
Irlanda se prepara para debatir en el Dáil Éireann, la Cámara Baja del Parlamento, una iniciativa legislativa que podría poner fin a la prohibición de producir electricidad mediante energía nuclear, vigente desde hace 27 años. La propuesta llega en un momento marcado por los altos precios de la energía, la dependencia de combustibles fósiles importados y el creciente debate europeo sobre seguridad energética.
El diputado James O’Connor, del partido Fianna Fáil, ha presentado el proyecto Electricity Regulation (Removal of Nuclear Fission Prohibitions) Bill 2026, que busca derogar la prohibición incluida en la Ley de Regulación Eléctrica de 1999 y en normativa urbanística posterior. La iniciativa será debatida en los próximos meses en el Parlamento irlandés.
El debate ha cobrado fuerza después de que el primer ministro irlandés, Micheál Martin, defendiera en una cumbre europea en Ereván que el país debe «examinar seriamente» la energía nuclear como parte de su estrategia para reducir la dependencia de combustibles fósiles. Martin ha insistido en que las renovables seguirán siendo centrales, pero que Irlanda debe estudiar también avances tecnológicos como los reactores modulares pequeños.
La prohibición nuclear irlandesa se remonta a 1999, en un contexto de fuerte rechazo social tras accidentes como Chernóbil y bajo la influencia de los movimientos ecologistas. Desde entonces, Irlanda ha mantenido una tradición política antinuclear, pese a que ya consume electricidad de origen nuclear importada a través de sus conexiones con Reino Unido y, en el futuro, también con Francia.
Esa contradicción será una de las claves del debate. Irlanda avanza en la construcción del Celtic Interconnector, una conexión eléctrica submarina de 700 megavatios con Francia que permitirá importar electricidad del continente, incluida energía generada por el parque nuclear francés. Para los defensores de levantar el veto, resulta incoherente rechazar la producción nuclear propia mientras se compra electricidad nuclear a otros países.
O’Connor sostiene que Irlanda necesita una política energética pragmática y de largo plazo. A su juicio, abaratar la electricidad exige décadas de inversión en generación, red e independencia energética, no soluciones temporales. El diputado ha presentado el debate nuclear como una oportunidad «de una generación» para afrontar los costes energéticos que golpean a hogares y empresas.
Irlanda figura de forma recurrente entre los mercados eléctricos más caros de Europa, un problema que afecta directamente a la competitividad industrial y al coste de vida. La dependencia de importaciones energéticas y la lentitud en el despliegue de nuevas infraestructuras han alimentado la discusión sobre si el país puede permitirse excluir de antemano una fuente estable de generación.
El Gobierno, sin embargo, no se ha comprometido todavía con una derogación completa ni con proyectos concretos. Varios ministros han advertido de los altos costes iniciales, los largos plazos de construcción y la necesidad de un amplio consenso público y político antes de cualquier cambio sustancial.
La oposición más clara procede de Los Verdes, socio de coalición de Fianna Fáil, que rechazan abrir la puerta a la energía nuclear y defienden concentrar los recursos en la energía eólica marina y otras renovables. Para los ecologistas, la nuclear tardaría demasiado en producir resultados y desviaría fondos de los objetivos climáticos de 2030.
El debate irlandés se produce mientras varios países europeos revisan su posición sobre la energía nuclear. Francia mantiene su apuesta histórica, Suecia impulsa nuevas capacidades y países como Polonia y Rumanía avanzan en planes nucleares dentro de sus estrategias de descarbonización y seguridad energética.
La posible derogación del veto no implicaría la construcción inmediata de centrales. Irlanda necesitaría crear un marco regulatorio, desarrollar capacidades técnicas, abrir consultas públicas y resolver cuestiones de financiación, residuos, seguridad y planificación territorial. Aun así, el simple hecho de que el Parlamento vaya a debatir el asunto marca un cambio de época.
Después de décadas en las que el ecologismo convirtió la energía nuclear en tabú, la crisis energética europea ha obligado a muchos gobiernos a revisar viejos dogmas. Irlanda, hasta ahora uno de los países más firmemente antinucleares del continente, empieza a admitir que la soberanía energética no puede construirse sólo con consignas verdes y dependencia exterior.