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EL NEGOCIO TRAS LA AYUDA HUMANITARIA

El «circo» de las ONG en Calais: payasos para los inmigrantes en el campamento desde el que las mafias preparan el cruce ilegal de 2.500 personas al Reino Unido

Un payaso actúa en el campamento de inmigrantes ilegales Loon-Plage.

A sólo 50 metros de una actuación de payasos, las mafias kurdas preparan el próximo asalto al Canal de la Mancha. Ocurre en el campamento de Loon-Plage, cerca de la ciudad francesa de Calais, donde varias ONG cubren las necesidades básicas de los 2.500 inmigrantes ilegales que esperan una oportunidad para cruzar al Reino Unido en alguna de las «megalanchas» utilizadas por los traficantes.

Las bandas han comenzado a emplear embarcaciones neumáticas de 15 metros de longitud en las que llegan a hacinar a 230 inmigrantes durante una sola travesía, una cifra récord. La nueva táctica responde al aumento de la vigilancia en las costas francesas y británicas. Ante la reducción de las oportunidades para botar las lanchas, las mafias concentran al mayor número posible de personas en cada salida para mantener el negocio y maximizar sus beneficios.

La relación entre las mafias y las organizaciones humanitarias constituye una de las claves del funcionamiento del asentamiento. Las ONG proporcionan comida, medicamentos, instalaciones para el aseo y chalecos salvavidas, mientras las bandas se concentran en preparar las travesías ilegales y administrar su negocio. Según una fuente kurda conocedora del campamento citada por The Telegraph, los traficantes toleran esta labor asistencial y, como contrapartida, esperan que los voluntarios hagan la vista gorda ante sus actividades delictivas.

Las ONG cubren las necesidades y las mafias organizan las salidas

Las bandas criminales han dividido el campamento en dos zonas. Una está destinada a los inmigrantes y a los voluntarios; la otra queda reservada para los traficantes, que se reúnen en sus tiendas de campaña para decidir cuándo y cómo efectuar las siguientes salidas.

La ONG Salam Nord, por ejemplo, sirve comida gratuita en Loon-Plage. Durante la última semana también ha colaborado con un grupo de payasos voluntarios que intenta entretener a los inmigrantes ilegales mientras hacen cola para recibir el almuerzo. A escasos 50 metros de la actuación, los traficantes kurdos preparan una nueva tanda de travesías clandestinas.

Los malabares apenas consiguen arrancar alguna sonrisa entre quienes esperan la comida. A su alrededor se acumulan la basura y las ratas en un asentamiento convertido en base logística de la inmigración ilegal hacia el Reino Unido.

Un campamento gobernado por los traficantes

La autoridad efectiva dentro del asentamiento está en manos de las organizaciones criminales. Las bandas distribuyen los espacios, regulan el funcionamiento del campamento y controlan la zona reservada para sus operaciones.

Los traficantes complementan sus ingresos con la venta de cigarrillos y refrescos y con el cobro por cargar teléfonos móviles. Cada mañana envían a algunos inmigrantes al hipermercado más cercano para adquirir provisiones destinadas a las cocinas improvisadas del campamento.

El control de las rutas ha provocado enfrentamientos entre las mafias kurdas y afganas, que compiten por dominar las playas del norte de Francia desde las que parten las embarcaciones. La violencia asociada al tráfico de personas se ha cobrado varias víctimas en los alrededores de Loon-Plage.

Pese al peligro de las travesías, numerosos inmigrantes continúan dispuestos a pagar a los traficantes para entrar ilegalmente en el Reino Unido. Adam, un sudanés de 19 años, explica a The Telegraph que lleva en el campamento desde septiembre de 2025 y ya ha intentado cruzar dos veces. Aunque califica las «megalanchas» de «demasiado peligrosas», asegura que volverá a intentarlo antes de que concluya la semana.

Ali Faraj, un kurdo de 22 años que permanece allí con su hermano de diez, describe estas embarcaciones como «una locura», pero admite que viajaría en una más pequeña. El palestino Ahmed Hijazi, de 32 años, ha tratado de alcanzar las costas británicas en ocho ocasiones y asegura que sí subiría a uno de los grandes botes: «¿Qué más puedo hacer? No tengo otra opción».

La escena resume la realidad de Loon-Plage: mientras los voluntarios hacen malabares y reparten comida, las mafias calculan cuántos inmigrantes pueden hacinar en la próxima lancha rumbo al Reino Unido.

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