Merz gobierna con apenas 13% de aprobación popular
Cuando los números son una tendencia: la gran crisis de Alemania
Cuando los números son una tendencia: la gran crisis de Alemania
Friedrich Merz. Europa Press
Por Karina Mariani
19 de julio de 2026

El anuncio de Volkswagen de cerrar plantas en Hannover, Emden, Zwickau y Neckarsulm para 2032, sumado a los 46.000 despidos directos y otros 15.000 puestos gerenciales que desaparecerán, no es un accidente aislado. Es el síntoma más visible de un país que lleva años intentando negar su propio declive con discursos optimistas mientras la realidad se impone: fábrica por fábrica, empleo por empleo, punto de veto por punto de veto.

Existe la tentación de explicar esto con una sola causa: la transición energética verde, dicen unos; el sabotaje geopolítico de un inversor del Golfo, dicen otros. Ambas lecturas son parciales. La data disponible hoy sugiere algo más difícil de revertir con un cambio de gobierno o una reforma puntual.

Los números ya no son un bache, son una tendencia.

La crisis industrial alemana se profundizó en 2026. Según la asociación sectorial Gesamtmetall, sólo en abril el sector metalúrgico y electrotécnico perdió más de 15.000 empleos, la caída mensual más pronunciada desde 2020. Desde 2019 el sector acumula casi 320.000 puestos perdidos (un 7,8% de la planta laboral) mientras la producción cayó el doble en términos porcentuales. El director ejecutivo de la asociación fue tajante al advertir que, si las condiciones no mejoran, otros 300.000 empleos quedarán en riesgo solo en metalurgia e ingeniería eléctrica.

La consultora Horváth encuestó a 1.000 empresas alemanas sobre sus planes hasta 2030: seis de cada diez piensan trasladar producción fuera de Europa para bajar costos, un movimiento que podría costar hasta 100.000 empleos industriales solo en 2026, concentrados en automotriz, construcción e ingeniería mecánica. El presidente de la patronal industrial BDI llegó a describir la situación como la crisis más profunda en la historia de la República Federal, y rechazó de forma explícita el relato, sostenido por buena parte del sindicalismo, de que se trata de un ciclo pasajero.

El dato que mejor separa lo cíclico de lo estructural viene de las industrias de mayor consumo energético (química, vidrio, cemento, acero): su índice de producción cayó por debajo del piso que habían tocado en plena pandemia, con una prima de precio energético de entre 300% y 400% respecto a Estados Unidos. Eso no es un problema que se resuelva cuando mejore el humor de los mercados; es una desventaja de costos que Alemania arrastra desde no previó lo que significaba la dependencia del gas ruso barato sin construir un reemplazo competitivo.

El episodio de la planta de Osnabrück, donde el fondo soberano de Qatar frenó un acuerdo con la israelí Rafael para fabricar componentes del Iron Dome, dejando en el aire a 2.300 trabajadores, generó titulares como si fuera un hecho excepcional. No lo es. Es la expresión más visible de un patrón mucho más amplio: buena parte de la columna vertebral industrial y logística alemana ya no responde únicamente a decisiones tomadas en Berlín o Wolfsburgo.

Qatar controla 17% de los derechos de voto en Volkswagen, y junto al fondo soberano saudí Public Investment Fund suma cerca de 22,5% de Hapag-Lloyd, la naviera más grande del país. En Deutsche Bank, el mayor accionista es un vehículo de inversión ligado al ex emir de Qatar. Covestro, heredera de la histórica industria química alemana surgida de Bayer, pasó a estar controlada en casi 75% por la petrolera estatal de Abu Dabi ADNOC desde finales de 2025. En Mercedes-Benz, el mayor accionista individual es la china BAIC Group, con el fondo soberano de Kuwait como otro socio relevante. Y en el puerto de Hamburgo, la estatal china COSCO ya opera cerca de una cuarta parte de la terminal de contenedores Tollerort.

Nada de esto es secreto: son inversiones declaradas, muchas de ellas originadas en rescates que la propia Alemania pidió cuando necesitó liquidez urgente (el ingreso de Qatar a Volkswagen, por ejemplo, se remonta al rescate de Porsche durante la crisis financiera de 2008. Alemania se acostumbró a resolver sus crisis de capital vendiendo pedazos de decisión estratégica, y ahora esos pedazos se activan justo cuando hacen falta reformas rápidas y decisiones incómodas.

La cogestión sindical, la participación accionaria del estado de Baja Sajonia en Volkswagen y ahora los accionistas soberanos extranjeros conviven en una misma mesa de decisiones, y cada uno tiene motivos para frenar cualquier cambio brusco. Sobre esa parálisis se monta una clase política que teme al sobresalto electoral. La respuesta termina evitando la reforma y abrazando la deuda: el presupuesto alemán para 2027 proyecta un endeudamiento neto cercano a 119.000 millones de euros, con pagos de intereses que se duplicarían hacia 2030. Mientras tanto, la infraestructura pública sigue decayendo, como muestra baste el hecho de que apenas 40% de los trenes llega a horario, esta decadencia erosiona la confianza ciudadana en que ese endeudamiento se traduzca en soluciones reales.

A principios de julio el gobierno de Friedrich Merz presentó un paquete de medidas destinado a sacar a la economía alemana de tres años consecutivos de estancamiento. El plan termina confirmando el diagnóstico del problema más estructural de todos, el costo de la energía, que queda sin una solución inmediata y que es el recuerdo permanente de la demencial idea del cierre de las centrales nucleares. Lo más determinante, políticamente hablando, es que Merz gobierna con apenas 13% de aprobación popular, mientras AfD lidera las encuestas y roza la mayoría absoluta en los estados del este que votan en breve. Un plan de recortes necesita capital político sostenido para no nacer muerto ante la primera protesta sindical o la primera elección adversa, y ese capital, hoy, no existe.

Alemania conserva su superávit comercial, un stock de ahorro privado enorme y capacidad tecnológica real en sectores como el hidrógeno. El país también se ha reinventado antes, pero Merz gobierna hoy un país muy envejecido. El declive actual es lento, pero cuesta ver la luz al final del túnel, con un sistema político fragmentado, sin mayorías claras para una reforma dura, y una base industrial cada vez más condicionada por accionistas soberanos extranjeros con agendas propias, no es el escenario en el que suelen ocurrir las reinvenciones nacionales. El hombre enfermo de Europa, hoy por hoy, no tiene remedio.

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