
Varias Iglesias cristianas en Siria han cancelado los actos públicos de Semana Santa y Pascua 2026, limitando las celebraciones exclusivamente a oraciones y misas en el interior de los templos por motivos de seguridad.
La decisión fue anunciada por el Patriarcado Melquita Greco-Católico de Antioquía y otras comunidades cristianas tras el ataque sectario del pasado 27 de marzo en la localidad de Al-Suqaylabiyah (provincia de Hama), donde grupos armados procedentes de una zona suní vecina irrumpieron en el pueblo cristiano, dispararon contra viviendas, saquearon comercios y destruyeron símbolos religiosos, generando pánico y amenazas entre la población. Las autoridades del nuevo Gobierno sirio intervinieron, pero la tensión ha llevado a las Iglesias a suspender procesiones, representaciones al aire libre y cualquier acto que pudiera exponer a los fieles.
Este grave episodio se produce mientras Ahmed al-Sharaa —líder de facto de Siria y antiguo jefe de Jabhat al-Nusra— se encuentra de visita oficial en Berlín. El pasado lunes, 30 de marzo, fue recibido por el canciller alemán Friedrich Merz para discutir la reconstrucción del país y la posible repatriación de refugiados sirios. La imagen de al-Sharaa estrechando manos en la cancillería alemana contrasta con la realidad que viven las minorías cristianas bajo el control de su movimiento.
Sin embargo, ante esta cancelación forzada de las celebraciones cristianas más importantes del año, el silencio de Occidente resulta atronador. Ni el Gobierno de Pedro Sánchez en España, ni la Unión Europea, ni los principales medios de comunicación internacionales han dedicado una sola línea de condena o preocupación. Un mutismo que contrasta de forma escandalosa con la inmediata y vehemente reacción que suelen mostrar cuando se trata de cualquier otra cuestión relacionada con Oriente Medio.
Mientras los cristianos de Siria se ven obligados a rezar a puerta cerrada por miedo a nuevas agresiones, el hombre fuerte del régimen que no garantiza su protección es agasajado en el corazón de Europa. Una vez más, Occidente prefiere mirar hacia otro lado.