
Nos lo están diciendo a todas horas, y habrá que creerles: nos preparan para la guerra. “Somos el próximo objetivo de Rusia”, advierte el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, que nos exhorta a estar listos para la destrucción, movilización masiva, millones de desplazados y «pérdidas extremas». “Para evitar la guerra debemos prepararnos para la guerra”, sentencia Ursula von der Leyen mientras anuncia el gran rearme continental. Emmanuel Macron proclama que “para seguir siendo libres debemos ser temidos” y promete una Europa dispuesta a defenderse “a cualquier precio”. Friedrich Merz asegura que Europa ha despertado, está reuniendo los instrumentos del poder y se dispone a utilizarlos; su ministro de Defensa fija 2029 como fecha límite para que Alemania vuelva a estar preparada para la guerra. La danesa Mette Frederiksen describe el momento actual como el más peligroso vivido por Europa desde la Segunda Guerra Mundial, y el comisario europeo de Defensa calcula que Rusia podría atacar a un país de la Unión “en cinco años o menos”.
Suenan tambores de guerra en las cancillerías, en Bruselas y en los cuarteles generales de la OTAN. Europa vuelve a hablar de poder, movilización, sacrificio, disuasión y victoria. Pero detrás de esta formidable fanfarria queda una pregunta bastante menos marcial: ¿con qué ejército?
Sobre el papel, la potencia europea es impresionante. Los 29 miembros europeos de la OTAN gastaron en defensa 559.000 millones de dólares en 2025, casi tres veces los 190.000 millones atribuidos a Rusia por el Instituto Internacional de Estocolmo para la Investigación de la Paz. Europa reúne más población, una economía varias veces mayor, cerca de dos millones de militares entre tropas activas y reservas, dos potencias nucleares y algunas de las industrias armamentísticas más avanzadas del mundo. Fabrica cazas Rafale, Eurofighter y Gripen, carros Leopard y Leclerc, submarinos, fragatas, misiles de crucero y sistemas electrónicos de primer nivel. Contados uno por uno, sus aviones, sus barcos y sus blindados dibujan una superioridad abrumadora. Rusia, mientras tanto, lleva más de cuatro años consumiendo hombres y material para avanzar trabajosamente en Ucrania. La imagen de sus divisiones atravesando Europa hasta el Atlántico pertenece a la propaganda y a la ciencia ficción.
Pero una realidad algo diferente empieza a aparecer cuando se va más allá de esos números absolutos. Rusia dedica a las armas alrededor del 7,5% de su producto interior bruto, mantiene una economía parcialmente movilizada y concentra el esfuerzo bajo una sola dirección política y militar. Los países europeos rondan en conjunto el 2%, distribuyen el gasto entre casi treinta ejércitos, pagan salarios, pensiones e instalaciones duplicadas y mantienen una colección de sistemas nacionales que no siempre pueden comunicarse, abastecerse o combatir juntos. Europa gasta mucho y obtiene poco fuego por cada euro. Posee las piezas visibles de una gran potencia militar; la capacidad para reunirlas con rapidez, enviarlas al frente y mantenerlas allí resulta mucho menos imponente.
Un estudio de Bruegel y del Instituto de Kiel intentó calcula que los europeos, para disuadir por sí solos a Rusia, necesitarían unos 300.000 soldados adicionales encuadrados en cincuenta nuevas brigadas, 1.400 carros de combate, 2.000 vehículos de combate de infantería y una producción anual de 2.000 drones de largo alcance. Los carros y blindados requeridos superarían todas las existencias actuales de los ejércitos de Alemania, Francia, Italia y Reino Unido sumadas. La factura añadiría unos 250.000 millones de euros cada año y elevaría el gasto militar europeo hasta el 3,5 o el 4% del PIB.
Europa puede reunir ese dinero. Los 250.000 millones equivalen aproximadamente al 1,5% de su economía, una proporción muy inferior a los recursos movilizados durante la pandemia. Pero pasar de la aprobación del gasto a su realización no es tan fácil. Se necesitan años para que esas partidas se conviertan en divisiones acorazadas. Hay que reclutar soldados, formar oficiales, construir cuarteles, encargar sistemas, ampliar fábricas, acumular municiones, crear reservas y aprender a mover todo el conjunto. Una brigada que sólo existe en una hoja de cálculo carece de utilidad durante los primeros meses de una guerra.
Rusia ha recorrido buena parte de ese camino a un precio humano y económico enorme. A finales de 2024 mantenía alrededor de 700.000 soldados en Ucrania. Aquel año produjo o reacondicionó unos 1.550 carros y 5.700 vehículos blindados. En 2025 fabricó más de siete millones de proyectiles de artillería, granadas de mortero y cohetes, frente a los 4,5 millones del año anterior, y completó sus existencias con envíos norcoreanos.
