«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Los que apaciguan pierden votos de todas formas

Catástrofe electoral en Gorton y Denton: crónica del irrefrenable suicidio británico

Mothin Ali, miembro del Partido Verde de Reino Unido. Flickr

Hay resultados electorales que son advertencias históricas, el triunfo de Hannah Spencer es uno de esos casos. Algo trascendental y telúrico acaba de ocurrir en la política británica, un quiebre que demuestra fehacientemente que el antiguo duopolio laborista-conservador se ha roto. Lo que ocurrió en Gorton y Denton esta semana es un ejemplo paradigmático que la política tradicional británica, aturdida y en estado de negación, parece no haber entendido todavía.

El resultado es pequeño y a la vez brutalmente significativo: un escaño que el laborismo había ocupado durante casi un siglo, en una circunscripción obrera del Gran Manchester, cayó en manos de los Verdes con el 41% de los votos. El Partido Reformista de Nigel Farage quedó segundo con el 28,7%. El Partido Laborista, tercero, con el 25%, exactamente la mitad de lo que había obtenido en las elecciones generales de 2024. En la jerga futbolística que tanto gusta en la zona: no fue una derrota, fue una goleada con humillación incluida.

El dato electoral revela no sólo el imparable crecimiento del partido del inefable Zack Polanski, sino la trampa mortal en la que ha caído el centroizquierda mundial cuando decide competir en el mercado fangoso del antiisraelismo para retener votantes musulmanes. Es una trampa que no tiene salida, con consecuencias dramáticas.

Para poner las cosas en contexto, cabe recordar que Gorton y Denton es una circunscripción con una importante comunidad musulmana que durante décadas fue votante fiel del laborismo británico. Pero la radicalización que surgió luego del pogromo del 7 de octubre fue clave para dimensionar el poder y crecimiento del voto musulmán. El Partido Laborista se ha visto en un aprieto al jugar a dos bandas respecto de la guerra en Gaza, mientras que la propaganda y el activismo islamista ganaban lugar en los ámbitos culturales, académicos y políticos.

Atormentado por la pérdida de votos y puesto en alerta por la elección de cuatro independientes «pro-palestinos» en 2024, el Laborismo adoptó desde el poder nacional una postura marcadamente hostil hacia Israel: restableció la financiación a la UNRWA, restringió la venta de armas, suspendió negociaciones para un acuerdo de libre comercio y, rompiendo su propio manifiesto, reconoció unilateralmente un Estado palestino. El Partido Laborista ha tratado a Israel como un paria. Pero nada de esto sació el apetito de un grupo de votantes para quienes la oposición a Israel es una pasión devoradora. No se puede apaciguar a ese electorado, digan o hagan lo que hagan, los laboristas siempre serán superados por los fanáticos a su izquierda, ya sean los Verdes o el corbynismo. Cada concesión presentada como un gesto de buena voluntad fue interpretada por el islamismo como una confesión de culpa y una invitación a pedir más.

Porque la lógica del outbidding (la competencia por ver quién es más radical) siempre favorece al que no tiene nada que perder siendo más extremo. Los Verdes, sin responsabilidades ni necesidad de mantener alianzas diplomáticas, sin el peso de una historia institucional, pueden prometer lo que quieran, por ejemplo medidas económicas soviéticas, apoyo a grupos de activismo terrorista como «Acción Palestina», apoyo a la inmigración ilegal que llega incesantemente al país, etc. Los laboristas no pueden competir en ese juego y, si intentan hacerlo, pierden igual. Es un patrón histórico con un precedente devastador.

Cuando el Sha de Irán cayó en febrero de 1979, la revolución que lo derrocó no fue obra exclusiva de los islamistas de Jomeini. Fue una coalición con el comunista Partido Tudeh, y los marxistas del Frente Nacional, del Movimiento de Liberación, y de los intelectuales socialistas laicos que llenaban las universidades de Teherán. Todos ellos creyeron que Jomeini sería su palanca al poder, una herramienta útil gracias a la narrativa “antiimperialista” que reinaba en Europa y el apoyo soviético en medio de la Guerra Fría. Vieron la revolución islamista como ariete para derribar al régimen pro EEUU. Jomeini, mucho más inteligente y mesiánico, los dejó hacer. Los necesitaba y habló su idioma.

