Antes, las reinas hablaban idiomas, sabían bailar, montaban a caballo y tocaban el piano; y más atrás dirigían ejércitos y defendían el trono de sus hijos cuando eran niños. Ahora sólo están para aparecer en los programas de cotilleo. Y claro, cuando baja el nivel de exigencia, baja para todo. Las nuevas reinas europeas tienen pasado, en ocasiones chabacano, y, además, unas ideas pasmosas.
Mette-Marit ya es reina de Noruega, una vez que su marido, el príncipe Haakon, ha sucedido a su padre, fallecido el 28 de agosto. Nacida en 1973, se casó con el heredero de la corona en 2001. Haakon escogió como esposa a una mujer que nació en una familia humilde, de padres que se divorciaron cuando era pequeña. Lo más llamativo es que, como reconoció Mette-Marit antes del matrimonio, tuvo una juventud «desenfrenada»: consumo de drogas, promiscuidad y un hijo nacido en 1997 que en 2026 fue condenado por violación y otros delitos menores.
A pesar de las promesas de haber aprendido de sus errores pasado, Mette-Marit empeoró su conducta una vez que recibió el título de alteza real. Como no debía de tener muchas tareas, al igual que muchas mujeres se sintió atraída por el lujo y la maldad en que se movía el financiero pederasta Jeffrey Epstein. Ambos se conocieron en 2011 y mantuvieron el contacto más tiempo del que luego tuvo que reconocer Mette-Marit, en 2019; incluso siguieron tonteando cuando ya era de dominio público el gusto de Epstein por las muchachas menores de edad.
Entre los correos desclasificados del caso Epstein en 2026, se menciona a Mette-Marit más de un millar de veces. Ella le confiesa al sospechosamente suicidado banquero que se aburría como princesa y Epstein le invitó en varias ocasiones a sus fincas. Ahí, rodeada de ricos de varias generaciones, jovencitas complacientes, droga y bebida, se sintió a gusto. Tan a gusto que le expresó a Epstein sus peculiares ideas para un mejor futuro para la humanidad, las mismas que se compartían en ese círculo de pervertidos: eugenesia, aborto y transhumanismo.
Varias veces calificó a Epstein de ser «un amor», de tener «buen corazón» y de ser «muy encantador».
En noviembre de 2012, cuando su hijo Marius Borg Høiby tenía 15 años, Mette-Marit le pidió a Epstein su opinión sobre el siguiente asunto: «¿Es inapropiado que una madre sugiera que dos mujeres desnudas lleven una tabla de surf para el fondo de pantalla de mi hijo de 15 años?».
Sin embargo, el correo más perturbador es uno enviado con fecha del 1 de noviembre de 2012 desde su cuenta de princesa heredera de la corona. Como presentación le escribió: «Tú siempre me haces sonreír. Porque me haces cosquillas en el cerebro». Intuimos de qué habían hablado por las siguientes frases redactadas por la princesa plebeya: «Pronto la gente ya no podrá tener hijos. Pero supongo que eso sería fantástico. Podríamos diseñar nuevos humanos en un laboratorio».
Para la actual reina noruega el descenso de la natalidad y el aborto no son un problema, sino, como dicen los coachs, «una oportunidad» para tener una humanidad mejor. Y suponemos que más trabajadora, más rentable y más obediente. ¿Estaría dispuesta ella a aportar material genético para esos experimentos?
Asombra la conversión de mujeres de izquierdas nacidas en el arroyo mediante el matrimonio con príncipes. En cuanto entran en un palacio con servidumbre y les ponen una diadema en la cabeza, se olvidan de sus orígenes y contribuyen al discurso clasista de las oligarquías de las que pasan a formar parte.
Por ejemplo, Letizia Ortiz, casada con el príncipe de Asturias en 2004 y reina consorte desde 2014, en noviembre de 2023, mientras la epidemia de covid seguía destruyendo vidas y negocios, participó en la clausura del Seminario de Lengua y Periodismo «Cambio climático: lenguaje y comunicación», en La Rioja, y en vez de limitarse a las palabras protocolarias habituales, tomó partido por una de las más polémicas y peligrosas teorías ecológicas: el decrecimiento económico.
La reina dijo: «No sé si les suena el nombre de Antonio Turiel, del CSIC, y de otros catedráticos de Valladolid y de la Autónoma de Barcelona. Me refiero a los bioeconomistas que sostienen la imposibilidad del desarrollo sostenible y hablan del decrecimiento. Científicos que dicen básicamente que debemos reducir drásticamente el consumo de energía».
Es la misma teoría de empobrecimiento y reducción de población que apoyan multimillonarios como Bill Gates y los Soros. Las reinas europeas, en vez de defender a sus pueblos, se unen a las teorías que quieren hacer experimentos con ellos.