
El arte y el espectáculo, así como el deporte, nunca han estado exentos de política. Pero aun concediendo el hecho de que los políticos pretenden usar cualquier vidriera para ganar posiciones, las competiciones internacionales mayormente lograban ser un oasis modesto en medio del desierto intelectual que implica el venenoso dogma del «todo es político». El respeto a estas «zonas neutrales» siempre se ha valorado por los beneficios que brindan como espacios de convivencia en medio de la hiperpolitización de la vida privada. Pero cuando una ideología totalizante infecta un gobierno, el «todo es político» se termina imponiendo y ninguna manifestación de goce, paz o reflexión queda inmune.
La cuestión del “todo es político” viene a cuento debido al infame boicot que el Presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, capitaneó para dejar a Israel fuera del certamen de canciones conocido como Eurovisión. Se empeñó, el pobre Pedro, en mostrar su estatura moral y coraje sin parangón, combatiendo desde su sillón contra unos israelíes que cantan. Si semejante muestra de valentía no los conmueve, estimados españoles, es que estáis hechos de glaciar.
La cuestión es que Pedro pretendió extorsionar a la organización de Eurovisión diciendo que si Israel competía entonces él retiraba a España de la contienda (para la próxima, señor Sánchez, hay que mirar si hay agua antes de saltar del trampolín). A pesar de ser una de las naciones más importantes en el marco de la competencia, los miembros de la organización prefirieron la presencia de la pequeña nación hebrea antes que acceder a los pataleos de Sánchez. Es necesario recordar que hasta hace no mucho, los delirios de grandeza del mandatario español lo hacían soñar con encabezar el ejecutivo de OTAN, pero resulta que ni siquiera puede ganar la pulseada de un concurso de canciones.
Finalmente Israel no fue vetado para participar en el Festival de la Canción de Eurovisión 2026, lo que llevó a España, Países Bajos, Irlanda y Eslovenia a retirarse ofendidos, poniendo como excusa la guerra en Gaza, que ya culminó, por cierto. Tras una reunión en Ginebra, la Unión Europea de Radiodifusión (UER) decidió no llamar a votación sobre la participación de Israel como pedía Sánchez y concedió, como premio consuelo, cambiar las reglas para la participación del voto popular.
Las emisoras públicas de los países que se retiraron dijeron que ellas también se retirarían cosa que, dicho sea de paso, demuestra que los medios públicos no son del pueblo sino herramientas maniqueas de los gobiernos que las patrimonializan como les da la gana. Ahora, la emisora neerlandesa AVROTROS, la española RTVE, la irlandesa RTE y la eslovena RTV tampoco participarán en el concurso. La emisora nacional de Irlanda considera que compartir escenario con Israel sería «inadmisible». Mientras tanto, la holandesa afirmó que chocaría con sus «valores», y la española expresó su temor de que Eurovisión ya no sea un «evento cultural neutral». Con estos sendos desplantes (gobiernos y emisoras) no sólo los cantantes de esos países no competirán en el concurso, sino que sus ciudadanos ni siquiera podrán ver cómo compiten los otros.
Hasta aquí los hechos alrededor de la polémica por Eurovisión 2026. Sin embargo, semejante muestra de capricho autoritario en el que el más perjudicado es el público y los cantantes, ha expuesto algo preocupante respecto de Pedro Sánchez, quien lideró esta cruzada. En su intento de agradar al activismo propalestino y de paso distraer la atención de los casos de judiciales que lo rodean y que ya parecen una checklist del código penal, el presidente del gobierno pretendió mostrar músculo pero resultó ser un bluf, lo que deja de manifiesto que Pedro tiene la pólvora geopolítica mojada.
Luego habría que preguntarle al mandatario español y a sus compañeros de turba cuál es realmente el motivo por el que fogonearon este boicot. Si fuera la guerra (que, volvamos a recordar, terminó) ¿por qué participaron en otras ediciones en las que había países con guerras en curso? ¿Por qué la guerra que comenzó luego de que Israel fuera invadida por Hamas les parece más preocupante que las guerras que acontecían en los años anteriores? La flagrante doble moral con la que Sánchez y sus socios juzgan un conflicto e ignoran otros habla mucho del verdadero carácter de este boicot. ¿Qué conflictos activan la conciencia moral de estos mandatarios? Pareciera ser que sólo los que involucran a Israel. Están furiosos cuando Israel está en guerra y furiosos cuando no lo está. Alguien mal pensado podría decir que están furiosos con Israel, haga lo que haga.
El argumento malicioso ha sido alinear el boicot a Israel con la exclusión rusa de Eurovisión. Pero Rusia fue excluida luego de invadir Ucrania y en el caso de la guerra en Gaza, la nación invadida el 7 de octubre de 2023 fue Israel. Por cierto, tampoco se había expulsado a Rusia por alguna de sus anteriores acciones bélicas no provocadas, ni a Turquía o a Gran Bretaña mientras estuvieron involucradas en conflictos bélicos no defensivos.
El hecho de que estos cuatro países quieran expulsar del concurso al Estado judío tiene un oscuro tufillo al odio más antiguo del mundo. Boicotear a un país, a sus productos, a sus artistas y sus intelectuales es declarar que todos los miembros de esa nación deben ser rechazados. En los años previos al Holocausto, la exclusión de los judíos de eventos deportivos y culturales se basaron en la misma lógica: exclusión por identidad. Así es como se alimenta, de arriba para abajo, el odio, señor Pedro.