Menos de dos años después, todos fueron ilegalizados, perseguidos, torturados y ejecutados o forzados al exilio. Las mujeres que habían marchado contra el Sha con el puño en alto se encontraron fueron rebajadas a ser ciudadanas de segunda, en el mejor de los casos, bajo amenaza de violencia y muerte. Los socialistas fueron un instrumento para construir una teocracia feroz. El islamismo no había sido su aliado táctico sino su predador.

Ahora, el Partido Verde británico deberá enfrentar al islamismo cuando Hannah Spencer vote, en el Parlamento, la legalización de la prostitución, el acceso irrestricto al aborto, el lobby trans o la despenalización de las drogas. La coalición rojiverde que hoy celebra su victoria en Manchester está construida sobre la misma ponzoña estructural que unió a socialistas e islamistas en Teherán: la creencia de que sus fobias ideológicas son suficiente argamasa para sostener un edificio cuyos inquilinos tienen visiones del mundo incompatibles.

Es que el choque es inexorable. Ya hay conflictos en el flamante gobierno de Zohran Mamdani, el nuevo alcalde de Nueva York surgido de una coalición similar, y sus votantes están descubriendo en tiempo real las contradicciones de convivir entre quienes comparten sólo el odio y nada más. Los votantes que en Gorton y Denton tendrán la resaca inevitable cuando el pegamento del antiisraelismo empiece a disolverse en el contacto con la realidad programática.

Pero no es inteligente quitar méritos electorales al partido de Polanski. Al igual que Mamdani, este personaje bufo, ignorante y ridículo es el responsable del crecimiento espectacular de la formación y es necesario admitirlo. El hombre que se hizo famoso prometiendo hacer crecer los pechos femeninos con hipnosis, maneja bien la demanda de su electorado, y su táctica de distribuir en una circunscripción británica videos de campaña en urdu mostrando a Starmer estrechando la mano de Narendra Modi es la explotación deliberada del identitarismo de la izquierda woke. En su campaña, Spencer y Polanski jugaron con las divisiones entre estas comunidades. La campaña de Spencer fue un manual de sectarismo. Mientras lanzaban mensajes de clase atacando a los «partidos de donantes multimillonarios», promovía el odio interreligioso.

El resultado de Gorton y Denton es, en ese sentido, un clavo ardiente para toda la izquierda occidental. Muestra que quien cede ante el chantaje identitario pierde identidad y no retiene a los votantes. Algo similar ha ocurrido con el Partido Demócrata norteamericano. El antiisraelismo, como lo fueron otras posturas radicalizadas del espectro woke como el MeToo, BLM, el decrecentismo, el animalismo y varios otros etcétera, son aceleradores que, una vez activados, consumen al movimiento por dentro y no dejan espacio para ningún otro debate.

La preocupación por el «voto familiar», las «trampas electorales» y lo que Nigel Farage denunció como una «victoria del voto sectario» tampoco dan cuenta de la victoria aplastante de los Verdes y más bien parece una pésima estrategia comunicacional por parte de Farage en lugar de mermar la magnitud del golpe. En mayo, las elecciones municipales en bastiones como Londres, Manchester, Liverpool y Birmingham prometen ser un nuevo terremoto electoral. La política tradicional británica está entre la espada y la pared, sí. Pero el verdadero drama es el de una sociedad que está siendo devorada por un proyecto político que no comparte ninguno de sus valores fundacionales, y que aplaude mientras es conquistada. Lo que presenciamos es el sombrío futuro de una Gran Bretaña balcanizada, con demografías enfrentadas entre sí.

El resultado en Gorton y Denton es, en el fondo, una lección sobre la insolvencia de la política institucional-tradicional frente al identitarismo que hoy abraza con fanatismo la causa antiisraelí. El islamoizquierdismo no premia el apaciguamiento: lo castiga, porque necesita al traidor tanto como al enemigo. Es un aviso que vale tanto para el centroizquierda que cede como para la derecha aislacionista que calcula que la equidistancia resolverá el dilema. Los que apaciguan pierden votos de todas formas. La diferencia es que, además, pierden valores y su lugar en el lado correcto de la historia.

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