Un importante estudio del Instituto Nacional de Estudios Demográficos (INED) de París ha revelado la profundidad del cambio demográfico que atraviesa Francia: uno de cada tres habitantes del país nació en el extranjero o es hijo o nieto de inmigrantes, según recoge Le Figaro.
La investigación ofrece una de las radiografías más completas sobre la composición de la población francesa, en un país donde el modelo republicano oficial limita la recopilación de estadísticas étnicas o raciales en el censo, lo que dificulta medir de forma sistemática el impacto de los flujos migratorios.
El estudio, basado en entrevistas a 27.000 personas en la Francia continental, concluye que el 13% de la población nació en el extranjero, el 11% son hijos de inmigrantes y el 10% son nietos de inmigrantes.
Los autores describen el impacto de la inmigración en Francia como un «caleidoscopio cuya complejidad se expande continuamente». En términos más amplios, el informe señala que el 41% de la población tiene algún vínculo con la inmigración, ya sea por herencia personal, matrimonio o por el matrimonio de sus hijos.
La investigación también muestra que una parte relevante de la inmigración llegó al país en situación ilegal. Entre los inmigrantes que entraron en Francia después de los 16 años, alrededor de uno de cada cinco estuvo en algún momento en situación ilegal o sin documentación tras su llegada.
El origen de esos flujos migratorios confirma además una transformación de largo alcance: la inmigración hacia Francia es hoy mayoritariamente no europea. Según el INED, entre los inmigrantes de 18 a 59 años, el grupo más numeroso procede del Magreb, con un 32%. Le siguen el África subsahariana, con un 20%, y Asia, con un 16%. Sólo el 28% procede de otros países europeos.
El informe subraya que este cambio ha tenido consecuencias sobre la cohesión cultural y el modelo francés de integración. Según sus autores, «sólo los descendientes de inmigrantes europeos siguen el modelo asimilacionista esperado», al distanciarse de los orígenes de sus padres y beneficiarse de una forma de invisibilidad dentro de la sociedad francesa.
En cambio, las poblaciones de origen no europeo tienden con mayor frecuencia a mantener una identidad híbrida, marcada por el origen étnico o religioso. El estudio sostiene que los datos cuestionan una visión simplista de la asimilación, según la cual los vínculos con el origen se diluirían automáticamente con el paso de las generaciones. «Los resultados revelan una dinámica de hibridación y la emergencia de identidades etnicizadas y racializadas», señalan los autores.
Este diagnóstico coincide con otras encuestas que han encendido las alarmas sobre la integración en Francia. Estudios del Ifop sobre la opinión de los musulmanes franceses han mostrado un creciente distanciamiento de sectores jóvenes respecto al marco cultural y jurídico francés, con niveles de adhesión a posiciones islamistas muy superiores a los de generaciones anteriores.
El cambio demográfico también ha adquirido una dimensión política. El líder de la izquierda radical, Jean-Luc Mélenchon, ha empezado a reivindicar abiertamente la idea de una «Nueva Francia», expresión que resume el desplazamiento del eje electoral hacia barrios y sectores sociales marcados por la inmigración reciente y sus descendientes.
Para la izquierda multiculturalista, esta transformación representa una nueva base social y electoral. Para los sectores soberanistas e identitarios, en cambio, confirma que Francia atraviesa una mutación demográfica sin precedentes, producida durante décadas sin un debate democrático proporcional a su magnitud.