«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu

El laborismo se derrumba en su histórico feudo de Bradford frente a los patriotas de Farage

Nigel Farage. Europa Press

Un vuelco de los que hacen época en Gran Bretaña. Bradford, una ciudad gobernada por el laborismo desde 1980 y símbolo durante décadas de la izquierda obrera inglesa, ha dejado de ser territorio laborista. Reform UK, el partido soberanista de Nigel Farage, se ha convertido en el partido con más concejales, obteniendo 29 escaños frente a los 17 de los laboristas. Los de Keir Starmer perdieron más de treinta representantes respecto a la composición anterior del consistorio y dejó de ser la fuerza dominante de una ciudad que durante décadas consideró propia.

Bradford representa el más reciente botón de muestra de una transformación política que afecta a todo Occidente. La izquierda pierde apoyo entre los trabajadores nativos mientras construye nuevas coaliciones electorales apoyadas en funcionarios, titulados universitarios, grandes áreas metropolitanas y comunidades inmigrantes cada vez más numerosas.

Parece que fue ayer cuando la izquierda europea tenía claro cuál era su votante: el minero galés, el trabajador de la Volkswagen alemán, el obrero francés; el trabajador industrial, en fin, que llenaba las manifestaciones del Primero de Mayo y votaba casi por herencia a los partidos socialistas y laboristas. Durante más de un siglo, la izquierda construyó su identidad alrededor de esa alianza.

Todo ha cambiado, y Bradford es la puntilla en Reino Unido. En las elecciones locales de mayo, Reform UK obtuvo avances espectaculares precisamente en territorios que durante generaciones habían sido sinónimo de laborismo. Sunderland, Barnsley, Wigan, Gateshead o Hartlepool figuraban entre los nombres más emblemáticos de la vieja Inglaterra obrera. Hoy forman parte del mapa de la rebelión contra el establishment político tradicional.

El fenómeno no se limita a los votantes corrientes. Un sondeo publicado esta misma semana reveló que Reform UK ya empata con Labour entre los afiliados sindicales británicos, ambos con un 28% de apoyo. Hace apenas dos años semejante dato habría parecido una fantasía política. Hoy provoca alarma entre los propios dirigentes sindicales históricos de la izquierda británica.

La misma historia aparece en Alemania. El SPD, uno de los grandes partidos obreros de Europa, atraviesa una crisis histórica mientras Alternativa para Alemania (AfD) continúa creciendo precisamente entre los trabajadores manuales y los antiguos votantes socialdemócratas. Según los estudios postelectorales de las elecciones federales de 2025, el 38% de los obreros alemanes votó a AfD, frente al 12% que eligió al SPD, el partido que durante generaciones se presentó como la voz natural de la clase trabajadora.

Francia ofrece una imagen parecida. Los antiguos bastiones industriales del norte y del este votan hoy mayoritariamente a Marine Le Pen, mientras la izquierda obtiene sus mejores resultados en las grandes áreas urbanas y en los suburbios multiculturales de las principales ciudades. El mapa electoral francés refleja una fractura creciente entre la vieja clase trabajadora y las nuevas élites progresistas.

Durante décadas, la izquierda occidental pudo asumir que los trabajadores votarían principalmente en función de salarios, empleo o políticas redistributivas. La inmigración masiva, la seguridad, la identidad nacional, la cohesión cultural o la soberanía han adquirido entretanto una importancia creciente para amplios sectores populares.

Mientras los antiguos electorados obreros conceden cada vez más importancia a esas cuestiones, buena parte de las élites progresistas las contemplan con incomodidad o desconfianza. Los partidos que nacieron para representar a los trabajadores descubren que muchos trabajadores ya no se sienten representados por ellos.

La reacción ha sido desigual en cada país, pero el patrón resulta reconocible. Funcionarios, universitarios, profesionales urbanos, jóvenes altamente escolarizados y comunidades inmigrantes ocupan progresivamente el lugar que durante generaciones correspondió al proletariado industrial en las coaliciones electorales de la izquierda.

Bradford permite observar esa transformación histórica en miniatura. La ciudad donde durante décadas la izquierda encontró parte de su fuerza electoral se ha convertido en un escenario donde compiten Reform UK, candidaturas comunitarias vinculadas a electorados musulmanes y un Partido Laborista que ya no puede dar por descontado el apoyo de los trabajadores locales.

Durante más de un siglo, la izquierda afirmó hablar en nombre del pueblo. La pregunta que empieza a recorrer Europa es mucho más incómoda: ¿qué ocurre cuando ese pueblo deja de votarla? Los resultados de Bradford sugieren una respuesta. El viejo electorado ya no parece recuperable. La izquierda busca otro.

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