Por cierto, la decisión de RTVE y de las otras cadenas públicas se alinea con el accionar de las cadenas de países musulmanes que han boicoteado el evento durante décadas. Al igual que Israel, muchos países como Argelia, Egipto, Túnez, Jordania y Marruecos pueden participar en Eurovisión por ser miembros de la Unión Europea de Radiodifusión (UER), pero la mayoría no lo hace con la excusa de su enfrentamiento con Israel…aunque, seamos sinceros, priman los factores culturales. ¿De qué estamos hablando?
De que si estos países participaran, estarían obligados a transmitir todas las actuaciones y sus ciudadanos verían cómo es la vida más allá de las opresivas culturas en las que viven. En gran medida, Eurovisión se ha convertido en un desfile kitsch, voluptuoso y plagado de una erótica muy particular. En Eurovisión, muchas participaciones son presentadas por artistas “no binarios”, con caras de lagarto, convencidos de que son vampiros y otras “neurodiversidades” atolondradas. La cultura LGBT+ tiene un lugar preferencial, y la pulsión por escandalizar ha sido la rectora de las últimas ediciones. ¿Imaginan esos espectáculos en las pantallas de los países islámicos?
La obligación de transmitir todas las canciones es una barrera inexpugnable, por eso se niegan a hacerlo. Claro que esos países no son democracias y sus gobiernos son amos de las cadenas públicas, no sorprende que líderes autoritarios decidan qué cosas puede o no ver su pueblo. En cambio, que Sánchez bloquee a artistas españoles y capture el entretenimiento de ciudadanos españoles para su postureo moral es un descaro escandaloso.
La televisión pública española fue de las primeras en anunciar la retirada, publicando un comunicado en el que se autoincrimina diciendo había solicitado que la votación fuera secreta, petición que afortunadamente rechazó la presidencia de la UER. ¿Por qué Pedro Sánchez no quería que se supiera de su (tan, pero tan tan valiente) votación por el boicot? ¿Será porque sabía que se trataba de una vileza?
Llegados aquí, resulta imprescindible no perder de vista otro factor clave: el clamor popular.
La coordinada locura antisemita que hoy asola las principales ciudades del Occidente libre, y que ha sido ignorada, cuando no aplaudida por ciertos mandatarios que se llenan la boca de antifascismo, pretende castigar a artistas israelíes. Cuando todavía estaba librándose la guerra en Gaza, Israel participó de dos ediciones: la de Malmö 2024 en la que la cantante israelí, de tan solo 20 años, pasó la mayor parte del tiempo encerrada bajo vigilancia armada, por las amenazas de las turbas; y la Basilea 2025, en la que Yuval Raphael, que sobrevivió a la masacre de Hamás escondida bajo una pila de cadáveres, también fue asediada por el activismo de la islamoizquierda.
Pero, más allá de la escoria que las amenazaba, ambas cantantes quedaron en los primeros puestos. En ambos casos, la votación popular colocó a las israelíes al tope. La simpatía popular que recibieron del pueblo español molestó profundamente a las huestes de Sánchez. Resulta siniestro, pero no sorprende, que las reformas que se hicieron tengan como objetivo calmar ese malestar contra la voluntad popular. Es la razón por la cual la UER estableció que, en adelante, cada persona puede ahora emitir solamente diez votos, en lugar de los veinte que se permitían hasta ahora. Se trata de una medida que seguramente afectará al próximo representante de Israel, que suele ser menos valorado por los jurados profesionales que por el voto de la gente.
En definitiva, todo el paripé fallido de Sánchez sirvió para demostrar que, en el mundo real, el activismo del mandatario español tiene sus límites, su influencia es nula. Pretendió manipular Eurovisión, convirtiéndolo en una plataforma más para su “todo es político”, que le permitiera capitalizar la hostilidad antisemita; justamente lo contrario del propósito del certamen desde su creación. Pero fue por lana y volvió esquilado y Eurovisión continuará su marcha.
Además de politizar cada partícula de la vida pública y privada, Sánchez y los mandatarios a cargo del boicot han conseguido poco. Es posible que fracturen un certamen icónico para los europeos, habrán arruinado unas cuantas chances de artistas locales, generarán nuevas tensiones y envalentonarán muchas manifestaciones violentas contra los músicos y bailarines que sí vayan al certamen, empobrecerán la industria de las competencias internacionales y poco más.
Según el director del festival, Martin Green, se espera que 35 países participen en la próxima edición. Ante la baja de los cuatro miembros, la UER está procurando que otros países se incorporen a la próxima llave. Algunos países como Bulgaria, Moldavia y Rumania, se han mostrado dispuestos a regresar. Es muy posible que el escándalo y la controversia consigan aumentar el caudal de público para mayo de 2026, y para ese entonces no se puede saber si los gobiernos que arruinaron la participación de su país en Eurovisión seguirán a la cabeza del ejecutivo.
Eurovisión será mucho más agradable sin los berrinches de rencorosos y desquiciados, para deleite de los millones de espectadores que disfrutan de ese despliegue exótico y epicúreo que ha perdurado durante décadas como el lugar donde los participantes han tendido puentes con el mundo. Por ahora, Pedro Sánchez no ha conseguido romperlo. Tal vez, el próximo mayo mientras se celebra Eurovisión, RTVE, AVROTROS, RTE y RTV puedan organizar su propio concurso de canciones antiisraelí, que sea resiliente, ecosostenible, trans, feminista y antifa, y ahí invitar a participar a las delegaciones de Hamas, Hezbolá y los Hutíes, que estarán encantados de compartir sus valores. Sin duda, ese sería un espectáculo digno de ver.