
El Gobierno alemán ya habla del vínculo entre la inmigración y la inseguridad —especialmente para las mujeres—, un debate que ha sacudido el panorama político del país mientras AfD se mantiene como primera fuerza. La ministra de Sanidad, Nina Warken, ha advertido que en algunas ciudades alemanas «ya no es seguro para las mujeres moverse libremente», aludiendo a un incremento de casos de acoso y agresiones sexuales protagonizados, según sus palabras, «por hombres con antecedentes migratorios».
Warken, que también preside la Unión de Mujeres de la CDU, explicó que estas conductas tienen un componente cultural: «El papel de la mujer en muchos países de origen es completamente distinto, algo que reflejan tanto las estadísticas como los informes de campo». La ministra describió cómo muchas jóvenes alemanas evitan determinadas calles o estaciones de metro y portan gas pimienta en el bolso para sentirse protegidas. Con estas declaraciones, se alineó con el canciller Friedrich Merz, quien días antes había sido acusado de fomentar estereotipos al hablar de «problemas en el paisaje urbano» vinculados a la inmigración ilegal —ante el imparable crecimiento de AfD—.
El líder democristiano, preguntado insistentemente por el sentido de esa expresión, zanjó el asunto con una frase que encendió aún más la polémica: «Pregúntenle a sus hijas». Sus palabras fueron interpretadas como una referencia velada a la inseguridad femenina en las calles, lo que dividió al país entre quienes consideraron que simplemente describía una realidad y quienes lo acusaron de dar oxígeno a la derecha soberanista.
La controversia se amplificó cuando las autoridades de Aquisgrán confirmaron que los cinco sospechosos de una violación múltiple a una menor de 17 años eran de nacionalidad siria. El caso se convirtió en símbolo de un debate que Alemania evita desde hace años: hasta la pasada legislatura, la mayoría de los estados federados había optado por no publicar el origen de los delincuentes en las estadísticas policiales, precisamente para impedir que se asociara inmigración con criminalidad.
En respuesta a esta deriva, grupos de mujeres organizaron manifestaciones con pancartas en las que se leía «Nosotras somos las hijas», en alusión directa a la frase de Merz. En paralelo, sesenta mujeres influyentes —entre ellas la líder verde Ricarda Lang, la activista climática Luisa Neubauer y la cantante Joy Denalane— firmaron una carta abierta reclamando más seguridad para las mujeres, pero «sin narrativas racistas». El manifiesto exige un endurecimiento de las penas por delitos sexuales, más refugios para víctimas y políticas de prevención, pero rechaza que el debate se utilice «como excusa barata para criminalizar a los extranjeros».
Pese a las advertencias de estas voces, los datos oficiales refuerzan la preocupación. Berlín alcanzó en 2024 un récord histórico de 42.751 mujeres víctimas de violencia, un 7,5% más que el año anterior. Los delitos sexuales crecieron un 12,5%, pasando de 4.142 a 4.661 casos. Bahar Haghanipour, portavoz de los Verdes en el parlamento regional, calificó las cifras como «una señal de alarma» y recordó que «la violencia contra las mujeres no es un fenómeno marginal, sino parte de la vida cotidiana». Sin embargo, advirtió contra el intento de vincular directamente esas cifras con la inmigración, insistiendo en que «la raíz del problema es estructural y machista, no étnica».