión de los mercados y el castigo de los inversores han empujado a la empresa a recuperar una estructura clásica de petrolera integrada.
La llegada de Meg O’Neill, procedente de la australiana Woodside Energy, ha acelerado ese giro. Su mandato ha estado marcado desde el inicio por la promesa de simplificar la compañía, reforzar el balance, contener el gasto y recuperar valor para los accionistas. La reorganización convierte esa línea en una decisión operativa: menos retórica climática y más prioridad para la producción, el refino y la comercialización de petróleo y gas.
El caso BP refleja una tendencia más amplia en el sector energético occidental. Las grandes petroleras que durante años asumieron objetivos verdes bajo presión política y regulatoria se enfrentan ahora a los límites económicos de esa apuesta. La compañía británica no abandona formalmente sus tecnologías de cero emisiones, pero sí las aparta del centro de mando de la empresa.