
Bruselas quiere acelerar el final del coche de combustión en Europa. Tras años de presión regulatoria, subida de costes y restricciones crecientes contra los motores de gasolina y diésel, la Unión Europea prepara ahora una nueva medida para empujar la electrificación del parque móvil: favorecer fiscalmente a las empresas que apuesten por flotas eléctricas, según informa El Debate.
La decisión afecta a un segmento decisivo del mercado. Los coches de empresa representan, según el país, entre el 40% y el 60% de las ventas totales de vehículos. Por ello, la Comisión Europea ha puesto el foco en este canal como vía para acelerar la implantación del coche eléctrico, cuya demanda sigue lejos de las expectativas marcadas por Bruselas.
La estrategia no pasa, al menos de momento, por obligar de forma directa a que todas las flotas empresariales sean eléctricas, sino por conceder beneficios fiscales a las compañías que opten mayoritariamente por este tipo de vehículos. En sentido contrario, la medida implicaría dejar fuera de esos incentivos a las empresas que sigan adquiriendo coches de combustión.
La maniobra encaja con la nueva táctica de Bruselas: sustituir la prohibición explícita por un sistema de incentivos y castigos económicos. En la práctica, el objetivo sigue siendo el mismo: hacer cada vez menos atractiva la compra y utilización de vehículos de gasolina y diésel.
La ofensiva llega después de que la UE haya favorecido un marco fiscal y regulatorio cada vez más duro para los combustibles tradicionales. El encarecimiento de la gasolina y el gasóleo, la presión sobre las ventajas fiscales y las restricciones urbanas han ido estrechando el margen de uso del coche de combustión en nombre de la agenda climática.
El problema para Bruselas es que el coche eléctrico no ha logrado convencer al consumidor europeo en los términos previstos. Pese a los objetivos marcados hace casi una década, las ventas no han alcanzado el ritmo esperado y la electrificación ha provocado un serio agujero financiero en muchos fabricantes, obligados a realizar inversiones multimillonarias que todavía no consiguen amortizar.
La industria europea se encuentra así atrapada entre las exigencias regulatorias de la Comisión y la presión de las marcas chinas, que han logrado una posición de ventaja en el mercado del vehículo eléctrico. China domina buena parte de la cadena de valor, desde las baterías hasta la producción de modelos eléctricos competitivos en precio, mientras Europa conserva aún su principal fortaleza en el motor de combustión.
Esa contradicción explica que Bruselas haya aceptado mantener una puerta abierta para determinados vehículos de combustión más allá de 2035, aunque en volúmenes limitados y bajo condiciones estrictas. Fue una concesión reclamada por los fabricantes europeos, conscientes de que la eliminación total y acelerada del motor tradicional podía dejar a la industria continental en una posición de inferioridad frente a sus competidores asiáticos.