Rutte asegura que la producción europea de proyectiles de 155 milímetros se ha multiplicado por seis en dos años. Una nueva fábrica de Rheinmetall en Unterlüss aspira a producir por sí sola 350.000 proyectiles anuales. Alemania prepara una brigada permanente de casi 5.000 hombres en Lituania, la primera gran fuerza alemana desplegada permanentemente fuera del país desde la Segunda Guerra Mundial. Polonia y los Estados bálticos dedican a defensa porcentajes del PIB que parecían inimaginables hace pocos años. El gasto militar de los aliados europeos creció en 2025 al ritmo más rápido desde 1953. La dirección ha cambiado. La distancia por recorrer continúa siendo enorme.
Pero hablamos de una Europa dispuesta a ir a la guerra por su cuenta, sin la protección americana, y por ahora Estados Unidos aporta la inteligencia espacial, la vigilancia aérea, el mando y control, las comunicaciones, el reabastecimiento en vuelo, el transporte estratégico, la selección de objetivos y gran parte de la defensa antimisiles que permiten convertir un inventario de armas nacionales en una campaña militar.
Las reservas estadounidenses de interceptores Patriot destinadas a Europa se encuentran, según fuentes militares, en una situación “más que crítica”. Las entregas a Ucrania y el enorme consumo provocado por la guerra de Irán han vaciado los depósitos. Las existencias disponibles apenas permitirían afrontar una gran andanada de misiles balísticos rusos. La fabricación tardará años en recuperar niveles suficientes y Europa carece de una alternativa propia disponible en cantidades semejantes.
La industria europea fabrica algunas de las mejores armas del mundo, aunque en series pequeñas, plazos largos y versiones diferentes para cada cliente. Cada país protege su fábrica y Europa termina pagando varias veces por desarrollar capacidades parecidas. Rusia ha organizado una industria de guerra. Europa conserva una industria de defensa.
También falta un ejército europeo en el sentido político. La Unión carece de Gobierno, cadena de mando y autoridad para decidir que cientos de miles de franceses, alemanes, italianos o españoles entren en combate. La OTAN proporciona esa estructura, y dentro de la OTAN el mando estadounidense aporta la cohesión decisiva. Una fuerza multinacional puede sumar centenares de batallones y paralizarse mientras veintiocho capitales discuten el objetivo, las reglas de enfrentamiento y el reparto de bajas. Moscú cuenta con esa debilidad.
Los dirigentes llevan más de un año preparando psicológicamente a sus sociedades. Y si la pregunta en las encuestas se mantiene en el terreno teórico, las respuestas son favorables a la preparación bélica. Un Eurobarómetro publicado en febrero señala que el 74% de los europeos aprueba el nivel actual de inversión defensiva o desea aumentarlo. Entre el 64 y el 84% de los encuestados, dependiendo del país, considera que Rusia constituye una amenaza moderada o grave para el resto de Europa. Entre el 67 y el 80% afirma que su Gobierno debería defender militarmente a otro aliado europeo atacado. Hay conciencia del peligro y respaldo a la defensa colectiva.
Otra cosa es cuando se mencionan los costes reales. Los sondeos de YouGov encuentran una resistencia general a financiar el aumento del gasto militar mediante impuestos, deuda o recortes de los servicios públicos. Francia constituye una excepción parcial: un 53% aceptaría recortar servicios para reforzar la defensa. En casi todos los demás países, los ciudadanos quieren más seguridad y prefieren que la pague una abstracción llamada Europa. Sólo entre el 5 y el 9% considera muy probable que su propio país sufra un ataque militar durante la próxima década.
La confianza en los ejércitos nacionales tampoco corresponde al tono de sus gobernantes. Cree que sus Fuerzas Armadas podrían defender el país el 52% de los franceses, el 38% de los británicos y apenas el 21% de los alemanes (en un sondeo que no incluía a España). Entre los varones alemanes de 18 a 39 años, un 41% se negaría activamente a prestar servicio militar y un 36% se presentaría voluntario o acudiría si fuese llamado. Un tercio de todos los británicos de esas edades declara que no serviría. Los Gobiernos evocan movilizaciones como las de nuestros abuelos; los posibles movilizados escuchan el discurso desde bastante más lejos.
La fatiga ante Ucrania confirma la distancia. Desea una victoria ucraniana el 70% de los británicos. La cifra baja al 44 o 45% en Francia y España y al 32% en Italia. En Francia, Alemania y España, alrededor del 40% prefiere impulsar una paz negociada aunque Rusia conserve territorios ocupados. En Italia lo desea el 56%. Muchos europeos creen que Putin volverá a atacar y, al mismo tiempo, quieren terminar cuanto antes la guerra que podría contenerlo. Perciben el peligro con claridad y rehúyen sus consecuencias con la misma claridad.
España lleva esta contradicción hasta la caricatura. El Gobierno presenta su resistencia a las exigencias de Washington como un gesto de soberanía y reclama que carreteras, emergencias o políticas climáticas computen como defensa. Al mismo tiempo, la seguridad española descansa sobre la misma estructura militar estadounidense que Sánchez desafía. La opinión pública española no parece creer en la guerra: Rusia ocupa sólo el quinto lugar entre las amenazas señaladas por los españoles, por detrás de la inmigración y la corrupción, y la defensa sigue figurando entre sus prioridades secundarias.